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El desastre de Chern�bil, o la letal toxicidad de la mentira
Jorge Bustos · 2026-04-25 · via Columnistas

Bajad las armas

El comunismo es la enso�aci�n culpable de unas �lites corruptas que aspiran a sobrevivir sometiendo a sus pueblos al terror y a la mentira

El desastre de Chern�bil, o la letal toxicidad de la mentira

Actualizado

Audio generado con IA

Ella se acababa de casar con Vasili, un bombero guapo al que despertaron de noche para apagar el fuego que se declar� en la madrugada del 26 de abril de 1986. Ella, Liusia, vio la explosi�n, llamas altas en el cielo iluminado de repente. Sinti� un calor horroroso porque ard�a el alquitr�n derretido del techo de la central. Sobre �l los bomberos caminaron desavisados mientras trataban de sofocar las llamas, en medio de un fulgor invisible cien veces m�s letal que la nube de Hiroshima. En mitad de la noche fueron para all� sin los trajes de lona, con lo primero que cogieron, en camisa. Obedec�an �rdenes como buenos sovi�ticos. Nadie les avis�. Nadie les dijo que no era un incendio como otro cualquiera.

Semanas despu�s Vasili ten�a el cuerpo deshecho, era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los �ltimos dos d�as, Liusia le levantaba la mano y el hueso se le mov�a, le bailaba porque se le hab�a separado la carne. Pedacitos de pulm�n y de h�gado le sal�an por la boca: se ahogaba con sus propias v�sceras. "Yo me envolv�a la mano con una gasa y la introduc�a en su boca para sacarle todo aquello de dentro, todo aquello que era m�o, todo aquello que yo amaba", le confiesa Liudmila Ignatenko, Liusia, a la premio Nobel de Literatura bielorrusa Svetlana Alexi�vich en Voces de Chern�bil, quiz� el reportaje m�s escalofriante de la historia del periodismo literario. No hay autor, no hay firma: no hace falta. Solo hablan las v�ctimas.

-No le cab�a ninguna talla de zapato. Lo colocaron en el ata�d descalzo. Ante mis ojos. Vestido de gala, lo metieron en una bolsa de pl�stico y la ataron. Y, ya en la bolsa, lo colocaron en el ata�d, envuelto en otra bolsa: un celof�n transparente pero grueso. Y a su vez todo el paquete lo introdujeron en un f�retro de zinc. Le dejaron un gorro encima.

Luego los recibi� la comisi�n extraordinaria. Porque siempre hay una comisi�n extraordinaria. A todos les dijeron lo mismo: que no pod�an entregarles los cuerpos de sus maridos muertos, de sus hijos muertos. Porque desped�an una cosa llamada radiaci�n, y por tanto deb�an ser enterrados en Mosc� siguiendo un protocolo especial de seguridad: f�retros de zinc soldados bajo planchas de hormig�n.

-Deben ustedes firmarnos estos documentos. Necesitamos su consentimiento.

Y si alguien, indignado, quer�a llevarse el ata�d a casa, los funcionarios sovi�ticos lo convenc�an de que el muerto debido a la monstruosa negligencia comunista era un h�roe. Los muertos descompuestos por la mentira t�xica del r�gimen eran en realidad personalidades oficiales que ya no pertenec�an a su familia. Pertenec�an al Estado.

Chern�bil no es un desastre f�sico sino pol�tico. Una tragedia cient�ficamente incalculable por la cual las embarazadas bielorrusas en 2026 todav�a gestan con p�nico a alumbrar un monstruo, porque a veces sucede. Pero no se puede denunciar, porque Bielorrusia, la zona m�s castigada por la nube radiactiva, es una dictadura t�tere de Putin.

Chern�bil fue posible porque aconteci� bajo un r�gimen comunista. El comunismo es la enso�aci�n culpable de unas �lites corruptas que aspiran a sobrevivir sometiendo a sus pueblos al terror y a la mentira. "En los peri�dicos se condenaban las artima�as del enemigo y la histeria de los occidentales. Se hablaba de las maniobras antisovi�ticas y de los rumores provocativos que sembraban entre nosotros nuestros enemigos", le cuenta a Alexi�vich el diputado Grushev�i, que tras el colapso de la Uni�n Sovi�tica milit� en una fundaci�n de ayuda a los ni�os de Chern�bil. Ni�os que dibujaban los �rboles con las ra�ces hacia fuera y coloreaban los r�os de amarillo. Ni�os a los que otros ni�os acosaban sac�ndolos de noche del internado para ver si luc�an en la oscuridad.

Es verdad que la capacidad de destrucci�n de la especie hace tiempo que alcanz� la excelencia. De un pu�ado de hombres atados al malet�n nuclear depende a�n que este planeta regrese a la aridez primigenia en cuesti�n de d�as. Ni siquiera estamos seguros de que no haya sucedido ya antes de llegar nosotros, seg�n sugiere Kubrick al comienzo de su pel�cula m�s c�lebre. Lo que debemos comprender es que la posibilidad del exterminio nace siempre de una mentira no denunciada a tiempo. Una central obsoleta. Unos protocolos anquilosados. Un personal enga�ado. Quiero pensar que, de haber existido el periodismo libre, ese reactor jam�s habr�a estallado. Y quiz�s el mundo sigue girando precisamente porque a sus habitantes a�n les importa la verdad.