Correr la milla
No hay duda de que la providencial irrupci�n de Gabriel Rufi�n ha conseguido elevar el debate de la izquierda. M�s o menos a la altura de una telenovela turca

La ministra de Sanidad, M�nica Garc�a, y el diputado de M�s Madrid Emilio Delgado.E.M.
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El enfrentamiento de M�nica Garc�a y Emilio Delgado en La Sexta es hipn�tico. Qu� privilegio apreciar c�mo se despliega una guerra de posiciones. Ella comparece desde el Ministerio y �l desde la mesa de la tertulia, como si ambos estuvieran cavando su trinchera en el terreno m�s propicio. Ya sabemos cu�les son sus poderes. Ella, la cartera; �l, la petaca.
Toda la discrepancia entre ambos es una disputa org�nica y cada uno defiende �nicamente lo que cree que le beneficia. A �l, a ella, a nadie m�s. En la organicidad no suele haber principios. �l quiere ampliar el espectro de quienes pueden participar en las primarias, para que voten tambi�n los televidentes. Ella quiere restringirlo a los militantes, que sin duda tendr�n algo que agradecerle a la buena predisposici�n de M�nica Garc�a a someterse al PSOE. Cualquier cargo en pol�tica propicia una recolecci�n de rentas.
En cualquier caso es un debate que seguro que despierta pasiones en los bares. El tema tiene a los barrios ardiendo.
Ninguno de ellos tiene la m�s m�nima posibilidad de presidir la Comunidad de Madrid en las pr�ximas elecciones. Y sin embargo, no s�lo por el tradicional cainismo de la izquierda, el enfrentamiento ser� feroz: lo estimula la expectativa de una dulce derrota.
El PSOE tiene a sus socios de coalici�n jugando como ni�os con decretos de pl�stico, como este de la vivienda que ha sido desechado en el Congreso ante la indiferencia, y aun la complacencia, socialista. En Madrid en cambio ha colocado a una delas m�s acreditadas nulidades electorales de su plantilla. Hay un lugar donde es posible el desquite que permita salir de la humillante subsidiariedad.
Antes de esta agria pol�mica p�blica, M�nica Garcia quiso dejar a Emilio Delgado en la inc�moda posici�n del pasmarote. Anunci� que concurrir�a a las primarias de M�s Madrid en un acto verbena en el que �l se situaba detr�s, en el mismo tiro de c�mara, obligado a sumarse al aplauso f�cido del simpatizante.
No hay duda de que la providencial irrupci�n de Gabriel Rufi�n, el grito desesperado del yolando del bes�s, ha conseguido elevar el debate de la izquierda. M�s o menos a la altura de una telenovela turca.























