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En febrero de 2020, y tras ser identificado como el conductor del coche del Delcygate, la prensa empezó a ocuparse de Koldo García Izaguirre. El asesor para todo del ministro Ábalos era una figura llamativa y lo poco que se sabía de él olía francamente mal. Así que me puse a buscar información.
Hice un puñado de llamadas a Navarra y al País Vasco. Hablé con políticos de varios partidos, también socialistas, que le conocían. Conversé con dos escoltas que habían trabajado con él. Localicé las sentencias que lo condenaron por dar dos palizas. Descubrí sus andanzas como pelotari, los tempranos elogios que le había dedicado Pedro Sánchez y su pasado oculto como portero del Rosalex. Me sobraba material, la historia estaba bien armada ¡y lo del puticlub de Pamplona era una exclusiva fantástica!
Ya tenía el artículo casi cerrado cuando recibí una llamada del gabinete del ministro. Mi interlocutor fue muy insistente en que no publicara nada sobre Koldo. Jugó a lo grande la baza del chantaje emocional -vas a provocar que su mujer aborte-, pero antes de eso intentó convencerme con argumentos. No hay nada de extraño, me dijo, en que un ex escolta sin estudios sea consejero de Renfe Mercancías. Para eso no hace falta preparación alguna, prosiguió. Sólo contar con la confianza del ministro. Cosa que Koldo cumplía a la perfección: su única función allí era ser los ojos y la voz de Ábalos en esta sociedad pública centrada en el transporte ferroviario de mercancías.
Cómo sois los periodistas. Cómo os gusta la exageración, el morbo. Pobre Koldo. Aquí no hay caso. (El artículo salió en la contraportada de EL MUNDO, sin cambios).
Esta semana me he acordado de aquella llamada al ver desfilar por el Tribunal Supremo no a Jésica Rodríguez y a Claudia Montes, sino a algunos de los señores y señoras -varios con traje, gomina en el pelo y másteres caros- que fueron necesarios para que estos dos enchufes monumentales prosperaran.
Si Jésica pudo estar dos años cobrando de Ineco y Tragsatec sin trabajar, y Claudia otro tanto con su inclasificable empleo en LogiRail, es que el fallo fue multiorgánico. Fallaron mecanismos de control, sí, pero también personas con nombres y apellidos. Funcionarios, altos cargos, asesores de prensa... Lo que demuestran las historias de Jésica y de Claudia es el inmenso poder que puede acumular un ministro incluso en una democracia avanzada.
Así que la pregunta no es cómo pudo pasar lo de Jésica y lo de Claudia. Ni siquiera cómo pudo pasar lo de Koldo. La clave es cómo pudo pasar lo de Ábalos. Qué sucedió para que un ministro y número 2 del partido gobernante fuera capaz de conducirse tan impunemente, con un esperpento por escudero, durante tanto tiempo.
La respuesta inevitable es que mucha gente en el Gobierno y en el partido decidió inhibirse. Como ocurre con la violencia machista, la promesa de erradicar la corrupción es populismo barato. Siempre habrá Ábalos, Aldamas y Panos, y para castigarlos están la Justicia y las leyes. Lo verdaderamente importante es que la sociedad no normalice esos abusos, que no los vea como parte del paisaje. Y eso es precisamente lo que las élites, esta vez las del PSOE, han hecho con el caso Ábalos.
Cuando en cualquier organización humana alguien se salta las normas, hace alarde de ello y no pasa nada, hay que mirar hacia la planta alta. Si el de arriba castiga o amenaza con castigar a todo aquel que proteste, pregunte o discrepe, el de abajo tiende a protegerse autoconvenciéndose de que lo mejor será callar, involucrarse lo menos posible y echar a lavar la camisa cuando el barro le salpique.
El retrato que de Ábalos ha ido componiéndose en estos tres días de juicio se acerca bastante a esa forma de mandar. El ejemplo más claro son los dos altos cargos de LogiRail que fueron despedidos de esta filial de Renfe por querer abrirle un expediente sancionador a miss Claudia. El mensaje tuvo que ser poderoso, ejemplarizante: si el ministro se atreve a echar al gerente de la zona norte e incluso al director gerente de la empresa, ¿qué no hará con la tropa?
El autoritarismo es un rasgo habitual entre los líderes que no infunden respeto. Si no me sigues por convicción, lo harás por miedo. Y es curioso, porque esto encaja también con el perfil de Pedro Sánchez, un dirigente obseso del control que se enfurece si los ministros celebran reuniones a sus espaldas.
¿Y esto qué tiene que ver con Koldo? Quizá este silogismo ayude: si Koldo sólo pudo existir porque existía Ábalos, habrá que deducir que Ábalos únicamente pudo existir porque existía este concreto presidente.
De modo que la auténtica pregunta, la única pertinente, es cómo pudo pasar lo de Pedro Sánchez. En qué hemos fallado como sociedad para que un político como él haya llegado tan arriba y continúe ahí, a la vista de todos, durante tanto tiempo.
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