





























Antes de meterse en la cama, Concha toma Lexatin. Aunque no siempre le ayuda. "Me calma la primera parte de la noche, pero a las tres o cuatro me despierto". Entonces se queda mirando el techo, pensando en su piso de Aluche -actualmente okupado-, en c�mo le cambiaron la cerradura sin su permiso, en la cantidad de desconocidos que entran y salen a cualquier hora del inmueble, en los meses que llevan intentando recuperarlo... sin �xito. Por las ma�anas, y antes de desayunar, se toma la Sertralina para la ansiedad. Y as�, d�a tras d�a, desde hace meses.
Concha tiene 70 a�os. Su marido tambi�n. �l depende de la Unidad del Dolor desde que una operaci�n fallida de hernia discal le fue restando movilidad poco a poco. Su hija atraviesa problemas laborales. La familia entera est� en un momento delicado, "fr�gil", en boca de la propia Concha, y esto de la okupaci�n no ha hecho m�s que complicarlo todo.
Porque quer�an vender la vivienda y, con ese dinero, mitigar los baches. La propiedad, herencia de su madre, hab�a estado cerca de 15 a�os alquilada a Magali, una mujer ecuatoriana que jam�s hab�a dado un solo disgusto. O eso cre�a Concha. La renta era de apenas 650 euros mensuales, una cantidad siempre mantuvo "intencionalmente baja" porque su inquilina era, a sus ojos, "de fiar".

El piso okupado desde fuera en le distrito de AlucheMar�a Santamar�a
Pero se equivocaba. La inmobiliaria que contrataron para gestionar la venta del piso destap� el enga�o: Magali no pernoctaba en el piso, llevaba a�os viviendo en otro lugar mientras subarrendaba las tres habitaciones de Concha a raz�n de 500 euros cada una. Al mes, se llevaba 1.500 euros de ingresos, lo que le dejaba un beneficio neto de 850 euros... m�s de 120.000 limpios en todo este tiempo. "Viv�a a costa de estos se�ores mayores que no ten�an ni idea", explica la inmobiliaria.
Concha se enfad�, pero acab� perdonando a Magali. No hubo denuncia. No quer�a l�os, solo vender el inmueble. Lo �nico que le pidi� es que desalojara a sus subarrendados... Y aqu� es donde comenz� la pesadilla de la casera: una de ellas, Ayar, de origen marroqu�, se atrincher� junto a su pareja subsahariana. Dijo que no ten�an d�nde ir y que, obviamente, no se iban a quedar en la calle. Tambi�n cambiaron la cerradura y dejaron de contestar a las llamadas de Concha.
Seg�n le han transmitido otros residentes a la inmobiliaria y a la propia casera, temen que se haya convertido en un punto de venta de droga dado el "trasiego constante de personas y las entradas y salidas a horas intempestivas". Para intentar solucionar esta situaci�n han contratado a Rogelio G�mez, presidente de OP2 Servicios, la empresa de mediaci�n que est� intentando recuperar la vivienda.

Concha, reci�n operada de rodilla, en el portal del edificio.Mar�a Santamar�a
A trav�s de su despacho jur�dico han investigado a la joven okupa. "No tiene trabajo, pero no trabaja porque no le da la gana. Adem�s, es una persona conflictiva", explica a este diario G�mez. Desde entonces, los usurpadores han intentado incluso poner a su nombre los contratos de luz y agua del piso, un movimiento cl�sico para dificultar el desalojo y acreditar una falsa antig�edad.
Concha ya ha aceptado que tendr� que vender su piso por bastante menos dinero del que en un momento pensaba. Esta septuagenaria evoca que tambi�n entreg� un dinero a Magali para realizar una reforma integral dentro de la vivienda que nunca lleg� a hacerse. El marido de �sta era alba�il y �l se iba a encargar de llevarla a cabo. As� se ahorraban la mano de obra... Pero no fue m�s que una farsa para aprovecharse de la buena fe de una persona mayor.
Cuando la inmobiliaria calcul� el valor del piso, estimaron que lo podr�a vender por 290.000 euros aproximadamente. Ahora, y dado su deficiente estado actual, rondar� los 260.000 euros.
Pero eso ya le da igual, s�lo quiere que termine "esta pesadilla" para centrarse en ayudar a su marido, y sus dolores, y los problemas financieros que atraviesa su hija. Y, mientras eso llega, seguir� despert�ndose a las cuatro de la madrugada mirando el techo, anhelando su tranquilidad "robada".
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