El Proyecto Herakles encuentra en la bahía de Algeciras 34 pecios de naves naufragadas entre el siglo V a. C. y el XX que descansan alejadas de las broncas de Trump y las misses de Ábalos

El pecio 'Puente Mayorga II'.
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Llamo a Lola Higueras, que antes de jubilarse era conocida por sus colegas como Lola Museo Naval por haber defendido durante décadas esta institución, a la que representó como directora técnica. Lola es pionera en España de la arqueología subacuática, la primera buceadora de la historia de la Armada y responsable de la documentación de más de 2.000 naufragios de barcos patrios. Tiene 80 libros publicados, dos Cruces al Mérito Naval y, como siempre le digo, habría pasado por la quilla a Jack Sparrow para defender el Galeón de Manila.
Le pregunto a Lola por los logros del Proyecto Herakles, un milagro de la colaboración institucional en España liderado por arqueólogos de la Universidad de Cádiz. Acaban de anunciar resultados de una investigación colosal en la que se han identificado 151 sitios arqueológicos de los que no se tenía documentación previa y 34 pecios en el fondo de la bahía de Algeciras. «Estoy segura de que aparecerán muchos más, porque es una zona estratégica en las navegaciones en el Mediterráneo y el Atlántico. El éxito del proyecto está asegurado», me dice Lola.
En el lecho marino de la primera frontera mágica de España, los pecios y sus muertos descansan alejados de las broncas de Donald Trump y las misses de Ábalos que soplan como el viento de Levante. Hablamos de 25 siglos de cementerio subacuático. El pecio más antiguo está datado del siglo V a. C., es decir, contemporáneo de Pericles; los más modernos vivieron la guerra submarina que decidían los torpedos. Hay sangre licuada de los hijos de Aníbal y Escipión, de comerciantes asustados con bodegas repletas de porcelanas chinas y también de polizones que vieron explotar la santabárbara.
Esa tumba azul de la Historia del mundo y de España (una cuarta parte de las embarcaciones hundidas en la zona ondeaban nuestra bandera) es un lugar al que hacemos poco caso. Habría que dedicar a los ahogados unos versos del El cementerio marino de Paul Valéry, rezar una oración a Yemayá o lanzar unas azucenas al mar, pero aquí somos poco de liturgias sin festivo en el calendario.
Uno no ha navegado salvo algún paseo infantil en hidropedal -embarcación que es el acorazado Bismarck de la menguada clase media española- y en un crucero con mucha lentejuela y canciones de karaoke de Umberto Tozzi al que fui mandado por este periódico para describir la experiencia de un corsario vacacional. Ninguno de mis antepasados fue almirante (aunque tengo tíos por el Miño con espíritu de Jim Hawkins), tengo otitis si buceo y no sé hacer nudos marineros. Pero me encantan los barcos. No hay explicación lógica.
De vez en cuando voy a ejercitar las pasiones al Museo Naval de Madrid, mi museo favorito, que es como estirar las piernas con ganas de cruzar el cabo de Buena Esperanza. Incluso en la meseta conviene recordar que no somos un pueblo que nació de espaldas al mar, sino todo lo contrario.


























