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Los habitantes de Moscú llaman Las Velas a dos rascacielos solitarios en el extremo sur de la ciudad. En torno a estos edificios, rodeados de una alta valla y coronados por antenas que se elevan hacia el cielo, está prohibido aparcar e incluso detenerse. Aquí se encuentra la sede del «Segundo Servicio», la unidad secreta de contrainteligencia del FSB encargada de «proteger el orden constitucional y combatir el terrorismo». Tras el fracaso estrepitoso de la guerra contra Ucrania –planificada y prometida como una victoria relámpago con desfile incluido en Kiev por los agentes del «Quinto Servicio»–, el Segundo Servicio se ha convertido en la fuerza dominante dentro del FSB: controla la censura, bloquea internet, elabora listas negras de periodistas, escritores y cineastas con prohibición de ejercer en Rusia, y aspira al control político absoluto del país. Su jefe, el general Aleksei Sedov, puede contactar en cualquier momento directamente con el presidente, cuya carrera comenzó en el KGB soviético.
En diciembre de 1999, cuando el primer presidente de Rusia, Boris Yeltsin, eligió a Vladimir Putin como su sucesor, el teniente coronel de 47 años se presentó en la sede del FSB en la plaza Lubianka y comunicó a sus colegas: «La misión de infiltración en el poder ha sido cumplida». Cuatro meses después, el oficial del KGB se convirtió por primera vez en presidente de Rusia. Poco antes, su antiguo superior y mentor, el alcalde de San Petersburgo Anatoli Sobchak –que se ocultaba en Francia huyendo de una persecución judicial– me confesó durante una cena en el restaurante del Hôtel Ambassadeur, en el distrito XVII de París: «Yeltsin eligió a Putin porque Putin jamás perseguirá a un ex presidente. Para Yeltsin eso es una ventaja. Pero hay un inconveniente: Putin no cederá el poder a nadie en Rusia».
En 2030, cuando concluya el mandato actual de Putin, habrá superado el récord de Iosif Stalin, que gobernó la URSS durante 29 años. Tras el inicio de la guerra contra Ucrania, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, respondió así a la pregunta de un conocido empresario sobre si Putin le había consultado antes de lanzar la invasión: «Putin tiene tres consejeros: Iván el Terrible, Pedro I y Catalina II». Al equipararse con los zares, Putin no olvida que el último de ellos –Nicolás II, derrotado en la Primera Guerra Mundial– fue ejecutado por los revolucionarios. Hoy en Rusia ha llegado el momento en el que el trono imperial tiembla bajo un Putin envejecido por primera vez en un cuarto de siglo.
El ambiente en el Kremlin está impregnado de ansiedad y temor. Putin prometió a su administración políti ca y a los grandes empresarios que no sentirían el peso de la guerra. La Administración presidencial, que hasta ahora ejecutaba en silencio las decisiones de Putin, se enfrenta a la pretensión del FSB de controlar toda la actividad política y, por tanto, la propia Administración. El malestar cunde también en el ejército. Se suele afirmar que el papel singular de Putin consistía en mantener el equilibrio de fuerzas en el interior del poder –entre los servicios secretos, el ejército, la burocracia y los empresarios– y que su posición se ha debilitado porque ese equilibrio se ha roto y el poder ha pasado a manos de los servicios de Inteligencia. Pero esto no es del todo exacto: Putin, el oficial del KGB, es en sí mismo un servicio de Inteligencia.
Los agentes del FSB gustan de repetir que Rusia debe ser una «fortaleza sitiada» con sus puertas bien custodiadas. Mienten: esa fortaleza está sitiada desde dentro. No hay salida posible: los empresarios no pueden sacar sus capitales, los funcionarios no pueden abandonar sus cargos, los militares no pueden licenciarse. Y Putin escucha cada vez más a los generales del «Segundo Servicio», cuya sede ocupa los dos rascacielos vela en el sur de la ciudad. En vísperas del 9 de mayo, estos le muestran fotografías de Teherán destruida y del líder iraní muerto, le hablan del arresto de Nicolás Maduro, le recuerdan la suerte de Muamar Gadafi y Sadam Husein, y le proponen endurecer el control sobre el país y desconectar internet. Putin da su aprobación.
Al Desfile de la Victoria del 9 de mayo de este año acudieron apenas ocho líderes extranjeros, de los cuales solo cuatro gozan de reconocimiento internacional. El gobernador de Riazan, Pavel Malkov, instó a los vecinos a «refugiarse en las bañeras». Nunca antes los ciudadanos rusos habían tenido que esconderse en sus cuartos de baño justo después del Desfile de la Victoria. El mensaje es inequívoco: esto no es una victoria, es una humillación nacional. Rusia no ha ganado la guerra, pero ha perdido la paz.
Y sin embargo, pese a que Putin ya no parece ante las élites resentidas ni ante un pueblo exhausto el líder más poderoso del mundo, su posición no corre un peligro serio. No habrá golpe de palacio en Moscú. No porque los servicios secretos protejan con fiabilidad al Kremlin, sino porque incluso quienes llevan años discrepando de Putin en las altas esferas del poder son incapaces de imaginar una alternativa. El sistema de Gobierno que Putin ha construido durante 25 años descansa sobre el poder absoluto de un solo hombre, que preside todos los clanes y facciones. Si se elimina la pieza central de ese sistema, el sistema entero se derrumba. Recuerda a la mafia siciliana: al frente de las familias influyentes está el Don, que delega en un clan la contabilidad y en otro la guerra y los asesinatos. En la Cosa Nostra no existe la tradición de matar al jefe de la propia familia, al Padrino. Al contrario: la fortaleza de la mafia reside en la continuidad del poder.
En 2020, ante el declive de la popularidad de Putin, la burocracia política ideó una reforma constitucional. Ahora puede gobernar el país hasta 2036, cuando tendrá 83 años. Los oficiales del FSB que se reparten el país en el silencio de los rascacielos vela del sur de Moscú trabajan ya en la selección de candidatos para la sucesión. Los servicios secretos necesitan un líder propio, joven y fuerte, pero será el propio Putin quien elija al nuevo Don. La misión del FSB es controlar para entonces todo el país: los negocios, los medios de comunicación, la cultura, las finanzas. Y la guerra es un telón de fondo muy conveniente para la transición del poder.
«Nothing personal, it’s just business» («Nada personal, son solo negocios»), decía en tales ocasiones Michael Corleone, el protagonista de El Padrino.
Andrey Kalitin es periodista de ‘Novaya Gazeta’
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