Correr la milla
Descartada casi cualquier posibilidad de salvaci�n personal de Zapatero, alguien crey� que hab�a explorar la t�ctica de la expiaci�n reglamentista

Jos� Luis Rodr�guez Zapatero y Jos� Luis �balos en La Ercina (Le�n), en 2018.EFE
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En el d�a de autos, all� en el frenop�tico de Jos� Pablo apareci� un tipo muy alterado agitando unos papeles y advirtiendo de que la ultraderecha hab�a imputado a Zapatero. Durante toda la fren�tica jornada, usted y yo, como productores no ejecutivos, financiamos la emisi�n de escenas similares. Barato me parece.
Con todo, lo m�s divertido fue cuando, sofocada la hoguera del lawfare, desechada por inveros�mil la fabulaci�n de la conspiraci�n judicial, descartada casi cualquier posibilidad de salvaci�n personal de Zapatero, alguien -siempre es dif�cil saber de d�nde parten algunas ideas que luego terminan diseminadas por ah�- crey� que hab�a explorar la t�ctica de la expiaci�n reglamentista.
Esta es una v�a que ya se ha ensayado, con cierto �xito, en el caso de Bego�a G�mez. As� como los enjuagues de G�mez urg�an a la elaboraci�n de un estatuto de la primera dama, las presuntas corrupciones de Zapatero demuestran la necesidad de redactar un estatuto del ex presidente. Como si el tr�fico de influencias fuera un imponderable motivado por la ausencia de un marco regulatorio.
Cuando ya no hay forma de justificar la actuaci�n de una persona poco ejemplar, se la despoja de voluntad y se eleva una cuesti�n sist�mica: estamos ante un mal estructural.
Imaginen que despu�s de que la doctora Noelia de Mingo apu�alara a siete personas en la Fundaci�n Jim�nez D�az alguien propusiera en el Congreso, con tono grave, que se reforme el juramento hipocr�tico para evitar que estas cosas puedan volver a ocurrir. La l�gica de este engendro es parecida.
Hay un estatuto com�n a todas las profesiones, que se llama C�digo Penal, que establece que robar est� mal y que vincula por igual al ex presidente, la primera dama, el banquero y el obrero. Esto de convertir a los ciudadanos en ratones atrapados en el laberinto del reglamento es un insulto a la inteligencia y por eso, al menos, es de agradecer que sea una de esas ideas que solo se divulgan cuando la izquierda est� consternada ante la contemplaci�n de los pecados de un sant�n.
Aunque solo sea por un criterio economicista, ahorr�monos el tr�mite. Dense cuenta de que en las Espa�a de hoy, con esos criterios, adem�s del estatuto de la primera dama y el estatuto del ex presidente, habr�a que ir redactando el estatuto del hermano del presidente, el estatuto de las hijas del presidente y hasta el Estatuto de las sobrinas del ministro de Transportes. Ingente trabajo.





















