Cr�nica del juicio
El ex ministro tuvo m�s aplomo que los otros dos acusados, era un hombre enfrentado a su destino, tratando de surfear la ola negra de su biograf�a

Jos� Luis �balos, este lunes, durante su declaraci�n en el Tribunal Supremo.
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Supongo que podr�a haber sido amigo de Jos� Luis �balos. No s�. Entre los hombres se produce una camarader�a instant�nea denostada en los �ltimos tiempos. Es una versi�n masculina de la sororidad, para que lo entiendan las te�ricas. No se trata de la fascinaci�n por la distribuci�n de los tent�culos de su poder en los cat�logos de mujeres -la prostituci�n es un vicio obsoleto- sino por la manera en que parece afrontar los problemas buenos y los problemas malos. Tener novia era un problema bueno. Ser juzgado por el Tribunal Supremo es un problema malo. Desde lejos, a cuatro banquillos de distancia, �balos resulta un tipo que cuenta bien las an�cdotas, con cintura para afrontar lo que los mayores llaman vivir. Entre hombres suele ser suficiente. Sobre todo los que no presidimos la Sala Segunda del Tribunal Supremo escuchamos y no juzgamos. Por la nuca reluc�a la importancia que le hab�a dado al d�a: el peluquero hab�a perfilado su cuello al mil�metro.
Al escuchar a �balos, un hombre criado en este milenio puede concluir que hay mejores maneras de afrontar la vida. La Generaci�n �balos va sobrada de confianza. El sistema cumpli� su parte del pacto y se nota. �balos tuvo m�s aplomo que los otros dos acusados, era un hombre enfrentado a su destino, tratando de surfear la ola negra de su biograf�a. Diluy� la declaraci�n de Aldama con la primera frase. Al contrario del conseguidor, no le sorprend�a nada la presencia de la selecci�n socialista mundial. Dijo tener sensibilidad con Latinoam�rica, aunque no aclar� cu�l. Las relaciones extramatrimoniales van y vienen como si fuese lo m�s natural del mundo. Y los ordenadores resultan un asunto distante, cosas de chavales, sobre todo si son port�tiles y mantienen al trabajador unido a la empresa fuera del horario, como dec�a que le ocurr�a a J�sica. La pareja no hablaba demasiado de aquel no-trabajo porque, francamente, hab�a cosas m�s interesantes que hacer.
Declar� con voz tronante. Sonaba a Hotel Savoy. Pero qu� hermosas eran es una canci�n de Joaqu�n Sabina que podr�a haber escrito �balos. Describe la vida y muerte de un pu�ado de matrimonios. J�sica fue la mejor de todas. Gracias a ella puso nombre a la cara de idiota que se le queda a los hombres en estos casos: ghosting. A un boomer le pasan cosas de toda la vida con otro naming. Aquel proyecto en com�n qued� varado en el limbo de las circunstancias: estaba casado. J�sica le rompi� el coraz�n y la coartada: "No pas� ninguna noche en el piso de plaza de Espa�a".
Todo el mundo pudo ver que no hab�a perdido el toque cuando sali� al receso haciendo re�r a la oficial. Sobre el menudeo de inmuebles en Madrid y su falta proverbial de dinero, alg�n amigo deber�a hablarle como un padre. Decirle ya basta al maestro de los sinverg�enzas. Con cari�o.




















