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La ética de la convicción y su antimetábole
Sequeiros · 2026-05-24 · via Columnistas

(Entrecejo) ¿Por qué no habría de corromperse José Luis Rodríguez Zapatero? Es verdad que la gran mayoría de hombres no lo hacen, probablemente porque calculan que no les sale a cuenta. Pero la cuestión, vista la perplejidad del ambiente, es qué haría específicamente inmune al expresidente del Gobierno de la tentación de corromperse. ¿Sus principios? Todo el mundo tiene principios. Estoy seguro de que Jonathan Andic tiene la convicción de que matar está mal. ¿La ausencia de necesidad? Nada más relativo que la necesidad. El lugar común de que a partir de una cierta cantidad de dinero ya no vale la pena ganarlo, porque el bienestar ya no da más de sí, es pasto y consuelo para los comunes, pero está desmentido una y otra vez por la experiencia. Y por el paper -siempre hay uno a medida- en el que Killingsworth, Kahneman y Mellers (PNAS, 2023) resolvieron su contradicción sobre este punto. Y si no, ya está Marx: «De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad» ¿La falta de oportunidades? Hombre, hombre. Para el lobista, la corrupción solo es un camino con menos tráfico. ¿Dificultades técnicas? Evidentemente Robinson las tenía, aunque en este punto habría que consultar a Viernes. ¿Por pereza? No hay que descartarla como argumento chic. La pereza es madre de todos los vicios. Pero, además, tiene en este caso sumarísimo el serio contrincante del aburrimiento. Las horas macilentas en los cuarteles son causa común de los golpes de Estado. Y nada echa más en falta el ex que la adrenalina. La reputación es una aduana y quizá la corrupción no sea razón suficiente para saltársela. Pero es que la buena reputación es también un disfraz eficacísimo del corrupto: ¡con ese nombre qué de malo va a hacer el hombre! Nuestra Lucía Méndez tuvo el otro día la mala suerte de que un espíritu malvado y burlón le soplara este párrafo: «La imputación de Zapatero por delitos de corrupción política viene a ser como si la madre Teresa de Calcuta fuera acusada de liderar una trata de seres humanos desde su voto de pobreza». Seguro que el soplón fue Hitchens. El autor de The Missionary Position: Mother Teresa in Theory and Practice (1995) [qué título, virgen santa, qué título]. El libro es un caso teórico y práctico —en efecto— del uso criminal de la reputación, y es muy pertinente citarlo a propósito de Zapatero. Va un trocito de las memorias de Hitchens para reír un rato y aflojar. «Cuando el difunto Papa Juan Pablo II decidió poner a la mujer extrañamente conocida como Madre Teresa en la vía rápida de beatificación, y por tanto convertirla en candidata a una eventual santidad, el Vaticano se vio obligado a pedir mi testimonio, y pasé varias horas en una sesión cerrada con un sacerdote, un diácono y un monseñor, y sin duda les alegré el día cuando enumeré, como si rezara el rosario, los terribles defectos y crímenes de la fanática fallecida. Entonces descubrí que durante su tiempo en el cargo el Papa había abolido subrepticiamente el famoso oficio del 'abogado del diablo' para acelerar aún más el paso de sus muchos candidatos a la canonización. Por tanto, puedo afirmar que soy la única persona viva que ha representado al diablo gratis».

Nadie echará de menos en esta lista la condición de hombre de izquierdas de Zapatero. O solo Rufián, este que trata de quitarse la mierda con mierda. El blindaje podría haber funcionado en otra temporada. Ya no. El momento de mayor alcance estético del auto del juez Calama es el fragmento en que Ábalos y Zapatero se disputan el negocio. Cuando los suyos ya daban por amortizados los manejos del putero, se dan de bruces con la evidencia de que el jugolándico Zapatero le disputaba el negocio. Hay que desengañarse. Ya escampará. Pero esta temporada no hay manera de ser de izquierdas.

De modo que ¿por qué no habría de corromperse José Luis Rodríguez Zapatero?

De hecho había muchas pruebas de que era un corrupto. Yo seguí sus huellas con gran afición y provecho. Hay una máxima tradicional en la investigación de los delitos de corrupción: «¡Sigue el dinero!». Yo prefiero las palabras. Hasta tal punto que hace muchos años obligué a Paul Valéry a inventar y a repetir una y otra vez que la sintaxis es un valor moral. Zapatero empezó muy temprano. Llevaba pocos meses en la presidencia cuando pronunció en la Onu su icónico discurso sobre la Alianza de Civilizaciones. Hoy la indispensable falacia retrospectiva esmalta con brillo aquel perfecto quiasmo suyo, antimetábole, de pujos weberianos: «No es solo la ética de la convicción la que nos impulsa, es sobre todo la convicción de la ética». Otro día el cronista Raúl del Pozo, que tenía cada tanto con él unos finos ten con ten con pastas, presenció una inolvidable escena en el bar del Congreso. Un camarero le pregunta cordialmente al entonces presidente cómo va todo. Y Zapatero contesta: «La mayor, con 13 años, ya sabe que está convidada a la vida». Yo escribí entonces: con aliteración y alevosía. Otro día entró en la habitación de hospital de Eduardo Madina, al que Eta le había arrancado una pierna. Zapatero le declinó: «Te voy a regalar una Euskadi en paz». Y paranomasias. «Después de ocho años de derechas hemos tenido un año de derechos». Y quiasmos: «No es cierto que la verdad nos hace libres, es la libertad la que nos hace más verdaderos». Y aquel letal ataque de epanadiplosis holgada que sufrió cuando pocas horas antes de que Eta matara a dos personas en el aeropuerto de Madrid había dicho sobre el particular: «Hoy estamos mejor que hace un año, pero dentro de un año estaremos aún mejor». Y nunca por más siglos restantes que pasen olvidará el mundo esta frase de su prólogo a una reedición de Borges: «Prologar a Borges resulta muy difícil cuando Borges es el prólogo de uno mismo, y es eso exactamente lo que le ocurre a este prologuista». En fin: ¿alguien cree que detrás de la más famosa de sus paronomasias -«La nación es un concepto discutido y discutible»- había algo más que vicio?

Quizá la figura de José Luis Rodríguez Zapatero quede para siempre vinculada a la corrupción en la variante tráfico de influencias. El juez sabrá. Pero lo que la sentencia del tiempo ya ha dictado, ¡y cómo!, es su seminal corrupción por retruécano. Aquel: «Las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras». Ahí está concentrado su legado, no solo al presidente Pedro Sánchez, sino a la política española, transversalmente considerada. Su legrado. Todo se contagia.

(Creativos)Javier Sampedro da noticia hoy en El País de la resolución del llamado problema «de la 'distancia unidad'», que «lleva 80 años trayendo de cabeza a los matemáticos de todo el mundo». No veo a nadie quejándose. Todo lo contrario. Los matemáticos lo celebran como los biólogos celebraron que el AlphaFold de Google hubiese predicho la estructura de las proteínas. Por el contrario, los literatos siguen con sus cansinos melodramas. El último a propósito del supuesto uso que habría hecho de la inteligencia artificial el ganador de un concurso literario de la Commonwealth. En el fondo de la distinción de temperamentos está, cómo no, la arrogancia de los autollamados creativos. Los científicos ¡solo! descubren. Los literatos, oh, là, là, crean. De ahí que la inteligencia artificial aplicada a la literatura solo pueda ser una estafa, porque como es axioma fervoroso la Ia no puede crear. Eso lo dicen, cruel paradoja, los estafados, es decir, los jurados de premios literarios que son incapaces de pasar un test de Turing inverso y discriminar perfectamente entre lo que escribió un hombre y lo que escribió una máquina.

Los jurados, los editores y cualquier prescriptor literario deben juzgar si la obra que les presenta fulanito es buena o mala y dejar para siempre aparcada la sospecha de si se escribió a mano o a máquina. El primer día que se dio ya era una discusión absolutamente anacrónica. La Ia impacta sobre la escritura como lo hizo la imprenta. Como la imprenta, la Ia no sabe qué son los celos, pero lo ha leído todo sobre los celos. No parece una estupidez hacerle una consulta en el trance de escribir Othelo II. Por lo demás, hace 87 años que Michel Leiris escribió sobre el conocimiento que aporta el choque de dos palabras. También por ello su Edad de hombre lleva un texto preliminar llamado De la literatura considerada como una tauromaquia. El mecanismo por el que dos palabras chocan en el cerebro y dan lugar, por ejemplo, a una metáfora es aún desconocido. El autor que pone la inteligencia artificial a chocar a base de prompts es tan dueño de sus resultados como si el choque se diera en su cerebro. Entre otras razones porque sigue dándose en su cerebro.

(Ganado el 23 de mayo, a las 14:59 escuchando en una de sus mañaneras a la científica Claudia Sheinbaum, que se pregunta, a propósito de los asesinatos de Raúl Castro, qué sentido tiene acusar a una persona por algo que ocurrió hace treinta años, y satisfecho de haber descartado que su misterio sea ideológico: es tonta de remate)