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En un giro diplomático crucial tras más de un mes de hostilidades que han puesto en jaque la estabilidad global, el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, ha partido este viernes desde la Base Conjunta Andrews con destino a Pakistán. Su objetivo es encabezar la delegación estadounidense en las conversaciones de paz con Irán, buscando lo que él mismo ha calificado como un resultado "positivo" para poner fin a la crisis armada.
Este acercamiento se produce en el marco de una tregua de dos semanas acordada entre Washington y Teherán, tras más de cinco semanas de una guerra que ha incluido intensos bombardeos aéreos y ataques a infraestructuras petroleras estratégicas que dispararon el precio del crudo. Vance ha enviado un mensaje dual antes de su despegue: por un lado, aseguró que Estados Unidos está dispuesto a "extender la mano abierta" si el gobierno iraní negocia de buena fe; por otro, advirtió con firmeza que su equipo no será "tan receptivo" si perciben que los iraníes intentan "jugárnosla" durante las sesiones.
A pesar del optimismo inicial, las posturas públicas de ambas potencias siguen siendo profundamente divergentes. Los puntos de fricción que amenazan el éxito de la cumbre son de gran calado estratégico. Estados Unidos exige que Irán renuncie a sus reservas de uranio altamente enriquecido, mientras que el objetivo principal de Teherán es prevenir futuros ataques de las fuerzas estadounidenses e israelíes en su territorio.
Además, el control de facto de Irán sobre el estratégico estrecho de Ormuz, cuya parálisis ha sido un factor determinante en la escalada económica del conflicto, se mantiene como uno de los mayores obstáculos en la mesa de negociación. Con la economía mundial pendiente de un hilo y tras semanas de violencia en el Golfo, estas conversaciones representan la esperanza más firme, aunque frágil, de alcanzar una desescalada permanente.



























