Ver su nombre en la alineación titular, ese santoral de la infancia, no tranquiliza. Es la primera regla que ha roto. Los apellidos de los jugadores fijos, de lo que se llama «el once», solían ser amuletos

Mbappé protesta en el partido contra el GironaManu Fernández
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NO ME GUSTA MBAPPÉ, pero en el fondo me encanta. No hay ninguna conclusión. Solo un batiburrillo de cuestiones planteadas como un pie de página a la calidad que aparenta, a su prestancia o a esa manera absurda que tiene a veces de estar en el campo como si llevara la L de novato pegada a la espalda. Puede que sea la primera columna con un índice de los asuntos a tratar. Es el efecto de escribir Mbappé, una palabra que actúa como una bomba cegadora, aunque tiene una sonoridad mullida. Es todo demasiado complicado con este jugador, mitad bicho raro, mitad estrella; el lobo solitario, un huérfano con padres. Después de haber pasado tiempo observándolo en la distancia, sin implicarme demasiado en su evolución, confiando en que al final las cosas acabaran saliendo solas, puedo decir que ver su nombre en la alineación titular, ese santoral de la infancia, no tranquiliza. Es la primera regla que ha roto. Los apellidos de los jugadores fijos, de lo que se llama «el once», solían ser amuletos. Podría decir algunas cosas a su favor. Juega con las medias subidas hasta la rodilla, la visión de las rótulas arropadas hasta la raíz del muslo resulta reconfortante durante las previas a los partidos. Aparece de vez en cuando con la camiseta metida dentro del pantalón, atacado como se atacan los dispuestos a todo. Aparenta saber hablar y maneja una sofisticación instalada en el ecosistema del fútbol como un balcón desde donde observa a los demás jugadores.
Capturar la atención mundial cada noche le ha puesto espejos por el campo, modificando su manera de avanzar hacia la portería contraria con una zancada que ha perdido, como ocurre con algunas actrices, su condición de sex symbol. Corre mirándose correr. A veces resbala cuando dispara y merodea por la jugada en un segundo plano, como haría un jefe de equipo y no un capitán. Resulta un poco extraterrestre su intención de marcar sin mojarse, metido en la tercera vía del delantero, la posición que acaba de patentar en el Bernabéu. Intuyo que tiene la intención de marcar una época con la mirada, ser el espectador más sudado del campo, hacer el dron por las hazañas que están por venir.
El otro día fue poseído por el espíritu de Higuaín, una tragedia sin precedentes que convendría conjurar con el ritual más extraño a estas alturas de la temporada: confiar en este pedazo de crack tan turbio. Puede que Alemania sea un buen lugar para zanjar la fama de colaboracionistas de los franceses con la barbarie, o sea, cualquier equipo que no sea el Real Madrid.
























