




























En enero de 2025, durante la reunión de archienemigos y sin embargo vecinos de Silicon Valley propiciada por la segunda investidura de Donald Trump, hubo un magnate que permaneció fuera de foco. Fue Alex Karp. La melena de tirabuzones grises del CEO de Palantir Technologies, que siempre parece erizada como si su dueño acabase de tocar una lámpara de plasma o fuera a protagonizar un cameo en Regreso al futuro IV -por supuesto, como becario de Doc Brown-, no se dejó ver la noche que Elon Musk (Tesla), Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Meta), Sundar Pichai (Google) y Tim Cook (Apple) coincidieron en el Capitolio para arropar artúricamente al presidente de Estados Unidos. Hoy todavía existen dudas de su presencia en el acto.
Karp es un personaje atípico en el sector, y no sólo porque haya estudiado a los autores de la Escuela de Fráncfort o evite usar el smartphone. Suele preferir la discreción del segundo o incluso tercer plano al escrutinio de las cámaras y los micrófonos. Su empresa, a diferencia de las de otros colegas mucho más populares, no se dedica a fabricar dispositivos orientados al gran consumo ni a diseñar apps para la industria del entretenimiento. Tampoco se caracteriza por hablar públicamente de sus contratos. Palantir es un gigante del software especializado en el análisis de datos y en la creación de herramientas de vigilancia con inteligencia artificial. Trabaja con agencias de espionaje, cuerpos de seguridad y ejércitos de unos cuantos países. Entre sus clientes están el Departamento de Policía de Nueva York, la CIA, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) y el Ministerio de Defensa israelí. Está considerada por sus detractores como la multinacional más opaca de la Bahía de San Francisco. Y, desde el pasado sábado, es la artífice de la última gran conmoción en torno al papel del Big Tech en el mundo que viene.
Ese día, la compañía publicó en su perfil en la red social X un manifiesto filosófico con apariencia de comunicado corporativo en el que exponía su provocador ideario y urgía a instaurar en EEUU una forma de gobierno que definía como república tecnológica. El documento en cuestión consta de 22 puntos. En ellos, Karp y su brazo derecho, el asesor legal Nicholas W. Zaminska, reclaman un cambio de rumbo absolutamente radical del conglomerado tecnológico para ponerlo al servicio de la maquinaria militar. De facto, proponen la integración de Silicon Valley y el Pentágono poco menos que en una autocracia tecnocorporativa. ¿Para qué? Para aplicar, por las bravas, un electroshock al poder duro estadounidense y lograr así una ventaja competitiva determinante frente a un bloque que ha pasado en un suspiro de aliado a antagonista por su empeño en la regulación (Unión Europea) y, sobre todo, frente a una superpotencia rival burocráticamente ágil y políticamente decidida al sorpasso (China).
El manifiesto es una síntesis tuitera de lo expuesto en el ensayo La república tecnológica: poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente (Ed. Tenos), coescrito por Karp y Zaminska, publicado a finales de 2025 y encaramado desde entonces a la lista de superventas de The New York Times. Cinco grandes ideas atruenan en el documento como martillazos en un gong. Una: la superélite compuesta por ingenieros, desarrolladores y emprendedores tiene la obligación moral de participar en la defensa de la nación y dejar de hacer crecer la cultura de la complacencia. Dos: los remilgos pacifistas heredados de la Segunda Guerra Militar deben quedar definitivamente atrás mediante la recuperación del servicio militar obligatorio universal y el rearme de Alemania y Japón, actores clave en el escenario geopolítico contemporáneo. Tres: la aceleración de las capacidades propias y la expansión hacia nuevos mercados militares debe realizarse sin incurrir en "debates teatrales" sobre ética o seguridad. Cuatro: la era atómica de la disuasión está dando sus últimas bocanadas y el equilibrio global en el nuevo campo de batalla remitirá a la militarización del software... y al desarrollo de armamento autónomo. Y cinco: pese a sus tropiezos, el Occidente libre sigue representando un modelo singularmente histórico de éxito que hay que defender a hierro.
Resumiendo mucho: el pensamiento débil, la renuncia al liderazgo global y la pérdida de ambición tecnológica representan una amenaza existencial para la posición hegemónica de Washington. El futuro, insiste Palantir, no se decidirá en el ámbito naíf de las redes sociales, los jueguecitos para el móvil y el entorno startupero en el que se bebe té matcha, sino en el frente estratégico en el que confluyen los arsenales dotados con IA y la expresión más descarnada del poder. Un posicionamiento que cabe interpretar como la extensión definitiva del credo trumpista: Make America Great Again... No Matter What (Hagamos que América vuelva a ser grande... cueste lo que cueste).
Lógicamente, semejante declaración de intenciones -algo así como la versión online de las tesis que Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg en el siglo XVI para desencadenar la Reforma protestante- ha suscitado el interés planetario. Acumula 27 millones de visualizaciones desde su posteo y está dejando un alud de críticas a un lado y al otro del espectro ideológico: desde el neoimperialismo de Dugin, el ideólogo casero de Putin, al antitecnofeudalismo de Varoufakis, el látigo de la ultraizquierda global.
"El libro de Karp y Zamiska era un ensayo de crítica cultural, severo y unilateral, pero reconociblemente argumentativo. El manifiesto, por su parte, es una profesión de fe y su contenido es gravísimo. Una empresa privada que vende software a los ministerios de Defensa de medio Occidente está pidiendo públicamente la revisión del orden de Yalta y el desmantelamiento de 80 años de arquitectura internacional. Y lo hace con formato de catecismo", contextualiza el filósofo italiano Andrea Colamedici, que señala precisamente al desarrollo militar en secreto de la IA en Pensar con prompts (Ed. Rosamerón).
"Presenta una visión evangelista, en el sentido de que su promotor es de esos individuos que conocen la buena nueva y siente el impulso de transmitirla por escrito", se alinea Félix Arteaga, investigador principal de Seguridad y Defensa del Real Instituto Elcano. "A mí lo que me preocupa es el elemento de coherencia que hay en este planteamiento", calibra el pendulazo que supondría pasar de un enfoque organizativo sólo político (whole-of-government approach) a otro político-socio-empresarial-militar (whole-of-society approach). "El pasado mes de marzo se publicó la estrategia de ciberseguridad de EEUU, que dice claramente que la innovación tecnológica no puede estar constreñida por restricciones morales o códigos de conducta. ¿Qué va a pasar entonces con Europa? ¿Va a ser la única que ponga límites? Porque si es así, no va a poder competir nunca con quien no los tenga. Lo otro que me preocupa es que a este salto tecnológico se le atribuye un destino final: hacerse con un poder total".
La respuesta de la Agencia Europea de Defensa a este periódico 48 horas después de la publicación del manifiesto de Palantir ha sido tan tajante como elocuente: "No haremos comentarios sobre ese documento".
Los cimientos de la pretendida república tecnológica merecen ser vistos al microscopio. Karp cofundó Palantir con un antiguo compañero de la facultad de Derecho de la Universidad de Stanford. Aquel estudiante no era ningún mindundi, sino el mismísimo Peter Thiel. Para quienes no lo conozcan: el inversor alemán mitad Midas-mitad Moisés que fue socio de Elon Musk en PayPal, lidera el movimiento tecnolibertario norteamericano y pone letra a la música de Trump desde antes de su regreso a la Casa Blanca. El mismo hombre de negocios que en 2009 escribió: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles". Y también el vocero, junto al pensador británico Nick Land, de una corriente reaccionaria -la Ilustración oscura- que defiende el individualismo radical y sostiene que las sociedades deberían funcionar como megacorporaciones: dirigidas por tecnócratas, sin interferencias electorales y lejos del control gubernamental. O como ciudades flotantes en alta mar, que por algo encarnan uno de los sueños húmedos de Thiel.
Karp ha pasado de mostrar su apoyo al ticket Biden-Harris a convertirse en el cerebro en la sombra de la infraestructura digital de vigilancia de la Administración Trump, a la que provee con herramientas que recopilan datos biométricos y chequean registros médicos para identificar, detener y expulsar inmigrantes. Todo mientras se disparaba la cotización de Palantir en Wall Street, él volaba hacia de la estratosfera de los megarricos (6.800 millones de dólares en 2024) y se presentaba en Davos y otros foros como un espécimen insólito de gurú: un tecnonacionalista que habla con lengua de lija.
"En una carta de febrero a sus inversores, citó a Samuel Huntington, el difunto politólogo autor de El choque de civilizaciones: 'El ascenso de Occidente no fue posible por la superioridad de sus ideas, valores o religión... sino por su superioridad en la aplicación de la violencia organizada'. Y añadía: 'Los occidentales suelen olvidar este hecho; los no occidentales, jamás'", recordaba Nikhil Kumar, editor ejecutivo de la revista Time, en el perfil que escribió de Karp hace un año, cuando fue incluido entre las 100 personas más influyentes del año. Pasó de ser donante de Biden a cómplice de Trump. ¿Por qué?, tituló Michelle Goldberg su retrato para The New York Times.

"Desde hace años, Palantir intenta construir un discurso militarista-patriótico que le sirva para diferenciarse en Silicon Valley. No es algo meramente oportunista por la llegada de Trump. Thiel ha defendido estas ideas desde hace tiempo, incluso cuando eran muy impopulares en Silicon Valley. Lo irónico ahora es que buena parte del mundo tecnológico americano, debido a los cambios políticos, se está acercando al discurso de Palantir", observa Javier Borràs, investigador del think tankCIDOB especializado en el impacto de las tecnologías emergentes en la democracia y el pulso geopolítico.
Borràs detecta que en la motivación de Karp/Thiel para inyectar palantirina en el corazón del entramado federal de Estados Unidos y, en concreto, en el torrente sanguíneo que fluye hacia las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia, no sólo hay una convicción ideológica real. "También es importante recordar que Palantir tiene un modelo de negocio fuertemente vinculado al ámbito militar y a los contratos públicos de Defensa, así que jalear estas posturas les beneficia económicamente. En la era personalista de Trump, tener un discurso ensalzador de EEUU, contra el wokismo y crítico con el pluralismo puede ayudarte a conseguir aliados importantes dentro del gobierno".
La Constitución de la república tecnológica de Palantir se ha convertido en un asunto viral apenas unas semanas después de que Dario Amodei, el CEO de Anthropic, otro coloso con pies de IA, publicara su propia declaración con tono entre autoexculpatorio y prospectivo. En su caso, a propósito de su contrato con el Departamento de Guerra y el uso restringido de Claude en misiones críticas. En su caso también, como alegato de los valores democráticos y no como salpicadura corrosiva a los mismos.
Porque ésa es la otra guerra que subyace en el posicionamiento retador, casi agresivo, de Palantir: la que tiene que ver con la transferencia de fondos públicos al desarrollo de tecnología bélica, la incorporación de la hipervigilancia y otras funcionalidades predictivas dopadas con algoritmos al catálogo de policías o ejércitos y la irrupción de agentes privados en escenarios internacionales de conflicto. Ya sea el bombardeo de Gaza o la extracción de Maduro de Venezuela. Un horizonte en el que la separación entre el Estado y las plataformas tecnológicas se diluyen. En el que el sistema liberal sustentado en reglas comunes se fragmenta. Y en el que empresas como la de Karp/Thiel son vistas como trasuntos muy reales de la organización Spectra a la que planta cara James Bond.

Alex Karp, director ejecutivo de Palantir Technologies, en el Foro Económico Mundial el pasado mes de enero en Davos.MARKUS SCHREIBERAP
«Lo que más me inquieta es que los tecnolibertarios, con miles de millones de dólares de respaldo financiero, tienden a extremar sus ideas. Creen que la fuerza hace el derecho y que sentimientos como la compasión y acciones como la ayuda mutua sólo debilitan al organismo colectivo. Si se permitiera que sus programas funcionaran sin control, terminaríamos sumidos en un autoritarismo total o, directamente, en la extinción», apuntala Douglas Rushkoff, profesor en The City University of New York (CUNY), anfitrión del pódcast Team Human y una de las voces escuchadas con más atención por los gurús de Palo Alto. Hasta el punto de que algunos de ellos lo contrataron en secreto como asesor en la chiripitifláutica aventura que cuenta en La supervivencia de los más ricos (Capitán Swing, 2023).
«Cuando los superricos se dan cuenta de que su civilización está a punto de colapsar, les parece lógico construir un aparato de vigilancia y predicción, unido al control de masas tanto psicológico como militar. Creen que necesitarán vivir en enclaves lujosos, fortificados contra un escenario caótico y descontrolado. Esto requiere vigilancia, IA, medidas preventivas y buena propaganda», abunda Rushkoff en la idea del búnker cincoestrellas que denunciaba en su ensayo.
"El manifiesto no me recordó para nada a las tesis de Lutero. Más bien es un compendio aleatorio de pensamientos -en su mayoría inconexos- y de ataques a enemigos ficticios. He de decir que alguno de los argumentos, por ejemplo, el de que los técnicos tienen la obligación de participar en la defensa, es algo que he planteado públicamente en varias ocasiones. Pero otros epígrafes parecen meras críticas superficiales en el contexto de las guerras culturales".
Stuart J. Russell es profesor de Ciencias de la Computación en la Universidad de California en Berkeley y uno de los firmantes de la carta remitida a la ONU en 2017 que pedía la no proliferación de armas autónomas letales. Hace una década, cuando los drones asesinos estaban empezando a despegar del suelo, ya ponía sobre aviso. Hoy vuelve a hacerlo, consciente de que a la agenda política se añade el business.
"¿Por qué tomar en serio a un director ejecutivo de una empresa de IA militar que afirma que más países deberían invertir más dinero en IA militar? Tomemos como referencia el punto 5: 'La cuestión no es si se fabricarán armas con IA, sino quién las construirá y con qué propósito'. Este es un argumento general e inválido contra el control de armas de cualquier tipo. Imagínese decir: 'La cuestión no es si se construirán armas biológicas, sino quién las construirá y con qué propósito'. ¿Acaso afirmar esto confirma que las armas biológicas son una buena idea? ¿Fue el argumento de Kissinger de que las armas biológicas serían baratas y de fácil proliferación, reduciendo así la seguridad de Estados Unidos, meramente teatral? ¿Acaso Karp desea vivir en un mundo donde muchos países y actores no estatales posean armas biológicas?", cuestiona Russell.
Y remacha: "Desestimar las objeciones a las armas autónomas letales como teatrales también es absurdo. Por un lado, porque China ha exigido restricciones jurídicamente vinculantes a las armas autónomas letales. Por otro, porque el principal problema de éstas es el mismo que el de las armas biológicas: serán armas de destrucción masiva baratas y de fácil proliferación. Hay una razón por la que no vendemos armas nucleares en los supermercados. No es teatral, es sentido común".
Guillermo R. Simari es doctor en Ciencias por la Universidad de Washington y Catedrático de Inteligencia Artificial y Lógica Computacional en la Universidad Nacional del Sur de Bahía Blanca (Argentina). En 2015 organizó en Buenos Aires la Conferencia Internacional de Inteligencia Artificial (IJCAI), el congreso más importante sobre la materia. Allí se presentó una primera carta dirigida a Naciones Unidas en la que alertaba del riesgo de que estallara una "tercera revolución bélica" protagonizada por las armas autónomas.
"Los desarrollos recientes no hacen más que confirmar las advertencias que contenía la carta. El uso de la IA en la selección de blancos es solo un ejemplo de lo que está pasando y los errores parecen estar multiplicándose", reconoce Simari como si mirase con el rabillo del ojo los resultados de herramientas de Palantir como ImmigrationOS, ELITE o Gotham. "La situación actual no alienta la esperanza. Cuando algo puede dar una ventaja estratégica en un episodio bélico, o simplemente socialmente conflictivo, los actores que toman decisiones recurren a todo lo que se puede utilizar. Mire lo que sucede tanto en el campo de batalla como en la represión social que está comenzando a percibirse globalmente. Lo peor de los grandes modelos de lenguaje (LLM) no es lo que la gente cree. Son totalmente inadecuados en muchas de sus aplicaciones y cometen infinidad de errores incomprensibles e impredecibles, lo que los vuelve aún más peligrosos. El mantra de las corporaciones es maximizar las ganancias en el balance anual, y esto no representa en ningún aspecto algo que pueda brindar esperanza de una aplicación prudente de las herramientas de IA".
Palantir debe su nombre a las piedras de color negro, esféricas y pulidas que aparecen en El Silmarillion y El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien. Dichas rocas permitían a su poseedor contemplar en modo incógnito escenas que sucedían en lugares lejanos o tiempos remotos. Con la república tecnológica, Karp pretende ir más allá.
Pues eso: veremos.
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