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Mariano Rajoy, el arte de los cubiletes de la confusi�n
Antonio Luca · 2026-04-26 · via Columnistas

Actualizado

Sencillez no equivale a banalidad, pero Mariano Rajoy parece un hombre sencillo capaz de disimularse banal y convertir el cuerpo en una boya al vaiv�n de las corrientes. Aprendi� pronto a poner gesto de lenguado, que es important�simo cuando uno asienta las posaderas en la silla de declarar. Tambi�n sabe mirar al respetable imitando el susto de una liebre deslumbrada por los faros, con ese mustio emerger del miedo en los herb�voros. Mariano Rajoy, ex presidente del Gobierno, registrador de la propiedad, gallego y andar�n es un personaje extremado en su teatro. Maneja una capacidad formidable para pasar por delante de cualquiera como un palo del Brasil sin levantar sospechas. De enemigo parece invencible no por su ferocidad, sino por su virtuosismo al ejercer la destreza enervante del koala. Este hombre es un muestrario de zoolog�a rumiante.

Esta semana Mariano Rajoy ha vuelto a desplegar la esencia de s� mismo ante su p�blico. En la Audiencia Nacional se concreta el juicio por el caso Kitchen, otro de los enredos corruptos del PP y no parece ajeno a Rajoy. Los magistrados intentan desenredar una trama de comisarios chungos, espionaje, un ministro del Interior en lo alto de la pir�mide de las cloacas, su secretario de Estado a comp�s, alguna que otra estrella hoy desflecada del PP de entonces (tipo Mar�a Dolores de Cospedal), dinero turbio por aqu� y por all� y, como estaba previsto, el mon�xido de B�rcenas, sus papeles, sus odios imbatibles, sus suizas bien amarradas, sus sobrecitos y los nombres anotados a la vista para dar due�o a los pluses. Falta la cabra y la trompeta.

En medio de este alba�al, Mariano Rajoy Brey, 71 a�os, natural de Santiago de Compostela, es el ejemplo exacto de pol�tico Bartleby –por el tedioso protagonista del cuento de Herman Melville–. El mantra de vida del Bartleby es "preferir�a no hacerlo". As� compareci� ante el tribunal, sintiendo ya el traje con un peso superior a su cansancio. Entre la admirable impasibilidad y las ganas de salir por patas. En verdad parec�a una boya, como dice Manuel Vicent, pero no una boya cualquiera sino una de esas que a lo lejos parecen amarradas a un muerto. El muerto, tambi�n conviene aclararlo, saldr� exactamente de este juicio. A Rajoy le preguntaron los letrados y por un momento, en una pirueta admirable, comenz� a contestar con tantos titubeos, negaciones y amnesias que parec�a responder a voces que le hablaban del otro lado de un tabique y s�lo �l pod�a escuchar. Dime t� si esa manufactura de la huida no merece patente.

Con absoluta maestr�a, este hombre llamado administrativamente Mariano Rajoy pero a quien "cada uno llama como quiere", igual "el asturiano" que "el barbas", pues en el fondo "todo el mundo sabe que me llamo Mariano Rajoy", este mismo ciudadano, quiero decir, ha tenido varias veces el agua de la corrupci�n al cuello y de todas las mu�eiras ha salido intacto a tiempo para prender un puro. Nadie puede demostrar que respondan a �l estas seis letras anotadas por B�rcenas en un cuaderno: "M. Rajoy". Los tribunales no la consideraron una prueba concluyente. Normal que alguien que se llama M(ariano) Rajoy, aunque luego la gente lo interpele de cualquier manera, no reconozca su nombre por escrito. A saber a qui�n se refer�a ese cuaderno si �l mismo podr�a ser quien no est� siendo. Esto es un arte. Igual que los gatos usan algunas hierbas para purgarse, el registrador Rajoy puede salir de su nombre y escurrirse del presidente que tambi�n fue. Un poco m�s y estamos ante el caso de El hombre invisible, la novela de H.G. Wells publicada en 1897.

El caso era no contestar con claridad al tribunal en ning�n momento, sino echar tantos noes por la boca que si llega a soltar un "s�" hunde a distancia el balc�n de G�nova. Rajoy nos hizo el gran favor de tener una experiencia extracorporal delante del tribunal. Contest� a los abogados de las partes desde una perspectiva descorporeizada, s�lo le falt� prometer una bajada de impuestos o cualquier otra burrada y salir de la Audiencia Nacional haciendo el moonwalk, un paso de baile que consiste en impulsarse hacia atr�s fingiendo caminar hacia delante.

La prioridad nacional de Bartleby Rajoy es que no le den la turra demasiado. Ni en busca de la verdad ni por despejar una mentira. Es capaz de mejorar todas las tarifas oficiales con tal de esquivar un mareo. Si por �l fuese contar�a a la jueza Teresa Palacios toda la verdad, pero es que ser honesto da mucho trabajo. Es preferible vivir del espect�culo y disimular la realidad de este circo de fieras. Lo que habr�a agradecido encontrarse en la silla de prestar declaraci�n el bolso de Soraya S�enz de Santamar�a y decirle a los jueces: "En vista de que me conocen bien y me encontraron sustituto, con su permiso voy marchando".

La debilidad natural de los seres recelosos es evitar las respuestas largas y de frente. Mariano Rajoy es un individuo acomodado en niebla. A veces creo que prefiere ser interpretado a entendido. Igual que podr�as llamarle Manuel o Sebasti�n y voltear�a la cabeza, pues cualquier nombre del santoral puede ser suyo a estas alturas. El esp�ritu de Rajoy tiene puntos de contacto con el del poeta, cineasta, narrador y viajero Jean Cocteau. Alguien pregunt� a �ste que en caso de que ardiese el Museo del Louvre, qu� obra salvar�a. Despu�s de unos segundos de silencio, Cocteau respondi� de golpe: "El fuego. Salvar�a el fuego". Lo mismo hizo Mariano Rajoy esta semana en la Audiencia Nacional: del incendio del laberinto salv� la confusi�n.