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El Mundo
Paloma H. Matellano · 2026-06-22 · via España

A un lado de la verja viven 65.420 personas, y casi el 90% es español. Al otro costado, solo comparte esta nacionalidad el 2,5% de los 37.936 residentes que hay. Al primer lado, uno de cada cuatro habitantes que quiere trabajar no encuentra dónde. Enfrente, solo hay diez parados. Si en un flanco comprarse una casa ronda los 1.588 euros el metro cuadrado (según Idealista), en el otro el precio asciende a unos 8.000 euros (según el portal Properstar). A un lado está La Línea de la Concepción (Cádiz) y al otro, Gibraltar, territorio de ultramar británico. Dos ciudades con muchas conexiones, pero también históricamente diferenciadas socialmente, y separadas físicamente. Esto último, sin embargo, tiene los días contados: la verja será, a partir de este verano, solo un recuerdo, estrechando así los lazos entre ambas poblaciones.

«España y Gibraltar somos los que más tenemos que ganar, los que más teníamos que perder si no salía bien y los que más vamos a conseguir para nuestras respectivas ciudadanías», dice el ministro principal de Gibraltar, Fabian Picardo, en referencia al acuerdo cerrado hace un año y cuya aplicación definitiva está prevista para el próximo 15 de julio, que será cuando la verja desaparezca. Y, con ella, tantos otros elementos que mantenían muy alejadas a las dos poblaciones colindantes.

El pacto viene a solucionar el limbo en que quedó Gibraltar tras la aprobación del Brexit -el territorio de ultramar lo rechazó masivamente, con un 96% de votos en contra-. La salida de Reino Unido de la UE provocó el cierre de la frontera al sur de La Línea para recuperar los controles de entrada y salida, dotando así de nuevo de función a una verja que adquirió su máximo papel cuando Franco ordenó blindarla por completo en junio de 1969, hace ahora 57 años -se reabriría en 1982-. «Cualquier acuerdo, por muy mejorable que sea, es mejor que el no haber tenido un acuerdo», traslada un representante del sector empresarial del Campo de Gibraltar.

Y la opinión es más que compartida entre quienes, a media tarde del viernes, se encuentran en Main Street, la principal arteria de la ciudad británica. En los bares y comercios que se suceden por esta calle es muy frecuente dar con empleados españoles pues, si 15.509 personas cruzan cada día la verja para trabajar -en ambos sentidos-, 10.859 de ellas son nacionales. «Si vienes a las 8.00 horas, pasas con facilidad, pero a partir de las 10 llegan autobuses con turistas y a veces se forman unas colas...», relata una de esas mujeres de La Línea que trabaja en Main Street. Esas «colas» se acabarán el 15 de julio, pues el acuerdo contempla el libre tránsito de personas por la frontera, una solución práctica para solventar un «problema político», en palabras de una voz de los empresarios del territorio de ultramar. Es, quizás, la síntesis del pacto más acorde a lo que sucede en el Peñón.

15.000 personas cruzan cada día la verja por trabajo; 10.000, españolas

A cambio de ese libre tránsito, el territorio de ultramar inicia ahora un proceso de homogeneización económica con España. El primer paso ha sido sacarlo de la lista de paraísos fiscales, a lo que sigue una equiparación fiscal que los empresarios no temen en exceso. Ni siquiera los 18 joyeros que se reparten en solo 400 metros de la Main Street, y cuyos negocios triunfan porque la carga impositiva que pagan es ínfima -una tasa del 3%, frente al IVA español del 21%-. «Vendrán más clientes» por el libre tránsito, se consuela uno de los propietarios. También en el sector del tabaco confían: «Seguirán llegando británicos y alemanes, porque aun así será más barato que allí».

No es lo económico, pues, lo que suscita dudas entre los locales, que ante todo insisten en recibir con los brazos abiertos el acuerdo. Es «inseguridad» la palabra que más repiten. Los propietarios temen la llegada de okupas; los comerciantes, la de ladrones; y la gente, a los carteristas. Cuando Franco cerró la verja, Gibraltar se convirtió en una población «enjaulada». Y eso «produjo también un gran sentido de seguridad, irónicamente», reflexiona Picardo, que relata cómo no había temor a que te robaran el coche: el ladrón no podría salir de los 6,8 kilómetros cuadrados que tiene el territorio de ultramar.

Ante el fin de la verja, los vecinos ponen en valor la libertad que ganarán, pero también trasladan algo de incertidumbre. Picardo, en conversación con un grupo de medios españoles, rememora que se sintió cierto miedo cuando en 1982 se levantó el cerrojazo de la verja: «Porque de pronto esa jaula, cuando se abre, no solo permite que el pájaro vuele, sino también que entren otros pájaros». Ahora, su Gobierno va a reforzar la seguridad, incluso con cámaras de reconocimiento facial en el acceso.

Picardo también tiene prevista la solución al aluvión de solicitudes de residencia que se ha producido tras el acuerdo: limitar este derecho a quienes tengan menos de 55 años y un contrato de trabajo con más de 43.000 euros de sueldo. El objetivo: que los «realmente residentes» disfruten la nueva fluidez que va a haber entre Gibraltar y la zona Schengen, pero «que no vengan personas que simplemente puedan comprar esa fluidez».

Gibraltar deberá homogeneizar sus impuestos y ya no será paraíso fiscal

Quienes se oponen al pacto -Vox lleva la voz cantante- critican precisamente que se conceda a los gibraltareños esa libertad de entrada a España -y a la Unión Europea- en lugar de reivindicar soberanía sobre el territorio. Pero eso, coinciden todas las voces sobre el terreno, es precisamente lo que ha permitido que el acuerdo salga adelante. «Hay algo que es más importante que la política y que 'Gibraltar español', que es la relación de los pueblos que estamos en la línea de Gibraltar, que está por encima de cualquier consideración política», traslada una voz del grupo transfronterizo, compuesto por sindicatos y patronal de ambos lados.

«No se habla de soberanía aquí, [...] es convivencia», apunta sobre el pacto otro miembro de ese grupo, lo que no quita, dice, que «cada parte guarde su postura». Simplemente, el acuerdo es «silencioso» sobre el asunto que desde Madrid y Londres se ve como el elefante en la habitación. Una cuestión, la de la disputa sobre la soberanía, a la que muchos a pie de calle en Gibraltar se sienten ajenos. También los gaditanos que trabajan allí. «Crean un mal rollo que no hay», dice una mujer de La Línea que trabaja en Main Street.

Es una empresa gaditana la que se está encargando de desmontar la verja. En unas semanas, no hará falta bajarse del coche y enseñar el pasaporte para atravesar esa frontera. Sí habrá que cambiar de taxi en ese punto si se quiere ir de La Línea a Gibraltar, y también quedarán los policías sin capacidad de arresto al cruzar la barrera imaginaria. A un lado, se cenará pasadas las nueve de la noche; al otro, las señales de tráfico advertirán de la presencia de monos, no de ciervos. Porque, aun sin verja, todavía quedará allí una brecha peculiar. Todo mientras Gibraltar sigue rellenando con sedimentos su costa para ganar terreno al mar -español-.