El profesor asociado de la Universidad de León se había transformado en rico comisionista internacional

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.Europa Press
Actualizado
Algunos lectores recordarán Fat City: la película de John Huston cuenta la historia de un ex boxeador divorciado y borrachín que se gana la vida recogiendo fruta en el interior de California. Tras conocer a un joven púgil, terminan hablando de mujeres; aunque el chaval se ha visto obligado a desposar a su novia embarazada, su juicio es ecuánime: «El matrimonio tiene sus compensaciones». De esa frase me acordé cuando supe de la imputación de Zapatero: el profesor asociado de la Universidad de León se había transformado en rico comisionista internacional. ¡También la política tiene sus compensaciones! Por eso es plausible que al ex presidente le haya sorprendido el auto: hay que suponer que se contaba a sí mismo un relato exculpatorio que convertía el vicio en virtud.
Más elocuente resulta que los votantes incurran en ese mismo autoengaño. Si fueran coherentes con los principios que dicen profesar, ¿acaso no deberían exigir que se conociese toda la verdad sobre el expresidente? Ya se ve que no es el caso: las redes sociales retransmiten el espectáculo de una fenomenal distorsión cognitiva. Instruidos por la dirigencia socialista en la matraca populista del lawfare, un hit de la política latinoamericana que Podemos trajo a España, nuestra izquierda ha llegado a creer que la Audiencia Nacional basa sus imputaciones en meros recortes de prensa. Su puerilidad es alarmante: no solo atribuyen a Rajoy los recortes de Zapatero, sino que van gritando «¡golpe de Estado!» como si tal cosa. Es como si la víctima de un promotor de obras benéficas que se ha fugado con la recaudación se pusiera de su lado.
El asunto tiene su lógica identitaria, ya que Zapatero venía ejerciendo de reserva ética del PSOE de Sánchez: además de negociar con esos nacionalistas a los que él mismo había señalado el camino del soberanismo en los tiempos del Estatut, ha participado en infinidad de mítines para reivindicar la superioridad natural del progresismo. Y recordemos aquel republicanismo cívico que abanderó tras llegar a la Moncloa: una melodía biensonante con la que conducir al votante a las urnas. ¡Qué buena persona! Incluso los herederos del 15M lo habían rehabilitado; es lógico que Sánchez, cuya lugarteniente solo se dejó dos puntos en las elecciones andaluzas, se proponga resistir. Si en el resto de Europa —miren a Keir Starmer o el SPD alemán— se castiga a los partidos socialdemócratas que malgobiernan o se corrompen, allá ellos. Spain is different! Y bien caro que nos sale.



















