Nunca en doma
Que se�alar el parecido de ambos partidos irrite a sus respectivos seguidores no es sino la rabia de Caliban viendo su imagen en el espejo

El l�der de Vox, Santiago Abascal.EFE
Actualizado
Audio generado con IA
Estos d�as que volvemos a escuchar a Abascal hablar de la Reconquista, y a Otegi proponer que el euskera se imponga como lengua principal hasta en Tudela, donde jam�s se ha hablado, me reafirmo en que estamos ante dos partidos esencialmente similares pese a que sus matracas suenen diferentes. S� que pocas cosas irritan tanto a ciertos lectores como cuando comparo a Bildu y a Vox, y confieso que esa irritaci�n me produce un placer malicioso.
Pero no es una comparaci�n caprichosa. Responde a una convicci�n que estos d�as veo reforzada tras la lectura de La sociedad abierta y sus enemigos, un libro que Karl Popper, fil�sofo austriaco de origen jud�o, escribi� observando desde el exilio el auge de los totalitarismos. Se publica en 1945 pero su an�lisis es plenamente vigente. Popper arremete contra una forma de pensar que atraviesa ideolog�as y �pocas: el historicismo. Esto es, la creencia de que la historia tiene una direcci�n, que esa direcci�n es cognoscible y que debemos obedecerla. De esta creencia nace esa expresi�n que ya no queda un solo tonto que no invoque: estar en el lado correcto de la historia.
Quien sucumbe al historicismo cree en un gran destino colectivo y piensa en el pueblo como sujeto y agente de la historia. Para �l es un orgullo disolverse como individuo para formar parte de ese sujeto-masa. Un ejemplo reciente fue el 1 de octubre de 2017 en Catalu�a: la multitud despreci� el marco legal vigente y las instituciones que lo ordenan porque sintieron que el cumplimiento urgente y maximalista del destino hist�rico de la naci�n -la independencia- era una necesidad tan leg�tima que quedaba por encima de la legalidad y hac�a asumibles la quiebra econ�mica y la fractura social que supondr�a forzar la independencia, que es un objetivo leg�timo, en semejantes condiciones. Y es que el historicismo, dice Popper, conduce a la irracionalidad.
Los polos entre los que hoy nos movemos no son ya el eje izquierdas-derechas, sino sociedad abierta frente a sociedad tribal. La primera acepta la incertidumbre y avanza de forma gradual, implementando peque�os cambios y correcciones de rumbo a trav�s de instituciones que traducen en normas reformables los consensos entre ciudadanos que consienten. Las segundas se conciben como comunidades con grandilocuentes destinos hist�ricos y dogmas que no admiten cuestionamiento: la independencia, la utop�a socialista, el Make America Great Again o la Reconquista 2.0 frente al migrante musulm�n.
Bildu y Vox obedecen a una cosmovisi�n historicista, que les enfrenta con cualquier colectivo, individuo, ley o instituci�n que perciban como obst�culo para el tr�nsito del pueblo hacia su gran destino redentor, ese viaje hacia su visi�n del lado correcto de la historia. Su historicismo construye comunidades cerradas sobre s� mismas y hostiles hacia el que no comparte la hoja de ruta, que es traidor si viene de dentro y enemigo si viene de fuera. Que se�alar el parecido de ambos partidos irrite a sus respectivos seguidores no es sino la rabia de Caliban viendo su imagen en el espejo.


























