No soporto la celotipia, pero me gusta la fidelidad

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Vi un clip del programa de testimonios de Jorge Javier Vázquez donde le preguntaba a un hombre que era pura encía, un hombre sin carnes y sin futuro, de esos que se hacen los interesantes en la barra del bar con el misterio del mal: «¿Por qué te marchaste de tu ciudad?». Y el hombre con solemnidad, como si fuera una importante revelación, respondía: «¿De verdad lo quieres saber? ¿Quieres que te cuente lo que sucedió?». «Sí», insistía el presentador. «Pues te lo voy a contar, te voy a contar la verdad: fue por la infeli... por la infeli... por la infeli...». Hasta cuatro veces trató de decir «infidelidad» sin éxito.
A la infidelidad le sucede un poco lo mismo: cuesta pronunciarla, y parece provenir de la infelicidad. Genera expectación, se vive como algo extraordinario y, al final, resulta más bien ridícula. Me pareció que aquel hombre resumía de maravilla el asunto.
La escritora argentina Camila Sosa dijo una vez que odiaba el poliamor porque le había arrebatado el misterio y la excitación a la infidelidad. La vieja infidelidad tenía una materialidad literaria: cartas, perfume, carmín en la ropa, llamadas intempestivas. Hoy basta una pantalla iluminada a medianoche, una reacción a una historia de Instagram.
Por supuesto, yo he sido infiel, tú has sido infiel, a mí me han sido infiel, y tengo la sensación de que todos nos hemos aburrido un poco de la infidelidad. Tal vez proyecto mi propia experiencia, pero me parece que la infidelidad ha perdido el encanto, que ha pasado de moda en este tiempo cada vez más asexuado, con parejas que se abren y heridas que nunca se cierran. Ya no le encuentro sentido a todo eso que implicaba la infidelidad: unas vacaciones en otra mirada, ver la propia vida proyectada en una pantalla, guardar un segundo reloj escondido en el armario, buscar en otro cuerpo donde poder empezar de nuevo, sentir nostalgia de esos que pudimos ser. Tal vez porque escribo -ahora caigo en que escribir se parece terriblemente a ser infiel-. Puede que solo sea que me hago mayor.
Hace poco, a mi hijo, que tiene 20 años, una compañera de clase le hizo un regalo del amigo invisible, unos calzoncillos con un lema provocador. La novia de mi hijo me contaba, esperando mi aprobación, que los había roto con sus propias manos mientras yo la escuchaba horrorizada. «Imagínate que a mí un compañero de clase me regala un tanga», dijo para reforzar su argumento. Y la voz de mi hijo resonó desde atrás: «Lo mato».
Me produjeron una ternura tan tóxica. No soporto la celotipia, pero me gusta la fidelidad.
Anaïs Nin estuvo casada con dos hombres a la vez; viajaba de una vida a otra como quien cambia de novela. Decía que una sola relación no bastaba para expresar todas las facetas de una personalidad compleja: hacía falta un amante para cada versión de sí misma.
A mí me ocurre lo contrario. En este mundo fragmentario, me gusta que alguien conserve todas mis versiones y yo conservar las suyas. Saber que en cada uno de nosotros hay una sala llena de gente, y tratar de conocerlos a todos: al que fue, al que quiso ser, al que todavía no sabe que será.




















