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Juan Claudio de Ram�n · 2026-06-28 · via Columnistas

Aldama ha sido el pícaro que se ha salvado narrando, mientras que la novela brindada por Ábalos y Koldo ha sido exigua y lamentable

José Luis Ábalos, a la salida del Tribunal Supremo.

José Luis Ábalos, a la salida del Tribunal Supremo.AFP

Actualizado

Días atrás daba en este periódico Jacobo Bergareche donde nos duele: el pícaro nos cae bien. Lo decía por Ábalos, que parece encarnar el arquetipo. Así y todo, sabemos por Francisco Rico, la mayor autoridad que tuvimos sobre el género, que la picaresca no se define por su contenido, sino por el punto de vista. Es el pícaro el que se narra a sí mismo, en primera persona y retrospectivamente, justificándose ante quien le puede juzgar. El pícaro escribe su vida para que se la perdonen. Por ahí, Aldama ha sido el pícaro que se ha salvado narrando, mientras que la novela brindada por Ábalos y Koldo ha sido exigua y lamentable: yo no sabía, yo me limité a, yo confío en la justicia. Pobre material. Ambos tendrán tiempo de sobra en la cárcel para redactar apologías más convincentes. Solo entonces serán pícaros ejemplares. Sospecho que al menos Ábalos, al que se le adivina talento narrativo, lo hará, fiado a la intuición de que España es capaz de perdonar todo con tal de que se lo cuenten con gracia. Mientras llega ese momento, lo que tenemos no es propiamente una novela picaresca, sino -la distinción es de Rico- una novela con pícaros. Con muchos, demasiados, incontables pícaros. Ha sido la novela de esta legislatura, aunque hoy sepamos que sus primeros capítulos se escribieron en la anterior. El dramatis personae no para de crecer y un modo de no perder la cuenta es leer Todos los hombres de Sánchez, de Ketty Garat, la periodista que más insistió en seguir el rastro de Ábalos. La pregunta no es, entonces, por qué nos cae bien el pícaro, sino por qué en España nunca faltan pícaros que perdonar. La respuesta acostumbrada ahonda en una vieja melancolía española: abunda el pícaro allí donde escasea el burgués. Donde no se produce, se medra. Y, si se dan los medios -el pícaro se sienta en el Consejo de Ministros-, se saquea. Entonces, es algo más que caudales públicos lo que perdemos. Por decirlo con la fría prosa del Tribunal Supremo: en estos supuestos, la corrupción «opera como un fenómeno que distorsiona la finalidad del poder, debilita los contrapesos institucionales y compromete la igualdad de los ciudadanos ante la ley». No se roba de una caja, se socava un edificio. Con más literatura e igual impaciencia ante la picaresca gubernativa, un joven alcalaíno dijo cosas parecidas hace un siglo largo: «En nuestro museo han entrado unos pícaros y la dalmática más espléndida, recamada por una historia ilustre, la van deshilachando para remendarse los calzones» (Manuel Azaña, El problema español). Vieja melancolía, ya digo.