Si el hijo de Andic es juzgado -hipótesis probable- será un jurado popular el que lo haga

Salida del hijo de Isaac Andic de los juzgados de Martorell.Araba Press
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Acusaciones y defensas van librando en los periódicos el juicio de Jonathan Andic. Desde su detención en mayo los mensajes de uno y otro lado se repiten. El último intercambio partió de la acusación con un mensaje del hijo al padre: «No me extraña que pensaras que era capaz hasta de matarte». Este lunes la defensa dio a conocer el audio de la llamada del hijo a los servicios de emergencia: entre sollozos continuados pide ayuda, porque su padre ha caído por el barranco. El audio es un objeto veraz en estado puro. Un testimonio documental contemporáneo a la caída. Se difunde para producir un efecto que, sin embargo, solo es verosímil: que el que así lloraba no podía haber asesinado a su padre. Cuando la acusación da a conocer el «capaz hasta de matarte» hace algo similar. El dato literal e incontestable rebasa impávido la frontera veraz: el padre acertaba al pensar que el hijo podía ser un asesino.
Si el hijo Andic es juzgado —hipótesis probable— será un jurado popular el que lo haga. Ese jurado es el destinatario del intercambio público entre acusación y defensa. Y el desarrollo del caso revela hasta qué punto la institución del jurado es un anacronismo epistémico, un residuo del tiempo en que un hombre podía llegar a la sala del juicio oral en un estado virginal, sin prejuicios fabricados por los medios. En la razón de ser del jurado hay un fondo casi conmovedor de semántica y de justicia. La práctica de la prueba debe dar resultados tan transparentes que cualquier inteligencia pueda decidir sobre la culpa. Lo mismo que se exige idealmente al juez que sentencia: que cualquier inteligencia mediana pueda comprender sus autos. Pero entre un juez y un ciudadano hay una diferencia esencial a la hora de impartir justicia, que es el trato con los sesgos. El mejor juez es el que mejor identifica los sesgos: los propios, antes que ninguno.
Del mismo modo que la democracia deliberativa ha de observar con extrema desconfianza la democracia plebiscitaria, la justicia democrática ha de hacer lo mismo con los tribunales populares. La broma de que un ciudadano suizo pueda decidir con responsabilidad y conocimiento sobre si su país podrá tener 10.000.001 de habitantes en 2050 —por suerte el grupo serio del no sabe/sí contesta echó atrás la iniciativa— es del mismo género de la que pretende que un barcelonés acuda a juzgar sobre la suerte de Jonathan Andic sin haber habitado una de las dos cámaras de eco del caso.
El pueblo ya tiene suficientes entretenimientos y no veo por qué habrían de añadirse las snuff movies.

























