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Cómo salvar un Mundial contra natura
Iñako Díaz-Guerra · 2026-06-10 · via Donald Trump

Actualizado

De España 82 sólo recuerdo a Naranjito y a su enemigo, Zruspa, que me hizo desconfiar de por vida de los calvos con bigote, excepto de Antonio Resines. A partir de México 86 ya me lo sé todo. No sólo Maradona, Romario, Zidane, Ronaldo e Iniesta de mi vida, también Roger Milla, Schillaci, Letchkov y Al-Deayea. El cabezazo de Omam-Biyik para tumbar a Argentina en el inaugural del 90, tan presente como el de Puyol a Alemania. No eran torneos, eran ritos de paso que fusionaban para siempre Querétaro con ver el fútbol con tu padre, el codazo de Tassotti con aquella fiesta en la piscina o el golazo de Ronaldinho a Inglaterra con esa crónica que escribiste sin pasar por casa a dormir. Nuestra vida se medía en Mundiales. Ya no. Y no es que nosotros nos hagamos mayores, es que ellos se hacen peores.

Cuando pensábamos que un Mundial en invierno era una sima de profundidad insuperable, llega éste monstruo de 48 equipos que fulmina la ilusión y la emoción hasta bien avanzada la fase de grupos. La avaricia matará al fútbol, pero hará millonarios a unos cuantos antes. Qatar 2022 lo salvó la gente, los aficionados de cada país que dieron realismo a un escenario de cartón piedra, pero es mucho más fácil iluminar un pisito que una mansión. Esta vez, el escenario es tan gigantesco y hay tanto partido morralla que no hay hinchada escocesa que lo llene todo. Se disputa en tres países de los que sólo uno ama de verdad el fútbol y únicamente 13 de los 104 partidos se disputarán allí, el mejor de ellos un encuentro de octavos de final en el Azteca del Diego y Calamaro. Sí, ahí acaba el Mundial en México.

Lo gordo irá a un país, Estados Unidos, que en los amistosos previos ha acumulado ridículos tragicómicos, desde ponerle a Argentina una cumbia en lugar del himno en Texas al estupor de los jugadores de Senegal al ver que el balón no botaba en Charlotte pasando por la alineación inglesa que alguien perpetró en el videomarcador de Tampa con un frente de ataque, cuando menos, sorprendente en los Three Lions: Djed Bellingham, Jarrell Rashford y Ollie Kane. No puedo esperar al primer once de Corea del Sur. El torneo saldrá bien, no me malinterpreten, organizar shows saben. Sin embargo, no hay dinero que compre pasión y alma. Será un Mundial emocionalmente hueco.

Y, en lo deportivo, el aumento de selecciones es una aberración. Un aficionado al fútbol de nivel alto, uno que vea partidos de diferentes ligas todas las semanas, no reconocería a dos jugadores de varias selecciones de este Mundial si coincidiera con la expedición al completo en un ascensor (uno muy grande, sí, pero permítanme la licencia). Haití, Curaçao, Cabo Verde... No es serio. Y no lo es porque la FIFA, con ese argumento maniqueo, torticero y, por encima de todo, falso de "democratizar el fútbol" lo único que está haciendo es exprimirlo hasta asfixiarlo. Democratizar los Mundiales es llevar de una vez un campeonato al África subsahariana, no hacer tragar a la fuerza al planeta entero un Uzbekistán-República Democrática del Congo jugado en Atlanta. Nadie contó al Infantino niño, si es que no nació encorbatado, la fábula de la gallina de los huevos de oro. O sí y le da igual porque, cuando todo explote, él ya estará bebiendo mojitos en la playa.

Antes, cada partido de un Mundial era un evento imperdible. En este hay mucho encuentro de relleno que será sustituido por una serie, una copa o el sueño. La necesidad de no perderte nada, eso que los chavales ahora llaman FOMO, nos llevó a disfrutar en masa de los cinco goles de Salenko o de la caída en desgracia de Higuita. Ver todos los partidos ha pasado de darse por hecho a ser un reto de sujétame el cubata. Es un Mundial, y van ya varios, abocado a caer en el batiburrillo de la memoria, donde mezclaremos fogonazos, incapaces de recordar sin la ayuda de Google si sucedió en Canadá, en Qatar o en Rusia.

A no ser que...

A no ser que Messi, liberado de la sombra del Maradona mundial, decida cerrar cualquier debate, ya no futbolístico sino mitológico. A no ser que Portugal se quite al fin la melancolía y regale a Cristiano la redención (innecesaria, pero acechante) que logró Leo en Qatar. A no ser que Tuchel se convierta en héroe inesperado y sitúe, al fin, a Inglaterra a la altura de la imagen que sólo ellos tienen de sí mismos, pese a una convocatoria hecha más para provocar que para ganar. A no ser que Ancelotti vuelva a ordenar el desorden con la vieja fórmula del carisma, ese que hace que hasta el más egoísta muera por ti. A no ser que Mbappé fulmine su leyenda negra siendo, por primera vez, el mejor de su equipo en un gran título. A no ser que gane España, favorita de verdad, para los demás y no sólo para nosotros como en aquellos Mundiales que soñamos tan fuerte que la hostia aún duele. A no ser que Curaçao nos cierre la boca.

A no ser que, en definitiva, el fútbol nos salve. Como siempre lo ha hecho.