El 'Guernica' se convirtió en un cartelón que entró a formar parte de las estampitas devotas. Entonces junto al Che y hoy junto a Díaz Ayuso

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No acierto a entender la postura que niega de forma ciega considerar que el mural de Picasso vaya temporalmente al Guggenheim de Bilbao. Lo ha pedido el Gobierno Vasco y aunque yo mismo suelo estar siempre en desacuerdo con el PNV, me parece una petición atendible para conmemorar el bombardeo de Gernika y la constitución del primer ejecutivo autonómico en otoño de 1936. Conviene no identificar vasco con nacionalista y lo que se ve estas semanas es una coincidencia plena entre comentaristas y políticos madrileños. Por supuesto, el único criterio válido, al final, es el técnico: el ministro Urtasun explicó de forma irreprochable que el cuadro no está para viajar y que, por lo tanto, se quedará en el Reina Sofía porque así lo aconsejan los expertos. C'est fini.
Pero ¿por qué esta saña dialéctica y esta retórica de la intransigencia? Volver al originalismo pictórico no parece buena idea, teniendo en cuenta que una obra inacabada, como es el Guernica, ha dado lugar a una interpretación muy inestable a lo largo del tiempo. El toro, el caballo o la portadora de luz del cuadro han conducido a múltiples alegorías y metáforas en todos estos años por parte de los estudiosos. ¿Qué importa que el mural lo encargara el Gobierno de la República y no el de Aguirre? Si hoy es propiedad orgullosa del Estado ¿acaso el País Vasco no forma parte del Estado? Peor es que se recuerde, como aduana moral para no trasladar el cuadro, que el PNV pactó la rendición con los italianos en Santoña. ¿No se sabe que la mayor parte de batallones vascos en la Guerra Civil eran socialistas y comunistas? ¿Que Acción Nacionalista Vasca siguió combatiendo en Asturias con la República tras la rendición vasca?
Bien se sabe que los nacionalistas harían del Guernica en Bilbao otro ejercicio victimista y mixtificador de la historia vasca del mundo, que dice Ruiz Soroa. Pero eso a mí, como espectador no nacionalista, me da igual: iría a ver el cuadro también como muestra de la barbarie que parte del pueblo vasco infligió a los españoles inocentes con el terrorismo. Al final, lo que decía Antonio Saura en aquel libelo: el Guernica se convirtió en un cartelón que entró a formar parte de las estampitas devotas. Entonces junto al Che y hoy junto a Díaz Ayuso.





















