
























Hoy, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tomará juramento a Kevin Warsh como nuevo presidente de la Reserva Federal en una ceremonia en la Casa Blanca. Aunque el precedente más cercano se remonta a 1987, no es algo inédito, pero sí cargado de simbolismo después de que Trump haya protagonizado la mayor campaña de presión y acoso en la historia de la institución para intentar, en vano, forzar la salida de Jerome Powell.
Warsh, de 56 años, se convertirá en el undécimo presidente de la Reserva Federal y en la persona más rica que jamás haya ocupado el cargo. También es quien llega más señalado y cuestionado, no por sus credenciales, sino por el temor a que sea "una marioneta" del presidente, que dejó muy claro antes de decantarse por él que cualquier aspirante a dirigir el banco central tenía que estar firmemente convencido de la necesidad —casi de la obligación— de bajar los tipos de interés lo antes posible.
En otro momento, Warsh, que fue gobernador de la institución entre 2006 y 2011, podría haber sido una elección clásica, nada transgresora. Un republicano de manual, con experiencia, muchos contactos en los mercados y la política, y con ideas más bien ortodoxas sobre la necesidad de controlar el gasto y aplicar políticas monetarias y fiscales restrictivas. Al menos sobre el papel. Lleva décadas moviéndose entre el establishment financiero, el Congreso y los círculos de poder de Nueva York, dando charlas, discursos y entrevistas, y fue una de las opciones que Trump ya barajó en 2017.
Se curtió en Morgan Stanley, de la mano de Stanley Druckenmiller, uno de los grandes inversores de esta era. Un perfil formalmente impecable, pero que ha sido incapaz de disipar las dudas sobre hasta dónde llegará su independencia, su integridad y su capacidad de resistencia frente a Trump. Que durante su última audiencia en el Senado Warsh fuera incapaz de responder claramente a la pregunta de quién ganó las elecciones de 2020 —el test definitivo estos días en la política estadounidense— resulta revelador.
Warsh fue asesor económico de George W. Bush y entró muy joven en la Reserva Federal. Allí se labró fama de operador político, más cómodo en las negociaciones y los despachos que en los grandes debates académicos, aunque desde su salida lo que más ha hecho es precisamente participar en esas discusiones. En el entorno del presidente creen que Warsh combina varias virtudes clave: pedigree ideológico, experiencia en la institución y una visión claramente favorable a la desregulación financiera. Además, para sorpresa de muchos, ahora parece estar completamente convencido de la necesidad de bajar los tipos de interés, a pesar de una situación económica que lo hace prácticamente imposible, con una inflación que en el último dato alcanzó el 3,8 %.
Warsh, que al igual que Powell no es economista sino abogado, se ha caracterizado durante su carrera por ser un halcón: alguien más preocupado por que los estímulos del banco central puedan desencadenar un ciclo inflacionario que por las consecuencias de no hacer nada, incluso en momentos tan dramáticos como la crisis financiera de 2008. En Washington también recuerdan que, tras dejar la Fed, pasó años criticando al banco central por mantener políticas demasiado expansivas, solo para modular después sus posiciones en función del clima político dentro del trumpismo, algo que recuerda al mandato de uno de sus predecesores, Arthur Burns, plegándose a los deseos de Richard Nixon.
Warsh llega con una agenda reformista, casi revolucionaria —aunque él insiste en que es justo lo contrario: una agenda para devolver a la institución a lo que una vez fue— en la que los tipos de interés son lo más visible e importante, pero no lo único, teniendo en cuenta además que las decisiones se toman por votación y mayoría. También quiere cambiar la posición de la Fed sobre las criptomonedas, reducir su enorme balance —siete veces superior al nivel que tenía en 2007— y modificar la política de comunicación, reduciendo el número de intervenciones públicas y comparecencias. Y reescribir los acuerdos con el Tesoro que, a mediados del siglo pasado, dieron a la institución la independencia actual.
Su primer desafío será ganarse la confianza de sus colegas. El presidente es la cara principal de la institución, dirige al personal y establece la agenda en cada reunión del Comité Federal de Mercado Abierto, pero solo tiene uno de los doce votos. Warsh cree que la Fed lleva años equivocada con modelos que sostienen que un crecimiento fuerte y un mayor empleo, con más presión salarial, son inevitablemente inflacionistas. Para él, como para las escuelas liberales, la inflación es sobre todo producto del gasto público excesivo y de las expansiones del balance de la Fed, no del crecimiento de los ingresos. Igualmente, su tesis de que la inteligencia artificial y la reducción del balance de la Fed serán suficientes para controlar la inflación y permitirán bajar los tipos no tiene muchos partidarios dentro de la institución.
Para ejercer un verdadero poder y dejar huella, no solo tendrá que plantar cara a la Casa Blanca, sino también ganarse el respeto y formar mayorías, algo complicado tras sus críticas constantes durante estos años y expresiones como la necesidad de un "cambio de régimen". Tiene ideas, una hoja de ruta y mandato. Queda por ver si tendrá también la personalidad necesaria.
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