En la desatención de los jueces y de la conversación pública sobre sus responsabilidades hay un desprecio basado en la hipótesis despiadada de que nuestra Jesi siempre ha cobrado sin trabajar

Jésica Rodríguez, a su salida del juicio.EFE
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El folletín -este género que al nombrarse ya anuncia su raíz- entre un poderoso ministro del Gobierno de España y una odontóloga deja ver, como todo crimen de época, algunos detalles que trascienden la anécdota. Por ejemplo, el respeto que el ministro guardaba a las instituciones del Gobierno y del Matrimonio. Llegado el momento de la presión sentimental máxima, el ministro no tuvo más remedio que decirle a la odontóloga que no podría cumplir su promesa de divorciarse mientras estuviese en el Gobierno de España. Y fue por ese respeto, quizá añadida la carcoma de la culpa, como siguió cavando su fosa, poniéndole piso y dándole un buen pasar público a la joven. El sueldo señala otro detalle que merece atención, por más que haya pretendido oscurecerse detrás de la mascarilla y de las gafas negras, tan enviudadas, con que la odontóloga acudió a declarar ante el Supremo: durante más de dos años cobró del Presupuesto sin acudir al trabajo.
Este fraude concreto y manifiesto no ha merecido, al menos hasta ahora, la atención de las autoridades judiciales. Puede haber una razón técnica para el juez que ha instruido el caso. De la percha del aforado -el diputado José Luis Ábalos- no se deben colgar demasiados trajes, a riesgo de convertir al instructor del Supremo en un instructor convencional. Tal vez por ello la odontóloga no acompaña al llamado Koldo y a un Víctor Aldama, que ya cuelgan de sus perchas. Pero no acaba de comprenderse que, visto lo visto y dicho lo que ella misma dijo, la Fiscalía no haya obligado a la odontóloga a tener que responder de su conducta. A una señora Ana Mato la condenaron por usar el Jaguar de su marido corrupto. A una exinfanta de España por el dinero ilegal que acumuló su balonmanista. De modo que hay jurisprudencia.
En el folletín, y en su raíz, siempre hacen falta dos. También en la corrupción. Pero aquí solo aparece el corruptor. Puede pensarse que haya habido algún tipo de pacto entre costuras por el que la sinceridad de la odontóloga haya obtenido premio. Ese tipo de tapujos que salvan a culpables mayores como aquel Trapero. Pero creo que la razón exculpatoria es más simple y sórdida: su práctica odontológica. En la desatención de los jueces y de la conversación pública sobre sus responsabilidades hay un desprecio basado en la hipótesis despiadada de que nuestra Jesi siempre ha cobrado sin trabajar.




















