























Pablo ScarpelliniCorresponsal Los Angeles
Actualizado
Aún hoy, Jill Biden está convencida de que si su marido hubiera seguido adelante en la carrera electoral se hubiera impuesto a Donald Trump. Es un acto de fe a toro pasado y un gesto de lealtad incondicional a su pareja de los últimos 47 años que en el momento de tomar la decisión no sintió con la misma fuerza. Es más, temió por la integridad física del entonces presidente Joe Biden durante el debate electoral frente a Trump que fue el principio del fin de su carrera política. "Cuando lo vi, me asusté muchísimo", ha reconocido en una entrevista como parte de la extensa promoción de sus memorias, View from the East Wing. En el libro describe al ex senador como "un hombre hecho de arcilla, extrañamente monocromático". Al terminar, le reconoció abiertamente que había firmado una actuación lamentable.
Hoy se sabe que el agresivo cáncer de próstata con metástasis en los huesos que padece el ex presidente a sus 83 años ya le estaba pasando factura y que le hubiera resultado complicado seguir adelante. "Está siendo duro", admite la ex primera dama en una entrevista con CBS. "Diría que está bien, dentro de lo que cabe. Sigue dando discursos, sigue viajando en Amtrak (la empresa ferroviaria) un par de veces al mes y mantiene una agenda activa, pero el cáncer pasa factura. Sé que prácticamente todas las familias en Estados Unidos han sido tocadas por esta enfermedad, así que la gente puede entender cuando digo que se cansa con más frecuencia".
Biden, nacida el 3 de junio de 1951 en Hammonton, Nueva Jersey, se ha unido a una larga tradición de primeras damas que contaron su experiencia tras abandonar la Casa Blanca, desde Hillary Clinton hasta Laura Bush, pasando por Michelle Obama y Melania Trump. Todos ellos fueron best sellers. Está por ver si Biden logra acaparar el mismo interés, aunque el libro ha dejado una cierta sensación de tibieza. Deja muchos asuntos por resolver y justifica las decisiones más polémicas de su marido, como el perdón presidencial a Hunter Biden o el presentarse de nuevo a los 80 años, cuando desde un principio pareció dejar claro que por su edad cumpliría con un solo mandato.
Jacobs, su apellido de soltera, escribe que a medida que exploraban la pregunta de si debía seguir o cederle el puesto a su vicepresidenta, Kamala Harris, "cada uno de los miembros de su equipo insistieron en que debía presentarse", pese a sus ya evidentes problemas de salud, con lapsus constantes de memoria y un caminar más propio de un anciano que el de un presidente con la energía suficiente para soportar la carga física y emocional inherente al puesto. "Por el bien del país, sabía que prefería tener a Joe sirviendo un segundo mandato que no tenerlo", apuntó.
"¿Se había vuelto demasiado mayor para el trabajo y yo no me había dado cuenta?", se pregunta en pasaje de las memorias. "No lo creo, pero ¿podría ser lo suficientemente objetiva como para estar segura?". Al preguntarle si lo habría animado a presentarse a la reelección si pudiera retroceder en el tiempo, Jill respondió con una pregunta cargada de emoción: "¿Querría hacer pasar a Joe por el sufrimiento y el dolor que sentimos durante ese tiempo? Nunca".
Jill Biden logra con sus memorias alargar la imagen impecable que proyectó durante la presidencia y en la que no quiso nunca entrometerse en los asuntos capitales del gobierno de su marido. Ni siquiera cuestionó los informes sobre su salud, escribiendo que "siempre ha sido la naturaleza de nuestra relación mantener un velo de discreción en torno a la salud personal".
Curioso si se tiene en cuenta el estado del ex presidente en esos últimos meses de mandato o la muerte de Beau Biden por un tumor cerebral en 2015. Eso, además del largo historial de adicciones de otro de los miembros de la familia, Hunter, la oveja negra del clan, condenado por la compra de un arma mientras consumía drogas y por nueve delitos de evasión fiscal y a quien su padre tuvo que perdonar antes de abandonar la Casa Blanca.
El libro ha generado reacciones y unas cuantas críticas, no solo de la bancada republicana, que era de esperar, sino de miembros del propio Partido Demócrata. Andrew Bates, que ejerció de portavoz adjunto del presidente Biden, indicó que el libro devuelve el recuerdo sobre un episodio oscuro en la historia del partido, sumido en una batalla crucial por recuperar el control de ambas cámaras del congreso en las elecciones de noviembre. "Teníamos el deber de ganar y no lo hicimos. No veo por qué había que volver a sacar a relucir ese tema tan doloroso para el partido ahora mismo", dijo Bates.
La ex primera dama no dudó en contestar ante un foro lleno a reventar en Washington como parte de su gira promocional de su obra. "Solo quiero decir que mi libro tiene un capítulo sobre las heridas políticas. Uno", indicó. "El resto contiene mis reflexiones sobre los cuatro años en la Casa Blanca. Hay muchos desafíos, sí. Pero déjame decirte, hay mucha alegría en él. Así que quiero decirle a Andrew: Llámame. Si alguien tiene algo que decir, que me lo diga a la cara", remató desafiante.
No faltan los dardos para Trump, empezando con el título del libro, que se refiere a la parte de la Casa Blanca donde tenía su despacho la primera dama y que ahora ha sido demolida para hacer frente a la obra faraónica que pretende acometer el presidente republicano, un salón de baile inmenso de 8.400 metros cuadrados que ha recibido un aluvión de críticas.
De él se acordó en su último día en la residencia presidencial, el día de la ceremonia inaugural del republicano. Aprovechó el frío gélido de esa mañana en Washington para escribir un mensaje en el vaho de la ventana. Solo ella sabe lo que dejó escrito. Discreta hasta en sus memorias.
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