Es el momento de anotar una singular característica española: los finales wagnerianos de sus presidentes

Agentes de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, tras personarse en la sede socialista en la calle Ferraz, en Madrid.EFE
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La Guardia Civil entra en la sede de la Guardia Civil y creo que ya puedo empezar con la columna. He ido observando las novedades desde que a primera hora de la mañana la Guardia Civil entrara en Ferraz y luego en despachos periféricos. He pasado, incluso, por el simulacro de incendio en el Congreso, con los diputados al solecito de Madrid. ¡Simulacro, dicen! Pero ya parece imposible que el día dé algo más que la metainvestigación de la Guardia Civil. Es el momento de anotar una singular característica española: los finales wagnerianos de sus presidentes. Suárez y Calvo Sotelo cayeron después de la irrupción de... la Guardia Civil en el hemiciclo. Felipe González, por el crimen de Estado, y tras saberse que el director general de... la Guardia Civil robaba el dinero de las víctimas del terrorismo y participaba en orgías con putas visiblemente vacunadas de la viruela. José María Aznar, y por consiguiente su candidato Mariano Rajoy, cayeron en el incendio de los 192 asesinados de Madrid, tres días antes de unas elecciones, y tras oír que la turba acusaba a Aznar de ser el asesino. José Luis Rodríguez Zapatero ardió en la monumental pira de dinero falso de la crisis, mientras un campamento de indigencia y alcoholismo, sobre todo ideológicos, se levantaba cada noche en la Puerta del Sol de Madrid. ¿Mariano Rajoy? Rajoy también. Aunque en su caso lo wagneriano no fue el resplandor sino el Walhall pagado con dinero venenoso: la morcilla de sangre del juez De Prada. Plenamente inscrito en la tradición, el Götterdämmerung de Pedro Sánchez incluye a su familia, a dos hombres de su máxima confianza, presuntamente corrompidos, y al mentor principal de su relato político, un expresidente acusado de graves delitos económicos. Sánchez podría haber caído sin fuego y sin estruendo. Bastaba la política. Llegó al poder a título lucrativo y se mantuvo en él después por haber revocado la sentencia del Tribunal Supremo que condenó por sedición a los delincuentes nacionalistas catalanes. Ha sido incapaz de aprobar durante tres años unos nuevos presupuestos y ha ignorado al Parlamento como ningún otro de los presidentes españoles. Las llamas han incinerado la posibilidad de cualquier debate estrictamente político sobre una gestión descabellada. Y aún no sé bien si permitirán verificar la hipótesis de que sus maneras de gobierno y la corrupción de sus próximos son uno y lo mismo. Götterdämmerung es el relato de una purificación. Pero la sucesión de los dioses españoles agrava la metáfora convencional.
Un crepúsculo sin amanecer.




















