Sánchez dice que será Feijóo quien traiga la corrupción y aplaude como un maníaco al Congreso que le pide que se marche

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.EFE
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Todos los episodios de Dimensión desconocida, la legendaria serie televisiva de finales de los 50 que tanto marcó al joven Spielberg, empiezan con la voz grave de su creador —Rod Serling— explicando el sentido del título: hay una zona crepuscular que los hombres desconocen, situada entre la luz y la sombra, donde se manifiestan fenómenos que la ciencia es incapaz de explicar. Pues bien: Pedro Sánchez y sus aliados quieren convertir la democracia española en un largo episodio de Dimensión desconocida. O sea: un lugar donde no rigen las normas —ni las escritas ni las tácitas— de la democracia liberal ni se respeta al Estado de derecho; un lugar donde el partidario de la racionalidad democrática y la vigencia de las leyes se convierte en un auténtico extraterrestre.
Así lo demuestra la reacción oficialista a la sentencia del Tribunal Supremo que condena a Ábalos y Koldo a largas penas de prisión: ambos se prevalieron de su autoridad pública para perpetrar graves corrupciones en el corazón del Estado. Sánchez habla de «piedras en el camino», dice que será Feijóo quien traiga la corrupción y aplaude como un maníaco al Congreso que le pide que se marche; el argumentario de su partido pone el foco en la pena impuesta a Víctor de Aldama y los socios siguen hablando de lawfare pese a que los hechos juzgados son incontestables. Capítulo aparte merecen las manifestaciones de culto a la personalidad que salen del laboratorio monclovita y publica la prensa amiga: miedo dan. Si a todo ello se le suma la promesa de un gasto público infinito, el resultado es una versión española de la autocracia electoral.
Tampoco cabe sorprenderse: una de las patologías más comunes en la democracia sentimental es la dependencia emocional del líder caudillista, trasunto de aquel «dictador electoral» conceptualizado por Max Weber. Sánchez ofrece un trato sucio a sus votantes: hagan como si no pasara nada, vótennos, les sale a cuenta y todo vale contra la derecha. Que haya tanta gente —partidos, periodistas, tertulianos, intelectuales— interesada en proyectar esa visión paralela de la realidad causa zozobra; que sean los mismos que aplaudían muy concernidos las movilizaciones contra Orban produce vergüenza ajena. ¡Todos a la dimensión desconocida!
Ahora bien: el Tribunal Supremo ha dicho, por medio de una ejemplar sentencia unánime, que España no es ese lugar. O mejor dicho: que no lo es todavía. Está en manos de los ciudadanos que nunca llegue a serlo. Y no sabe uno si reír o llorar.
























