Cabo Suelto
A casi nadie le importa la poes�a, como es normal, pero en algunos poemas uno encuentra a veces algo de lo que falta a la vida, o eso que la realidad no dispensa, como sabe el escritor H�ctor Abad Faciolince

El escritor colombiano H�ctor Abad Faciolince.
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H�ctor Abad Faciolince recordaba el pasado s�bado en el Festival Marpo�tica el d�a en que encontr� a su padre tendido sobre un charco de sangre en una calle c�ntrica de Medell�n. Lo hab�an asesinado a plena luz de la ma�ana los paramilitares. Al hurgar en el bolsillo de la chaqueta del padre, reci�n asesinado ese 25 de agosto de 1987, encontr� un soneto manuscrito firmado al final con tres iniciales: JLB. Pod�an ocultar a Jorge Luis Borges. Era un soneto in�dito. Nadie sabe a�n a qui�n pertenece, pero tra�a como r�brica esto mismo: JLB. Y es que Abad Faciolince hablaba de poes�a. De su entusiasmo por la poes�a. De la manera en que algunas de sus novelas empiezan por ah�, por un poema como si �ste fuese el primer motivo de echarse a escribir.
El Teatro Ciudad de Marbella colg� el "no hay billetes". Cientos de personas ocuparon el patio de butacas y los palcos para escuchar al narrador, periodista y editor colombiano hablar de sus poetas, de aquellos a los que ha le�do, de esos otros que descubre al azar y de tantos que (quiz�) est�n por llegar. A casi nadie le importa la poes�a, como es normal, pero en algunos poemas uno encuentra a veces algo de lo que falta a la vida, o eso que la realidad no dispensa, o de lo que casi nadie habla nunca y es tan verdad como lo otro. Los poemas valen para descubrir, para hacer memoria, para consultar, para decir algo con mejor sencillez, para comunicarse de dentro a fuera. Incluso para creer en lo que sea vale un buen poema. Creer, por ejemplo, en que no todo est� perdido.
Jam�s se desperdicia el tiempo en la poes�a. Construir unos versos vibrantes es un don gratuito que tienen algunos seres. En unas cuantas palabras bien chocadas una mujer o un hombre pueden refugiarse y captar toda la emoci�n o belleza que a�n contienen algunos instantes donde caben y se comparten emociones alt�simas. M�s all� del bien o del mal, el poema tambi�n es un "voy contigo".
En este perro mundo la poes�a es lo que siempre ha sido: otra manera de no estar solo. Algunos poemas cruzaron siglos y han durado m�s que los pa�ses o los imperios donde se escribieron. Dijo ante la gente Faciolince: "Viajar vale la pena si descubro un poeta". Porque ese asombro es incalculable. El de abrir un libro al azar, tropezar con sus versos, leerlos por primera vez y leerlos de nuevo, y sentir por un momento, a cambio de nada, que algo puede ser distinto, puede ser mejor, cuando alguien choca bien unas palabras y �stas funden el tiempo vinculando de un modo tremendo al hijo desconcertado y vivo con el padre difunto que las guard� para ti en un bolsillo.






















