




















Pablo Scarpellini Los Ángeles
Actualizado
Cinco semanas después de su inicio, parece una evidencia que la guerra en Irán se le está saliendo de las manos a Donald Trump, tanto en Oriente Próximo como en casa. La dimisión forzada el jueves por la tarde del jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Randy George, ahonda aún más la crisis de confianza en su Gobierno que ni siquiera su discurso triunfalista y televisado a la nación del miércoles alcanza a mitigar. El panorama es, cuando menos, desalentador: la gasolina por las nubes, con fantasmas de recesión acechando en el horizonte, las encuestas señalando un rechazo frontal a un conflicto que muchos estadounidenses no alcanzan a entender; y una retahíla de despidos en su gabinete que confirman una política errática y plagada de contradicciones en muchos frentes.
Empezando por Irán, donde los giros han sido cuantiosos. Trump ha pasado de alinearse sin fisuras con Israel para intentar un cambio de régimen en el Irán de los ayatolás, a señalar que su única misión en la región era acabar con la amenaza nuclear, desentendiéndose después del cierre del Estrecho de Ormuz, por donde circulaban los petroleros con normalidad hasta el mes de febrero. El mandatario ha pedido a otros países que asuman la responsabilidad de volver a abrirlo, pese al enorme riesgo que supondría una operación militar semejante. Dice, por un lado, que la capacidad castrense de los iraníes ha quedado totalmente mermada, y por otro anuncia ataques masivos en las próximas dos o tres semanas para devolver al régimen "a la Edad de Piedra donde pertenecen".
La salida de George pone de manifiesto las crecientes tensiones que se han vivido en Washington en las altas esferas del Pentágono. Forzado a abandonar el cargo por el entorno del secretario de Guerra, Pete Hegseth, el movimiento sugiere la voluntad de alinear al ejército con una línea más dura impulsada desde la Casa Blanca. El cambio llega, además, en medio de señales de desacuerdo interno sobre el alcance de las operaciones contra Irán, lo que refuerza la percepción de que Washington podría estar preparándose para una escalada aún mayor.
La otra señal inequívoca es la intención de Trump de aumentar un 40% el gasto en Defensa. El viernes, la Casa Blanca envió un proyecto de presupuesto de Defensa al Congreso por 1,5 billones de dólares para 2027, lo que elevaría el gasto a su máximo histórico en plenas hostilidades con Irán. El hombre que clama haber acabado con ocho guerras en poco más de un año en el poder y que cree ser el justo merecedor del Premio Nobel de la Paz no parece tener intención de acabar con sus múltiples campañas bélicas.
La propuesta presupuestaria, por el contrario, busca recortar el gasto no destinado a la Defensa en un 10%, un recorte de 73.000 millones de dólares que afectaría principalmente a sectores como la vivienda, los servicios sociales, la atención médica y otros programas que la Administración considera innecesarios e impulsados por la izquierda radical.
Todo ello en mitad de dos sonados despidos que han sacudido los cimientos de su gabinete. En marzo salió Kristi Noem, su secretaria de Seguridad Nacional, a la que, además de su criticada gestión del ICE -con la muerte a tiros de dos manifestantes estadounidenses durante las redadas en Mineápolis- se le ha sumado un escándalo personal considerable. Su marido, Bryon Noem, ha reconocido que llevaba una doble vida, que se vestía de mujer y que se gastaba fuertes sumas de dinero en foros de contenido fetichista.
El jueves, la siguiente en caer fue Pam Bondi, la fiscal general de EEUU, cuestionada por su manejo del caso Epstein y su incapacidad para perseguir de forma efectiva a los rivales políticos del presidente. Su despido, esperado desde hace días en Washington, hace añicos la teoría de que esta vez Trump había logrado rodearse de un equipo fiel e inquebrantable, de un grupo de profesionales afines al universo MAGA que harían cualquier cosa por su líder. 14 meses después, la realidad ha venido a demostrar que satisfacer las insólitas peticiones del republicano es una misión poco menos que imposible.
Es muy probable que no sea la última cabeza en rodar. La de Tulsi Gabbard, responsable de Inteligencia nacional, podría ser la próxima. Aunque Gabbard ha mostrado afinidad con algunas posiciones del trumpismo, su perfil independiente y, sobre todo, su tradicional rechazo a las intervenciones militares prolongadas la sitúan en una posición incómoda en un momento de escalada con Irán. En una Administración donde la disciplina y la lealtad pesan tanto como la estrategia, cualquier matiz en política exterior puede interpretarse como una fisura.
A eso, hay que sumar la dimisión hace unas semanas de su número dos, Joe Kent, por su rechazo a la guerra en Irán, que lanzó un ataque directo a Trump al asegurar que la entrada en el conflicto no respondía a ningún interés nacional, sino a la presión ejercida por el Gobierno israelí de Benjamin Netanyahu. Es una cadena de despidos, salidas voluntarias y dimisiones forzadas que lanzan un mensaje claro: nadie está a salvo de las iras del presidente, por muy MAGA que sean.
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