Quien robó aquellas flores quizá lo hizo porque las admiraba y deseaba alegrar con ellas, cuidadas con tanto amor, el triste rincón donde vive

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El robo parecería menor, dada la cuantía del botín, y por eso no ha sido noticia. El ladrón no ha movilizado a las fuerzas de seguridad del Estado, ni está en las listas de los más buscados de la Interpol. Fueron cuatro macetas en un arrabal de Córdoba, se ignora su paradero o la suerte de las flores que contenían. Es de suponer que eran claveles lozanos, de colores vivos que no escapan a la vista de los viandantes. Debieron ser presa fácil y al alcance de la mano para el caco que se los llevó. De esta fechoría no queda hoy más memoria que un texto que la persona que sufrió el robo dirige al ladrón, y que ustedes podrán encontrar manuscrito y con buena caligrafía sobre una puerta de metal sita en la esquina de la calle Pintor Peñalosa con Santa María de Trassierra.
En la hoja derecha de esta puerta doble dice así: «No te da verguenza robar 4 macetas de esta fachada, con el trabajo que me cuesta tenerla asi de bonita para toda la gente, para disfrutarla!! PENOSO que vergüenza Tonto del To [sic]». En la puerta izquierda continúa: «1 cosa te voy a decir: -No saves con quien has dado o me las devuelves mañana dia 24-11-23 o pongo imagenes para que vean como robas las Macetas. Sinverguenza TONTO PA SIEMPRE [sic]».
La fachada de la casa no tiene hoy ninguna maceta, ni signo alguno de vida humana o vegetal en ella. El abandono que padece hace pensar que es una casa deshabitada. Es de suponer que el ladrón o ladrona no fue intimidado por aquel jardinero o jardinera que con más impotencia que credibilidad le advirtió de que no sabía con quién había dado, y de que pondría -no se sabe dónde- imágenes de ese hurto de cuatro macetas, que infiero que es la cantidad máxima que puede transportar consigo alguien que no dispone de más medios para el crimen que sus propios brazos.
Quiero celebrar a aquella persona que dedicaba tiempo a esas cuatro macetas y que antes de resignarse a su pérdida dejó aquel mensaje cuyas letras empiezan a borrarse. No quiero que esas flores que nunca veré se pierdan completamente en el olvido, pues creo que hay que agradecer a todas esas gentes que cada día dignifican las calles de sus barrios con ese pequeño gesto de cultivar geranios, gitanillas, claveles, petunias, buganvillas y jazmines, mantenerlos fielmente frente a los rigores del verano o del invierno, con la conciencia y el orgullo de que aportan algo bello para el disfrute de todos.
Conozco pocos lugares en el mundo que estén tan bendecidos por una conciencia estética como la que tiene el pueblo andaluz, que con un puñado de macetas sabe imprimir color y vida a cualquier callejón y cualquier patio, y no puedo evitar emocionarme con la humilde reivindicación que hizo esta persona cuando vio su fachada desnuda.
Tengo para ella un triste consuelo, que es todo lo que puedo ofrecer como reflexión en este espacio, y es que quien robó sus flores quizás lo hizo porque las admiraba, y deseaba alegrar con ellas, cuidadas con tanto amor, el triste rincón donde vive.

























