Si tuviera que formar parte de algo, lo primero de mi lista sería la Sociedad para la Apreciación de las Nubes, creada por el británico Gavin Pretor-Pinney

Cielo con nubes en Castro Urdiales (Cantabria).
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La semana pasada escuché a un par de personas, desconocidos con los que uno traba contacto coyuntural, contarme la misma historia: «Esta mañana llovió aquí, pero no en el resto de Madrid». Les respondí a ambos por igual: «Qué interesante, ¿verdad? Una nube en concreto en un determinado lugar, creando algo único». Entonces continuábamos hablando de los cielos de esta ciudad, de los más bonitos que haya visto jamás.
Si no por qué Velázquez, para empezar. Pero podríamos hablar de tantas personas. De un verso maravilloso de Baudelaire, por ejemplo, en un poema titulado Las lamentaciones de Ícaro, donde se puede leer: «En cuanto a mí, mis brazos están rotos, tras haber abrazado nubes». Mirar las nubes, casi como queriendo escucharlas, atisbar esas lluvias que albergan algunas, me parece en estos tiempos tan extraños un acto revolucionario. A la altura del caminar de David Le Breton, de los rituales de Byung- Chul Han y de la defensa del errorismo del Grupo Etcétera del que hablábamos hace unos días.
Fundamentalmente porque implica detenerse, observar; ese mirar fuera que, a veces, se convierte en mirar adentro.
Por un lado, el contexto no anima, no convoca, no lleva a... Por otro, tampoco es que tengamos mucho gusto por la contemplación. Pero hay en las nubes algo lúdico y hasta erótico y, una vez te adentras en su percepción, te cambia: como si nadie pudiera robarte la belleza, como si siempre hubiera una escapatoria. Sin miedo a que el cielo caiga sobre nuestras cabezas.
O incluso deseando que suceda, que una nube nos pille de repente no se sabe dónde y nos llueva. No quiero ser aguafiestas, ojalá pudiera yo traer el arcoíris cuando quisiera, pero lo cierto es que la vida no da tregua. Sí, hay personas que parece que tienen mucha suerte y siempre les va todo fenomenal en todos los aspectos de la vida. Bueno, pues incluso esas personas se van a ver a sí mismas sufriendo en algún momento. Por eso, en lugar de mirar a los lados, podríamos emplear algo de tiempo en mirar hacia arriba.
Abogo por ello, pero -me parece importante escribirlo- en ocasiones no lo consigo. Miro hacia abajo, me abajo, me reduzco, me resto, me engaño y desengaño. Pero si tuviera que formar parte de algo, lo primero de mi lista sería la Sociedad para la Apreciación de las Nubes, creada por el británico Gavin Pretor-Pinney, autor de Guía del observador de nubes, en 2005. Me suena que lo decía una canción: «Oye, abre tus ojos, mira hacia arriba...».
























