¿Os acordáis -no hace tanto de eso- cuando una sesión parlamentaria del Congreso era mucho más soporífera que los documentales de la 2?

Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929-1990).ARCHIVO FAMILIAR
Actualizado
Por fin lo he comprendido: la IA era un chiste. Toda esa sofisticación tecnológica, el grandioso cerebro universal conducía al meme, a la carcajada ecuménica, a la comedy show del mundo.
Nos prometieron el oráculo y apareció un monologuista. El meme se ha convertido en la unidad mínima de comprensión del presente.
Por lo visto, se trataba de crear una realidad paralela, demencial y descacharrante, que se confundiera con la auténtica hasta sustituirla, y así reírnos todos. Reírnos mucho. Reírnos alto y sin complejos: de un territorio arrasado que se convierte en resort veraniego, de una guerra editada como un tráiler de una superproducción americana, de un genocida con seis dedos. Ya lo advirtió Baudrillard en su día: estaremos rodeados de imágenes, símbolos y relatos que ya no se limitarán a contar la realidad sino que acaban ocupando su lugar. ¿Para llevarnos a dónde? ¡A la risa total!
Hoy, tuneando a Biedma, podríamos decir: que la vida iba en broma/uno lo empieza a comprender más tarde/ como todos los inventos, yo vine/a llevarme la vida por delante/ dejar huella quería/y marcharme entre aplausos/- la realidad, los hechos, eran tan solo/ las dimensiones del teatro-./Pero ha pasado el tiempo/y la verdad desagradable asoma:/ la risa, el meme/son los únicos argumentos de la obra.
No se me escapa que la idea que tenemos de la vida es más bien una fantasía desligada de la auténtica vida que siempre mastica misterio. Una idea que ha ido variando a lo largo de la historia: de la lucha contra la naturaleza al dios que todo lo impregna, del progreso sin fin al progreso con fin, hasta llegar hasta el chascarrillo de nuestros días, a la desintegración total de la realidad que solo nos ha dejado asombro y risa. Una concepción vital que lo impregna todo: la música, que se hace parodia en el reguetón , el bótox, que se hace caricatura en la estética, la política, que se vuelve chirigota. ¿Os acordáis -no hace tanto de eso- cuando una sesión parlamentaria del Congreso era mucho más soporífera que los documentales de la 2?
Donde antes había personas, ahora hay personajes que, gracias al meme, cada día nos son más cercanos, aunque nos indignen. Y ya todo es meme; Hernán Cortés convertido en misionero samaritano, las ratas en expertas nadadoras, los paquetes de folios en auténticos folios. Por más que nos espante el origen, esa capa de azúcar glas acaba recubriendo el original y, como sucede con los sueños, la vivencia aunque provenga de otro estado de conciencia, acaba formando parte de nuestra memoria emocional.
Y yo, que siempre he pensado que el humor estaba en lo más alto de la escala evolutiva, que era la aristocracia del dolor (al humor se llega por el dolor, del dolor se sale por el humor) empiezo a estar harta de tanto chiste, de esta verbena del desastre, de esa risa que un día fue pura dinamita moral y que hoy es solo anestesia.
De un meme que ha dejado de ser broma para convertirse en metafísica de nuestro tiempo.
Y aquí sigo, casi muerta de risa.



























