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El brazalete negro que anillaba las mangas blancas no era solo un ejercicio de gratitud a la memoria de Santamaría: era una invocación a la leyenda europea del Real Madrid. Una plegaria pronto atendida. Porque el finado respondió a la cita entorpeciendo el despeje de Neuer, héroe en la ida y villano antes de cumplirse el primer minuto de la vuelta. Su despeje garrafal llegó a la zurda de Güler, que no había viajado a Baviera a perdonar a nadie.
Lo más difícil se había hecho demasiado pronto. Pero no todo lo podía lograr Santamaría. En cuanto se disiparon los espíritus, 30 segundos después, la defensa de Lunin se durmió en un córner y concedió el gol del Bayern. Está visto que administrar la facilidad no es lo propio del Madrid en Champions.
La tensión reventó las pizarras. La alineación racionalmente kamikaze de Arbeloa, juntando en el medio la delicadeza del turco y la electricidad de Brahim con el liderazgo guadianesco de Bellingham, era una declaración de intenciones: «No sabemos sobrevivir en el cálculo: atacad». Se trataba de soltar a las fieras. De convertir a los cerditos en jabalíes. Y por momentos parecía funcionar: los alemanes parecían intimidados en su propia casa. Y el que más Neuer, condenado a recoger de sus redes por segunda vez un dron enviado por Güler. En el corazón otomano de este chico arde un imperio que no ha caído.
¿Quién dijo que la potencia sin control no sirve de nada? A falta de sistema, el Madrid se amigó con el caos. Se jugaba con la víscera del compromiso, que no es el cerebro, teóricamente el órgano favorito de un alemán. No era un partido para enseñar a los niños, ciertamente. Poco pedagógico, demasiado violento, un hermoso intercambio de puñetazos sin guardia. Al picotazo de Kane -el último victoriano, ese jugador que parece escapado del reparto de Carros de fuego- le replicó Mbappé a pase de Vinicius, aunque los que saben aseguran que no pueden jugar juntos.
El descanso no cumplió su función. «Ya descansaréis cuando os toque», susurró Santamaría. Todos obedecieron, aunque el cansancio matizaba la locura. El Madrid se compactaba, solidario y racial, confiado en una cabalgada redentora de Mbappé. Para conjurar la tentación del orden, Arbeloa sacó a Camavinga. Que decidió autoexpulsarse para salvar la posibilidad de una épica aún mayor. Pero hay un límite poroso entre la leyenda y la estupidez. El Bayern trazó esa raya. Cayó el Madrid, pero su orgullo permanece intacto.






















