Las fuerzas oscurantistas no soportaron el sistema de garantías levantado por Zapatero basado en los cuidados y la nostalgia, las alas del talante

Zapatero, tras una sesión de control en 2006
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LA imputación de Zapatero es un golpe muy duro. Que un buen hombre esté involucrado en asuntos tan feos hace mal al conjunto de la sociedad. El Estado está vertebrado por un sistema abusón que impide garantizar la presunción de santidad a sus mejores hombres. Zapatero estaba a un paso de lograr la canonización civil. Por el capricho del juez Calama va a tardar mucho más tiempo en ser reconocido como se merece. Nadie está a salvo de participar en una red de tráfico de influencias y debería levantar la mano el hombre o la mujer que no haya recibido la invitación a mediar en el rescate de una aerolínea sospechosa. Todos tenemos una función estratégica en esta vida, así que todos somos susceptibles de ser rescatados. Además, un sumario es un lugar demasiado sórdido para Zapatero, el buen presidente encargado de construir un país muy diferente al que encontró, diseñado con las enseñanzas recibidas en el seno de su familia, una familia humilde y sin comodidades de la que tan solo heredó socialismo y el puñado de joyas ocultas en una caja fuerte. Las fuerzas oscurantistas no soportaron el sistema de garantías levantado por Zapatero basado en los cuidados y la nostalgia, las alas del talante. Su legado queda manchado por unos aprovechados. Durante años levantaron un aparato de corrupciones valiéndose de su reputación. Fueron pegándole delitos con imán a nuestra nevera del bien.
No puede ser. La democracia se sostiene por hombres como Zapatero, que dignifican la democracia y la democratizan también. Tener memoria es una cuestión de justicia y no hay nada más justo que la justicia reparadora ejercida por los periodistas, compañeros, personas anónimas y conseguidores que lo conocieron. De hecho, conozco al primo de un mejor amigo del vecino que tuvo un hijo con quien Zapatero iba a judo y nunca le escucharon hablar de mordidas con siete años. Resulta doloroso evocar los consensos que nos dimos, ahora arruinados. Van flotando, como dientes de león cercenados por indicios sin empatía, disolviéndose al contacto del juez malencarado. Entre todos deberíamos poner en práctica un ejercicio de reflexión sintiente, analizar las causas que han llevado a un tipo bueno a deslizarse por la ladera de la corrupción. Por ahora solo se hace pertinente una pregunta: ¿cobran demasiado poco los políticos? Debemos estar a la altura: vamos a mirarnos primero a nosotros.
Nadie parece haber entendido el legado del Presidente. Nos sacó del armario. Así se lo pagamos. Decir adiós a Juan Carlos Aragón ha sido traumático. El oficio de los buenos no puede perder otro santo.




















