Correr la milla
Yo, de natural optimista, estaba convencido de que con el hantavirus no hay peligro; por favor, no se empe�en en convencerme de lo contrario mediante la repetici�n de las liturgias de la cat�strofe

El director del Centro de Coordinaci�n de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Sim�n.EFE
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La carga m�s pesada del barco del hantavirus lleg� a Espa�a incluso antes de que el buque zarpara de Cabo Verde. Son estas reminiscencias deprimentes del tiempo en que el pa�s, todo �l, se convirti� en un cotolengo. Empezando por el reencuentro con ese or�culo enloquecedor llamado Fernando Sim�n, un hombre que siempre que habla parece que est� al borde de la carcajada.
Tampoco se ha demorado la brigada epidemiol�gica, esa cohorte de expertos medi�ticos que coloniz� los plat�s y que para nuestro pavor ya se ha enfundado el traje de faena. Sospechamos que los ingenieros sociales que experimentan con nosotros los mantuvieron congelados en alguna c�mara criog�nica durante este apacible tiempo de ausencia. Ha regresado otra vez la desquiciante intervenci�n anticipatoria de los locutores: �Tranquilo, no hay nada de qu� preocuparse, no tiene nada que temer, le vamos a contar algo pero no debe alarmarse, no hay riesgo...�. Y a los tres minutos de estar oyendo este pre�mbulo pretendidamente tranquilizador, muy bien vocalizado, dicho muy lento, el m�s templado est� al borde de un ataque de nervios. Ha vuelto tambi�n la cogobernanza, esa forma apenas velada de elusi�n de responsabilidades. Reminiscencias pand�micas.
Yo, de natural optimista, estaba convencido de que con el hantavirus no hay peligro; por favor, no se empe�en en convencerme de lo contrario mediante la repetici�n de las liturgias de la cat�strofe.
Al menos, algo bueno tiene esta regresi�n colectiva. Nos hace conscientes del fracaso de los ap�stoles de la enfermedad, de aquellos que nos dec�an que nada volver�a a ser igual porque al fin hab�amos descubierto, gracias a la acechanza de la muerte, que llev�bamos una vida inaceptable. Ese trist�simo augurio era lo que encerraba la consigna de que saldremos mejores.
Hubo un momento en que parec�a que tendr�an raz�n los gorriones supremos, en que la alegr�a quedar�a proscrita y se impondr�a la vida contemplativa. No ocurri�. Volvimos a rozarnos, con m�s pasi�n si cabe, viajamos m�s y no dejamos que se impusiera el escr�pulo y la hipocondria. Lo que ahora nos extra�a es que alguna vez asumi�ramos la necesidad de una distancia social y lo rid�culas que eran algunas de aquellas supersticiones que nos vendieron como ciencia.
�Salimos mejores? Mejores de lo que dec�an. Y puede que los recientes juicios tambi�n contribuyan a una suerte de inmunidad colectiva contra la charlataner�a.


























