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Europa infradispuesta, Europa vulnerable
Ana Palacio · 2026-04-11 · via Premium

Frente a la precisión y riqueza del vocabulario español, el genio del idioma inglés reside en su talento para condensar cualquier predicado complejo en una fórmula breve, cortante, que resalta -a menudo sin piedad- lo esencial. En el prólogo a un recomendable estudio de la fundación británica Civitas sobre "warfighting readiness" (preparación bélica), Lord Robertson, ex secretario general de la OTAN, resume la encrucijada europea en un percutiente "under prepared and under attack", infrapreparados y bajo ataque. Visto desde el sur, el reto es incluso mayor: estamos infradispuestos, en el doble sentido de escasez de preparación y carencia de determinación.

Faltan capacidades, reservas, tejido industrial y rapidez de adaptación. Falta disposición mental, política y social para aceptar que nuestro entorno ya no es el de la larga posguerra europea. Seguimos pensando con categorías de paz en un momento que ya no se rige por ellas. Ése es el núcleo del problema. Por décadas, Europa pudo concentrarse en la integración económica, la prosperidad y la cohesión interna porque la seguridad exterior descansaba en un tercero. El reparto de funciones fue exitoso al punto de terminar pareciendo natural. Hoy comprobamos su reverso: no sólo externalizamos la defensa, externalizamos la conciencia de lo que significa mantener un orden digno de ese nombre.

Por eso el desafío europeo no se agota en el porcentaje del PIB dedicado al gasto militar. Europa no padece únicamente un déficit de medios. Padece un déficit de adecuación al tiempo histórico. La Unión fue articulada para impedir la guerra entre Estados miembro, no para afrontar amenazas exteriores crecientes. Su logro fue domesticar la política de poder en el continente; sus límites resultan indiscutibles cuando esa política regresa de allende nuestras fronteras en forma de agresión existencial, coerción económica, sabotaje, desinformación o presión tecnológica.

El mencionado documento de Civitas incluye una observación que en Europa debería figurar a la entrada del despacho de todo jefe de gobierno: los ejércitos libran batallas, los países libran guerras. Es decir, la preparación no puede circunscribirse a las fuerzas armadas ni a los ministerios de Defensa; abarca al conjunto del ejecutivo, a la economía, a las infraestructuras críticas, al sector privado. A la sociedad en su totalidad.

Y exige algo que Europa ha ido orillando: número, masa. No sólo elementos sofisticados, sino munición, reservas, industria expandible, mano de obra cualificada, stocks y aptitud de movilización. Hemos venido actuando como si la excelencia tecnológica pudiera suplir la cantidad y como si la eficiencia bastara allí donde la resiliencia pide redundancia. La guerra de Ucrania ha devuelto brutalmente esta realidad al primer plano.

Ha puesto de manifiesto, además, otra verdad inconveniente: en buena parte de Europa persistimos en tratar la guerra como si fuera una crisis. Y no lo es. Una crisis se administra. Una guerra se gana o se pierde. La diferencia no es retórica. De ella dependen la magnitud del compromiso, la disposición a asumir sus consecuencias y la propia comprensión de lo que está en juego.

Ormuz lo proclama con especial crudeza. El bloqueo del estrecho no es sólo un episodio más de inestabilidad en Oriente Medio. Es una prueba de realismo para europeos instalados en la premisa de la apertura asegurada de rutas y del libre flujo de energía y comercio. El angosto paso entre el Golfo Pérsico y el mar Arábigo recuerda hoy lacerantemente a Europa que ha desarrollado su economía, su discurso político y su idea de la transición energética como si el aval estratégico corriera siempre por cuenta ajena.

Y entonces aparece Trump. No corresponde juzgar aquí si su cálculo es acertado, si su conducta es responsable o si la omnipresencia de su impronta en el desorden actual le permite la impudicia de interpelar a los europeos OTAN. Lo crucial es el efecto político del desplante. Después de haber protagonizado el incendio del tablero con Irán, Estados Unidos confronta a sus afines con una interrogación desazonadoramente simple: si Ormuz es vital para vosotros, ¿qué estáis dispuestos a hacer?

La cuestión no es jurídica ni moralizante. Es estratégica. Y Europa, una vez más, vacila entre la protesta, la comodidad y la impotencia. La evolución de las últimas horas en Irán no corrige esa impresión; la agrava. La brusca oscilación de Washington -de la amenaza máxima a una tregua precaria presentada en los términos de Teherán- no brinda un ápice de certidumbre. Al contrario, subraya hasta qué extremo la seguridad europea sigue sujeta de decisiones extrañas, ásperas y mudables. Y eso afecta no sólo a la gestión del Golfo, sino al sustrato mismo de confianza sobre el que descansa la estructura atlántica. Una alianza vive de capacidades, pero asimismo de fiabilidad. Si ésta se erosiona, la disuasión se resiente.

Ahí está el auténtico nervio del asunto. Durante años hemos preferido hablar de multilateralismo, autonomía o desescalada en abstracto, como si el problema consistiera en hallar la sentencia correcta. Pero en Ormuz no cabe ese consuelo. Ormuz obliga a calibrar la relación entre energía, poder naval, industria, comercio y voluntad política. Obliga a admitir que la seguridad de los flujos no se aguanta con declaraciones. Y obliga igualmente a reconocer que cuando el garante dosifica, retrasa, se ofusca o condiciona su vínculo, queda al descubierto la envergadura de nuestra subordinación.

No se trata de encomendarse de lleno a la OTAN ni de añorar automatismos ayunos de virtualidad alguna. El debate europeo respecto de la Alianza es hoy más confuso y más estéril: sabemos que el marco ha cambiado, pero permanecemos sin reorganizar nada a fondo. Ni plena asunción del imperativo del Tratado de Washington en una andadura nueva, ni habilidad de reforzarnos allí donde Europa debería cesar de comportarse como mero consumidor de material americano. Nadamos entre dos aguas, y esa indefinición es vulnerabilidad. Porque la OTAN no descansa únicamente en medios; se asienta también en una expectativa de reciprocidad. Y cuando desde la Casa Blanca se pretende convertir un dramático trance provocado por una iniciativa propia en examen moral de la lealtad europea, lo que se deteriora no es sólo la atmósfera política del momento; se daña la confianza básica sin la cual una alianza pierde densidad estratégica.

La Unión, sin duda, arrastra un desajuste de diseño. Fue concebida para normalizar el espacio interior, no para responder a una época de coerción exterior sostenida. Sus instrumentos de cooperación en defensa, por útiles que sean en ciertos aspectos, vienen en gran medida señalados por una lógica de inercia: procedimientos lentos, incentivos industriales dispersos, obstáculos para traducir urgencia estratégica en determinación ejecutiva. Dicho sin rodeos, una maquinaria configurada para regular no se transforma de la noche a la mañana en un repertorio competente para proteger rutas, asumir costes y priorizar teatro sobre teatro.

Y, sin embargo, ésa es exactamente la clase de mundo en que estamos entrando. Ucrania no ha dejado de ser el frente principal para la seguridad europea. Pero la tensión en el Golfo nos recuerda que los conflictos no se presentan secuenciados ni por capítulos. Se superponen. Se contagian. Desplazan atención, recursos y urgencias. La catástrofe de Oriente Medio encarece la energía, favorece a Rusia por precio e ingresos, complica el apoyo continuado a Kyiv y somete a prueba la capacidad europea de pensar simultáneamente en varios teatros. También por ello seguir llamando "crisis" a lo que es ya un entorno de confrontación prolongada entraña algo más que un error conceptual; es una manera de no prepararse. Y una comunidad que no quiere nombrar la amenaza difícilmente encontrará el valor para afrontarla.

La insuficiencia, en síntesis, no es sólo de armamento. Es de gobierno, de ambición y de voluntad. Europa ha sustituido en demasiados ámbitos la dirección por la gestión, la previsión por el procedimiento, la resiliencia por la eficiencia y la estrategia por la espera.

Infradispuestos: ése es el diagnóstico. Ormuz no ha precipitado una crisis más. Ha rasgado el decorado. Ha mostrado hasta dónde somos tributarios de seguridades que no controlamos, mientras evitamos decidir qué intereses estamos realmente dispuestos a proteger y a qué coste. Una Europa que no responde a esa pregunta por sí misma acabará obligada a aceptar la respuesta de otros.