



























Plazo de enmienda
Cuanto m�s intente arroparla el poder, m�s dif�cil se lo pone. Si algo detesta la calle es el privilegio

Pedro S�nchez aplaude junto a su esposa, Bego�a G�mez, en Pek�n.EFE
Actualizado S�bado, 18 abril 2026 - 22:43
Audio generado con IA
No s� de ning�n presidente del Gobierno que se haya sentido feliz y a sus anchas viviendo en La Moncloa, el palacio reconstruido en los a�os 40 por Diego M�ndez, el mismo arquitecto que culmin� el Valle de los Ca�dos. Todos los que lo han habitado han reconocido sentirse mucho mejor tras haberlo abandonado. Es verdad que desembarazarse del peso de las decisiones de Estado es un factor concluyente, no hay duda, pero la satisfacci�n de quien deja de ser inquilino del palacete va m�s all�.
Salir de all� supone alejarse de la maldici�n que recorre sus pasillos; decirle adi�s implica desprenderse del s�ndrome y empezar a curarse. Ninguno, al menos hasta ahora, dice echarlo de menos. Ni la bodeguilla de Gonz�lez, que pas� a ser cava de vinos con Aznar y trastero con Zapatero, ni la Fuente del Amor en la que se hac�an arrumacos Machado y Guiomar, ni el Jard�n del Barranco, ni la piscina del viejo Estanque Grande, ni la flora espectacular de sus 20 hect�reas. No a�oran nada.
Todav�a no sabemos qu� sentir� Pedro S�nchez cuando le toque recoger el colch�n y hacer las maletas. De momento, y a diferencia de sus predecesores, ha dado muestras de estar muy c�modo. Oportunidades de marcharse ha tenido, incluso las ha sopesado -�recuerdan aquellos cinco d�as de reflexi�n?- pero, al final, todas las veces ha optado por aferrarse al jugoso alquiler a precio cero.
A S�nchez, como a sus antecesores, tambi�n le ha afectado el s�ndrome pero en su caso los s�ntomas no le hacen padecer. Cosa bien distinta le pasa a su esposa. Bego�a G�mez sufre el virus monclovita como nadie antes. La imagino maldiciendo de la ma�ana a la noche el momento en el que cruz� sus puertas; pens�: desde aqu� al cielo y, sin m�s pre�mbulos, se puso manos a la obra aprovechando la nueva posici�n que le ofrec�a el cargo del marido. Las oportunidades hay que cazarlas al vuelo aunque a veces sean desastrosas.
Probablemente no ten�a mala intenci�n. Es lo que tiene el s�ndrome, envenena a la chita callando.
Ahora, Bego�a se enfrenta a un calvario. Sus perspectivas pasan por un banquillo ante un tribunal con jurado. �Menuda pedrada! Nada en su caso puede ser peor. Nueve ciudadanos para dirimir. Nueve ciudadanos enfrentados a un caso en el que se mezcla el poder y su uso (o abuso), la impunidad, la empat�a (o su carencia) y, sobre todo, el desagrado (o el rechazo frontal) que su marido ha inoculado en una parte importante de la poblaci�n desde el mismo momento en el que se puso manos a la obra con el dichoso muro.
Bego�a G�mez tiene defensa y es inocente hasta que la Justicia diga lo contrario, pero lo tiene muy cuesta arriba. Cada vez m�s. Las decisiones y las actitudes que se toman en La Moncloa con la pretensi�n de defenderla no hacen m�s que agravar su situaci�n. El veneno del s�ndrome es pegajoso. Ni los ataques contra el juez instructor, ni las arremetidas contra la prensa cr�tica, ni los paseos por el mundo de la mano de su marido le benefician. Cuanto m�s intente arroparla el poder, m�s dif�cil se lo pone. Si algo detesta la calle es el privilegio.
La esposa del presidente tiene una pesadilla por delante, meses de espera que nada calmar�: ni la Fuente del Amor, ni el Jard�n del Barranco, ni la piscina del Gran Estanque. Y mucho menos, un coro de ministros como abogados.
Deber�as desenga�arte, Bego�a: ninguno de ellos te defiende a ti, defienden al puto amo.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。