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El Gran Hedor: del Londres victoriano a la España de Ábalos
Jorge Bustos · 2026-04-11 · via Columnistas

Disraeli pertenecía a esa especie exótica de políticos que prefieren las reformas estructurales a los relatos exculpatorios. Todavía hoy sigue en funcionamiento el sistema de alcantarillado que puso en marcha

Ábalos y Koldo  en el juicio.

Ábalos y Koldo en el juicio.TRIBUNAL SUPREMO

Actualizado

En el verano de 1858 una ola de mierda ascendió del Támesis y envolvió a los orgullosos habitantes del Londres victoriano. Aquel verano pasó a la historia como el Gran Hedor. El escritor más sensible del momento, Charles Dickens, describió el río como "una alcantarilla mortal fluyendo por el corazón de la ciudad". No exageraba: la capital del Imperio británico, en el apogeo mismo de su poder, olía tan mal que al contacto con el fétido abrazo del río la gente enfermaba, o incluso moría. Los londinenses que se acercaban demasiado a la orilla del Támesis se mareaban, se desmayaban o experimentaban náuseas tan fuertes que vomitaban allí mismo, engrosando la capa de 45 centímetros de excrementos humanos, cadáveres de perros y ratas, vertidos industriales, productos químicos derivados del tratamiento del cuero y sangre de las reses sacrificadas incesantemente en los mataderos urbanos.

El Londres industrial apestaba también en invierno, pero lo que volvió insoportable el tufo fue el calor. La inusual subida de las temperaturas que se registró en julio de 1858 desencadenó el proceso de fermentación del Támesis, devenido turbia corriente de material orgánico en descomposición capaz de dar arcadas a Jack el Destripador. Los pulmones de los ciudadanos de una urbe de dos millones y medio de habitantes respiraban a todas horas el estiércol en suspensión evaporado de las boñigas de los caballos, único medio de locomoción conocido. Ciertamente el caballo es un airoso animal, pero también es un cuadrúpedo incontinente que produce 20 kilos de heces y orina al día. Uno se pregunta cómo pudo Jane Austen concentrarse en el sentido y la sensibilidad de sus heroínas mientras esquivaba bosta de caballo en sus paseos por Bath.

La innovación del retrete doméstico no mejoró las cosas, porque desaguaban directamente al río. Que se convirtió en una espesa sopa de miasmas, un caldo de amoroso cultivo del cólera, el tifus, la disentería y las más variopintas formas de diarrea, todas ellas incompatibles con la estricta observancia de la etiqueta victoriana. Para combatir la penetración de la pestilencia en sus casas, los londinenses rociaban las cortinas con cloruro de cal.

La victoriana era una sociedad fuertemente jerarquizada; quizá no más que el Londres de los oligarcas o de los analistas de inversión, pero con la crucial diferencia de que la rígida pertenencia de clase en el siglo XIX era timbre de gloria y no penitencia pública que hacerse perdonar con toneladas de discreción o un vistoso voluntariado. Si el Támesis hubiera discurrido exclusivamente por los barrios populares, la recurrencia del Gran Hedor habría durado décadas. Pero el Parlamento de Westminster se alza en la ribera misma, como sabemos. Y aquel verano estaba abierto el periodo de sesiones. Los despachos de los diputados que daban al río tuvieron que ser desalojados. Ni siquiera la flema proverbial del parlamentario inglés fue capaz de mantenerse impasible.

Fue Benjamin Disraeli, ministro conservador de Hacienda, quien impulsó el proyecto de ley llamado a higienizar Londres definitivamente. Tomó la palabra en la Cámara y dijo: "Ese río noble, que hasta ahora se ha asociado con las más nobles hazañas de nuestro comercio y los más bellos pasajes de nuestra poesía, se ha convertido un estanque estigio, que apesta con horrores inefables". Dos semanas después se aprobaba la ley que presupuestaba la obra de ingeniería civil más colosal del siglo: un sistema de terraplenes y alcantarillas interconectadas que captarían los desechos de Londres antes de que pudieran llegar al Támesis para canalizarlos hasta estaciones de bombeo. Es verdad que habría salido más barato esperar a la lluvia, como de hecho ocurrió antes de la tramitación parlamentaria: cayó una tromba que atenuó los efluvios del río. Pero Disraeli pertenecía a esa especie exótica de políticos que prefieren las reformas estructurales a los relatos exculpatorios. Todavía hoy siguen en uso los 80 kilómetros de tuberías que se instalaron entonces.

Fue inevitable que los escritores de periódico terminaran encontrándole un significado moral al Gran Hedor, poderosa metáfora de la hipocresía victoriana. Como será inevitable que la imagen del Gobierno que vino a acabar con la corrupción quede inexorablemente asociada al banquillo donde esta semana se ha sentado el portavoz de aquella moción de censura presentada en nombre de la regeneración de España.