Los historiadores de la ciencia llevan tiempo debatiendo la curva de productividad de los científicos con el fin de saber si esta aumenta o disminuye con la edad. ¿Sucederá lo mismo con los políticos?

José Luis Rodríguez Zapatero en la entrada de la Audiencia Nacional, el pasado miércoles.
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Centramos el interés en ZP y su gusto por la gemología. En Ábalos. En Trump. Y no pensamos en los jóvenes que vendrán a gobernarnos. Esos que aún son unos políticos cachorros que quieren chupar la teta del poder y se crían hoy en el anonimato mamando como buenos mamíferos en una concejalía de Majadahonda o pelean por ser profesores adjuntos en una universidad de provincias. Aquellos en los que nadie piensa, pero que mandarán un día por imperativo biológico y defunción civil de los presentes.
De eso no hay duda.
Lo que todavía desconocemos es si los que están ahora han llegado a la cima de su curva de productividad política. Cuesta imaginar más logros de supervivencia en Pedro Sánchez, si bien, vistos los antecedentes, todo es posible. Quién sabe si en una década se presente ante los españoles como el primer Presidente de la III República. El tiempo también dirá si Alberto Núñez Feijóo fue un buen presidente de España o un competente presidente de Galicia. ¿Hasta dónde llegará el pico de Isabel Díaz Ayuso? ¿Será Eduardo Madina el secretario general de la reconstrucción socialista o su cenit lo alcanzó cuando fue derrotado en las primarias por un Sánchez desconocido y dopado por el aparato del partido?
Los historiadores de la ciencia llevan tiempo debatiendo la curva de productividad de los científicos con el fin de saber si esta aumenta o disminuye con la edad.
Los científicos jóvenes tienen más probabilidades de abrir nuevos caminos y explorar lugares inexplorados. Mientras que a los mayores se les atribuye el cambiar paradigmas y orientar la investigación hacia nuevas direcciones.
Un estudio publicado en Science por investigadores de las universidades de Pittsburgh y Chicago propone un nuevo modelo de estudio de la edad de la plenitud. Para estos académicos la clave reside en dividir la creatividad en dos expresiones diferentes. Por una parte, está la "novedad", que permite con conocimientos existentes desarrollar nuevas ideas interconectadas. Por otra, lo que se llamaría "innovación disruptiva", que se define como ese golpe de genio que cambia para siempre una disciplina. El ejemplo más representativo de este caso podría ser el Einstein de 1905, que con cinco artículos gloriosos transformó para siempre la Física, campo que a principios del siglo pasado se creía por sus contemporáneos trillado y dominado.
El estudio en cuestión analizó 12 millones de trabajos de científicos publicados entre 1960 hasta 2020. Esta fue su conclusión: los profesionales de la ciencia a medida que envejecen viven un apagón progresivo en su creatividad. No es que aporten menos es que su estado, podríamos decir, se transforma. Alcanzan un mayor grado de sabiduría pero dejan de ser disruptores y pasan a convertirse en lo que el estudio cataloga como "guardianes del conocimiento". Este cambio les ha pasado a los más grandes, incluido Einstein.
Es lo que podríamos llamar el efecto Ramoncín.




























