Ni en la política, ni en el periodismo, ni en el deporte ni en las relaciones personales estamos cómodos con el tema de la bondad

'Disclosure day', de Steven Spielberg.
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El arte es el único lenguaje en el que admitimos que se nos hable de empatía. La frase suena un poco tajante, lo sé, cuando, en realidad, sólo es una intuición que me asaltó en el cine, al salir de Disclosure day, de Spielberg. Pero, esta mañana, en el metro, se me reapareció esa casi-idea con nitidez al ver que una vecina de vagón tenía en su móvil un mensaje, «algo te lo estaba diciendo». Ese tono de autoayuda mezclado con relato de redención-venganza amorosa está en todas partes, como si fuera un sistema moral en franquicias, y me incomoda un poco, la verdad. No sé si estoy solo al respecto.
Una explicación: Disclosure day es, más o menos, una continuación de E.T. en tiempos de Todo a la vez en todas partes. Es emotiva, graciosa, caótica y confusa y termina en un mensaje espiritual. Los extraterrestres de Spielberg son como ángeles que vienen a recordarnos que el amor al prójimo funciona, que es eficiente, que «es una ventaja evolutiva», según se dice en el filme. Por desgracia, los humanos, temerosos, maltratan a los alienígenas y avanzan en su propia autodestrucción. El bien ha de luchar contra el miedo, más que contra el mal, para salvarnos a todos. A todos, no a algunos; no a los virtuosos ni a los informados.
Muy bien: ¿en qué otro lugar admitiríamos un mensaje así que no sea en un cine, en una película de Spielberg con las connotaciones que tiene ese apellido? ¿En la política? No, por Dios. Ni en la política ni en el periodismo estamos cómodos con el tema de la empatía. En la política queremos que se nos hable de eficiencia, si estamos en la vieja política, o de desagravios reales o inventados (feo sucedáneo de la bondad) si preferimos el populismo. ¿En el deporte? Yo sé que es un poco banal escribir contra el Mundial, contra Fantino, Trump y compañía, cuando, en realidad, el problema de desconexión con el fútbol no es ese: el problema es que el lenguaje de la victoria como humillación se ha apoderado del juego allí donde antes había subtemas morales (vagos, lo sé) como la amistad y esa forma de cortesía a la que se solía llamar deportividad. Vae victis. ¿En las relaciones personales? No idealizaré la manera en la que el viejo mundo nos transmitió cómo vivir, no idealizaré a aquellos padres del siglo XX que decían «sé buena gente» y miraban al suelo. Pero al menos, se expresaban en la naturalidad del diálogo, no en el ruido blanco de las frases hechas.
Bueno: hay alguien a quién le hemos admitido que nos hable de empatía. Al Papa y quizá por eso el impacto de su viaje. Pero mejor evito la imprudencia de comparar la religión con la ciencia ficción.


























