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Los nietos del �xodo
Andrés Trapi · 2026-05-09 · via Columnistas

Empieza a preocupar a algunos la nacionalizaci�n de 2,3 millones de descendientes de espa�oles. Ya en 2007 se hab�a concedido la nacionalidad a medio mill�n de hijos de exiliados, aplicando la Ley de Memoria Hist�rica, y a cerca de 900.000 en 2023, con la de Memoria Democr�tica. Esta cifra se ver� duplicada al extenderse ahora ese derecho a los nietos (tambi�n de emigrantes, no solo exiliados), con la que ha empezado a conocerse como �ley de nietos�. Temen o se malician algunos que esta medida esconda una operaci�n de ingenier�a electoral. Razones para malpensarlo hay bastantes: el pasado de PS�nchez no es tranquilizador. Siempre que lo ha necesitado ha hecho trampas, plagiando su tesis, puchereando a sus propios compa�eros, mintiendo sin recato...

El ama�o electoral podr�a suceder, desde luego, pero no es tan sencillo (ver Nuevos espa�oles para un viejo sistema electoral, del estad�stico Luis Miller, publicado en este peri�dico; en �l no se trata, sin embargo, algo que va m�s all� de la estad�stica y que tampoco el Gobierno y los historiadores abonados a la Memoria oficial querr�n dilucidar, seguro).

El exilio que se inici� en 1936 es, junto a la expulsi�n de los jud�os de 1492 y la de los moriscos a comienzos del siglo XVII, el hecho m�s traum�tico y doloroso en la Historia de Espa�a, tantas veces madrastra: sus heridas se han transmitido de generaci�n en generaci�n.

La joven catalana Silvia Mistral fue una de los 1.600 privilegiados que lograron viajar en el Sinaia (el primer barco que llev� exiliados republicanos a M�xico). Lo cont� en un diario que titul�, precisamente, �xodo (1942) -como Exodus se llam� el barco que transport� a Palestina en 1947 a m�s de 4.000 jud�os-. El libro de SMistral lleva un pr�logo de Le�n Felipe, autor de Espa�ol del �xodo y del canto (1939). LFelipe muri� en el exilio y aunque SMistral viaj� a Espa�a una vez, viviendo Franco, y otra luego, muri� en M�xico en 2004, seis a�os despu�s de su marido, que no la acompa�� en ninguno de esos dos viajes.

De los 400.000 espa�oles que salieron de Espa�a en 1939, la mitad regres� en los primeros meses, fiados de las autoridades franquistas que prometieron la inmunidad a quienes no hubieran cometido delitos de sangre, promesas que incumplieron encarcelando a miles de inocentes en cuanto traspasaron la frontera.

Al tiempo que las c�rceles espa�olas se fueron vaciando de represaliados pol�ticos (lleg� a haber 200.000 en ellas, inasumible incluso para un r�gimen tan represor como aquel), el goteo de retornados fue en aumento en cuanto mejoraron algo las condiciones. Unos volvieron para quedarse y otros �nicamente de visita, antes de regresar al pa�s donde hab�an rehecho su vida (el caso de SMistral o el de G�mez de la Serna). Tanto si volv�an para morir (Ortega y Gasset o el general Vicente Rojo) o por trabajo (Severo Ochoa), la mayor parte lo hizo discretamente, manteni�ndose al margen de cualquier actividad pol�tica (de Bu�uel a Am�rico Castro). Hubo excepciones: Bergam�n se exili�, regres�, se enfrent� a Fraga, volvi� a exiliarse y volvi� definitivamente en 1970. Entre aquellos a los que la muerte sorprendi� antes de poder volver, los hab�a de todos los colores pol�ticos: Machado, Aza�a, Largo Caballero y su enemigo Prieto, JRJ y Zenobia, con las maletas hechas para volver, la mayor�a de los pol�ticos con alguna significaci�n, republicanos radicales, de centro o de derechas, e incluso franquistas, como Camb� o G�mez de la Serna). Y, claro, aquellos que no pudieron regresar hasta despu�s de 1975 (comunistas como L�ster o Pasionaria), o que no quisieron (liberales como S�nchez Albornoz, Madariaga o MZambrano). Quiero decir que hubo tantos exilios como exiliados.

Cuando Franco muri� y se restableci� la democracia, muchos ya no pudieron regresar, aunque hubieran querido: los lazos familiares los ataban a los pa�ses donde se hab�an arraigado. Y en el caso de los emigrantes anteriores a 1936, con m�s raz�n. Esas decenas de miles han dado origen, 90 a�os despu�s, a los 2,3 millones que estos �ltimos a�os han solicitado la nacionalidad espa�ola, hijos y nietos, que, por supuesto, tienen derecho a ella, porque sus padres y abuelos, en el caso de los exiliados, jam�s debieron haberse visto obligados a dejar Espa�a. Incluso aquellos cuyos antecesores fueron criminales y delincuentes (ni los republicanos dudaron que lo fueran). Naturalmente. Si la amnist�a de 1977 fue con los etarras m�s generosa que Eta con los dem�cratas, la democracia espa�ola tambi�n lo fue con el pasado de algunos exiliados.

Hoy una buena parte de estos 2,3 millones de nietos no conocen Espa�a ni tienen intenci�n de vivir en ella, y su raz�n para solicitar la nacionalidad podr� ser sentimental (como la de los 35.000 sefarditas a los que tambi�n se les concedi� en 2015) o pr�ctica, pegada al privilegio de poseer un pasaporte europeo. M�s all� de la ingenier�a demosc�pica o de unas aviesas intenciones sanchistas, la pregunta que hemos de hacernos es en qu� medida puede determinar el futuro la irrupci�n masiva de votantes sobrevenidos a quienes los problemas de Espa�a les son ajenos, cuando no indiferentes, independientemente de lo que quieran votar o la provincia espa�ola a la que se les adscriba (seg�n Miller ni siquiera est� claro a qu� partidos beneficiar�an).

Es algo que merece ser pensado y una respuesta jur�dica (�un �periodo de carencia� en el derecho al voto, tal vez?), m�s all� de la Memoria Hist�rica.