No es lo mismo cantar la 'traviata' en una comisión de investigación o en una entrevista que hacerlo a pecho descubierto ante el Supremo

Virginia Barbancho, a su llegada al Tribunal Supremo.Europa Press
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Más Allá de exhibir la mugre insoportable que destilan algunos de los aupados al poder, el juicio al triunvirato Ábalos, Koldo y Aldama ha ofrecido pocas novedades. Cutrerío a raudales, sí; noticias, menos. Lo mollar que han declarado los testigos en esta primera semana de juicio ya se conocía.
Claro que no es lo mismo cantar la traviata en una comisión de investigación o en una entrevista que hacerlo a pecho descubierto ante el Supremo, en juicio oral. Eso no hay quien lo iguale. Lo que se dice en el Alto Tribunal queda grabado en piedra; el resto, puede ser, y es, objeto de vapuleo y cuestionamiento por parte de la oposición, deseosa de venganza, o de los colegas de los afectados supuestamente avergonzados por haber arropado a tales sujetos. Hubo quien hasta puso no una, sino las dos manos en el fuego por ellos.
Así pasó cuando Virginia Barbancho, responsable del proyecto de Tragsatec en el que se enchufó a Jésica, ex amante de Ábalos, desgranó en el Senado que la hoy dentista con peluca no acudió a trabajar ni un solo día, ¡ni uno solo!; que ante sus reclamaciones, le dijeron que era sobrina del ministro y, finalmente, que la dejara en paz. Barbancho en el Senado fue aleccionada por el PSOE de que la comisión estaba pensada para el linchamiento y el escarnio. Los socialistas no le hicieron preguntas. No debía interesarles.
Jésica, la dentista, la dueña del gato, la mujer embozada y bienquerida, evitó acudir al Senado con un certificado médico, costumbre que luego han adoptado otros, pero sí remitió un escrito ratificándose en todo lo que antes había declarado en la fase de instrucción. O sea, que fue contratada y cobró en dos compañías públicas, Ineco y Tragsatec, pero no realizó trabajo alguno y, además, que vivía en la Torre de Madrid con gastos pagados, aunque no sabía quién aflojaba el bolsillo. Lo que sí es seguro es que el sueldo se lo costeábamos entre todos.
Sí fue, pero no dijo ni mu, la ex pareja de Koldo, Patricia Úriz, la gestora de chistorras, soles y lechugas junto al asesor y ahora compañero de trullo de Ábalos. Esta optó por un disfraz de creyente musulmana con velo que le cubría el rostro y se acogió al silencio por estar imputada.
También tuvimos en el Senado a Claudia Montes, la miss a la que Ábalos ayudó a pagar dos meses de alquiler porque él «ganaba mucho dinero» y ella estaba a dos velas. Dijo que el ministro era «muy caballeroso», pero, ¡ay!, después Koldo se dedicó a acosarla. En Logirail, filial de Renfe, Montes sí trabajó y, además de empaparse la historia del ferrocarril, acabó «culturizada» en política. Política de la de Ábalos, échense a temblar. Desde el PSOE, en la comisión, despacharon su declaración con un discurso sobre el feminismo. Ella replicó que le habría gustado recibir una llamada de sus compañeras de partido -era afiliada- pero nunca se produjo. Como este, hubo después más casos.
Y luego están Carmen Pano y su hija, ex pareja de Aldama. Las dos dando cuenta del trasiego de billetes en Ferraz y la comisión -medio millón del ala- cobrada por el rescate de Air Europa.
En esta relación faltan otras. Por ejemplo, la ex secretaria de Estado, Isabel Pardo de Vera, metida en el lío de estos golfos y que busca trabajo como profesora de matemáticas. Seguro que hablará. O las socialistas de viejo cuño laminadas: unas por susurrar que lo de Ábalos y Koldo olía mal y otras, por respondonas frente al sanchismo. La lista es larga y evidencia una cosa: a este PSOE las mujeres no le sientan nada bien.




























