

























Tras varios años en los que la Casa Blanca y la Reserva Federal parecían haber conseguido domesticar la inflación, la gran lacra que marcó y probablemente sentenció la presidencia de Joe Biden, el índice de precios al consumo escaló hasta el 4,2% interanual en mayo, el nivel más alto en tres años y cuatro décimas más que el mes anterior
El dato supone un nuevo dolor de cabeza para Donald Trump, que durante la campaña no sólo prometió abaratar la vida de los estadounidenses, sino que dijo una y otra vez que de ganar Kamala Harris el país caería en una espiral inflacionista insoportable. Y un dolor todavía más fuerte para el nuevo presidente de la Fed, Kevin Warsh, que la semana que viene dirigirá su primer reunión del Comité Federal de Mercado Abierto en un ambiente imposible para sus ambiciones de bajar los tipos de interés. Si con los datos hasta marzo ya empezaba a haber muchos más partidarios de subir tipos que de bajarlos, con los datos de abril y mayo, que reflejan subidas muy fuertes, lo que queda absolutamente descartado es cualquier posibilidad de relajación monetaria.
El paso del 3,8% de abril al 4,2% de mayo, en línea con lo anticipado por el consenso del mercado, ha sido el mayor incremento interanual desde abril de 2023. La inflación subyacente aumentó también a un 2,9% interanual, algo superior al 2,8% del mes anterior, pero menos de lo temido.
El alza de los precios de la energía, provocada por la guerra con Irán (que no sólo sigue en impass, sino que en las últimas 48 horas ha recuperado los bombardeos cruzados entre todas las partes) es la gran responsable. La parte positiva es que más allá del precio de la gasolina, los precios ya no crecieron al mismo ritmo que antes, lo que hace pensar que quizás se haya tocado el punto máximo en el ritmo del alza, que no en el dato final.
Los datos del Departamento de Trabajo muestran que la cesta energética supuso más del 60% del aumento del IPC. La gasolina es el verdadero termómetro económico político del país. El precio medio del combustible ha pasado de estar por debajo de los 3 dólares el galón (3.8 litros) a consolidarse por encima de 4,15 dólares de media (tras llegar a un máximo de 4.56), y rompiendo el techo de 7 dólares el galón en lugares como California, niveles insostenibles que empujan el coste del transporte y la gran mayoría de los bienes de consumo. Los billetes de avión, por ejemplo, subieron otro 2,7 % en mayo y un 26,7 % desde el mismo periodo del año pasado. Las tarifas hoteleras también aumentaron un 0,5 %, pero en parte también por la demanda del Mundial de fútbol.
Según una encuesta reciente de la Federación Nacional de Empresas Independientes, un tercio de los empresarios afirmó en mayo que planea aumentar los precios, el porcentaje más alto desde julio de 2022. Los economistas avisaron en abril de 2025 que los aranceles aprobados por Trump, junto con un mercado laboral todavía fuerte, podían reavivar las presiones sobre los precios. La guerra de Irán fue el golpe de gracia a las expectativas de crecimiento.
La consecuencia inmediata para Trump, y su nominado Warsh, es que el sueño de las bajadas de tipos se aleja. Hace apenas unos meses los mercados descontaban varios recortes para este año. Ahora el debate ha cambiado por completo. La mayoría de los analistas cree que la Reserva Federal mantendrá los tipos sin cambios durante buena parte de 2026 mientras observa si el actual repunte es un sobresalto provocado por la energía o el comienzo de una segunda ola inflacionaria. Pero es que las voces en la casa empiezan a abogar por lo contrario, por subidas que puedan contener la situación mientras no se resuelva el cierre del Estrecho de Ormuz y los problemas en la cadena de suministro.
En Washington, donde cada dato económico se interpreta en clave electoral, la cifra del 4,2% es mucho más que una estadística cuando quedan menos de seis meses para las elecciones legislativas que pueden dar a los Demócratas el control de las dos cámaras del Congreso en noviembre. "Los precios de los medicamentos recetados, los productos lácteos, los automóviles, así como los seguros de salud y de automóviles, siguen bajando gracias a las políticas de la administración Trump", ha afirmado hoy la Casa Blanca, intentando presentar los números como una muestra de que la agenda económica del presidente está dando "resultados significativos para el pueblo estadounidense", admitiendo al menos "perturbaciones temporales" derivadas de la guerra.
Poco después, el presidente sin embargo ha desbaratado el plan con unas palabras sin mucho sentido ante los periodistas. Desde el Despacho Oval predijo que la inflación "se desplomará" una vez que termine la guerra, afirman al mismo tiempo que habría una "expropiación" de petróleo y barcos por parte de Estados Unidos. "Me encanta, las cifras fueron excelentes", dijo cuando le preguntaron por el IPC. "¿Saben qué es lo que realmente me encanta? Me encanta la inflación. ¿Saben por qué? Porque tan pronto como termine esta guerra, puedo decirlo ahora mismo... hemos estado extrayendo millones de barriles de petróleo. Nadie lo sabe. ¿Saben quién no lo sabía? Irán, hasta ahora", dijo Trump en una afirmación imposible de entender.
Pese a esos razonamientos, la inquietud es evidente. No es lo que el Gobierno había anticipado ni lo que Trump pensaba al empezar al año. Daba por hecho que la economía seguiría al alza tras el caos arancelario de 2025 y que una nueva Reserva Federal seguiría su exigencia de varias bajadas pronunciadas de tipos. La inflación, sin embargo, sigue siendo una fuerza política poderosa, quizás la más poderosa. Destrozó la popularidad y el legado de Biden, impulsó el regreso de los Republicanos y ahora amenaza con convertirse, una vez más, en la gran protagonista de la campaña. Porque las guerras impopulares lejas pasan factura, las bravuconadas del presidente pueden pasar factura, pero el coste disparado de la vida es lo que no perdona casi nadie, de derechas, centro o izquierda.
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