El �ltimo esca�o

Pedro S�nchezEFE
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La confesi�n del delito por parte de Pujol en 2014 tuvo una lectura primaria de entusiasmo en Madrid y de preocupaci�n en Barcelona: la ca�da del padre de la Catalu�a nacionalista moderna iba a significar la inevitable muerte del proc�s. Hoy todos sabemos que no fue as�. Aunque la verdadera preocupaci�n -no confesada- entre las elites espa�olas fue que su inesperada inmolaci�n p�blica y probable condena tuvieran un efecto de arrastre de fatales consecuencias sist�micas, ya que Pujol hab�a sido una pieza fundamental en la Transici�n y el posterior desarrollo de un modelo auton�mico que acumula luces democr�ticas y sombras de corrupci�n. Para el PP y el PSOE, con los pactos de CiU con Gonz�lez y Aznar, para La Zarzuela y la gran empresa, Pujol era uno de los suyos, una �til pieza de �consenso�. De ah� que muchas de las decisiones judiciales y movimientos pol�ticos en estos doce a�os han ido dirigidas a conseguir su exoneraci�n y evitar que declarara en el tribunal.
De la importancia de la utilidad en pol�tica, como un valor de transacci�n y supervivencia -como la de Pujol-, saben mucho el nacionalismo vasco y catal�n. Sus apoyos intermitentes a los presidentes de Espa�a se han basado en ese principio de utilidad que les ha permitido arrancar concesiones y conservar privilegios. De hecho, cuando Gonz�lez, Aznar, Zapatero o Rajoy dejaron de ser �tiles al PNV y CiU les dejaron caer de una manera m�s o menos evidente. Un fatal destino que es inherente a todo aquel presidente que entrega su suerte a los nacionalistas, como es el caso de S�nchez.
Las advertencias que le est�n lanzando en las �ltimas semanas Junts y el PNV, se�alando su soledad parlamentaria y el colapso de un proyecto que exige elecciones, indican que S�nchez ya no les resulta �til, incluso que se ha transformado en un elemento t�xico debido a la corrupci�n.
En este contexto de desconfianza, si los nacionalistas vascos y catalanes mantienen artificialmente a S�nchez en La Moncloa se debe a que consideran que ser�a a�n m�s da�ino electoralmente para ellos aparecer como los propiciadores de un gobierno de la derecha espa�ola.
Pero al margen de los c�lculos y c�balas de Vitoria y Barcelona, la verdadera amenaza existencial para S�nchez -y para cualquier l�der- pasa por la p�rdida de confianza de los suyos, que la duda sobre su utilidad penetre en el PSOE y se extienda de tal manera que haya quien se ponga a pensar en posibles sustitutos que eviten una debacle electoral. Este sentimiento de desapego emergi� brevemente y matizado en las filas socialistas cuando S�nchez escribi� la carta de defensa de su mujer y se enclaustr� para aparentar que sopesaba renunciar a su puesto.
Si bien la ruptura sentimental de una parte de los cuadros del PSOE con un S�nchez cada vez m�s bunkerizado en La Moncloa se dio de manera definitiva por la corrupci�n de �balos-Koldo-Cerd�n, ante el riesgo de que el esc�ndalo del sanchismo arrastre a alcaldes y l�deres locales, y por el hundimiento en Arag�n y Extremadura.
Desde entonces, cada vez hay m�s cargos territoriales que ven en S�nchez una amenaza letal para sus aspiraciones en las municipales y, l�gicamente, desear�an tenerlo bien lejos. Es a�n una incipiente ola de desafecto y dudas sobre la figura de S�nchez entre cuadros socialistas pero que, seguramente, crecer� si el partido recibe un severo correctivo en Andaluc�a. Unas elecciones que ser�n decisivas tambi�n en la percepci�n que haya en el PSOE respecto a la utilidad de su secretario general.

























