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El Mundo
Juan Diego Madue�o · 2026-06-18 · via Premium

Ibiza es un punto dorado desde el fortín de San Rafael. Está a punto de anochecer. Pasadas las ocho de la tarde, los trabajadores de [UNVRS] meten el sol a empujones en el mar. El club -6.500 metros cuadrados, capacidad para 10.000 personas- es el cuartel de la vampirería más grande del mundo. A esa hora la villa es una ciudad desierta, protegida por tres cordones de seguridad, situada en el mirador de la mítica Privilege. El resort, diseñado para no encontrar la mañana siguiente en su laberinto de madrigueras, acoge la primera sesión de la temporada de Elrow, la fiesta fundada por los hermanos Juan y Cruz Arnau.

Es sábado. 6 de junio. La meta volante del verano. El opening, como los aficionados llaman a la primera noche, inaugura una residencia de 20 sábados hasta el 3 de octubre. Al Dome, la cúpula del Árbol de la vida que sirve de base a la inmersión, empiezan a llegar los primeros invitados. Alrededor de las esculturas de artistas como Okuda giran los canapés. Si el clubbing es un deporte, Elrow en [UNVRS] -se escribe entre corchetesy se lee Universe- son los Juegos Olímpicos de la noche.

«Estar en Ibiza es para nosotros como para un diseñador estar en la pasarela de Milán. Hay que estar. Lo teníamos claro. Llevamos toda la vida viniendo aquí desde pequeñitos. Conocemos mucho la isla y nos hemos pegado la fiesta en todos los clubes. Cuando fundamos en 2010 Elrow teníamos claro que uno de los objetivos era llegar a Ibiza y triunfar. Se dice rápido, pero es muy complicado», dice Juan Arnau. Con su hermana Cruz, continua la dinastía de promotores. Todo empezó en 1870. El primer Arnau del negocio fundó el Café Jusepe en Fraga, un pueblo de Huesca. Fraga disputó la hegemonía durante años a Madrid y Barcelona. «Mi abuelo traía a España lo que veía en Nueva York o Las Vegas».

La familia Arnau tiene olfato para los asuntos nocturnos. Después de consolidar la rave en el desierto de Monegros como un lugar de peregrinaje, Elrow es el siguiente paso. «Pensamos en otro tipo de after. En vez de dirigirnos a la gente de reenganche, pensamos en otro cliente. En quien está en la pista de baile recién duchado a las 7 de la mañana. Empezamos con 300 amigos. No ganamos ni un duro. Al principio todos tenían pulseras. Ahí estuvo un poco la magia. Eran 300 personas disfrazadas, gamberras, dándolo todo, cualquier idea era válida. Fuimos probando. Estaba bien para ligar. Estaba bien para pasarlo bien. Estaba bien para reír. Estaba bien para todo. También venían los gogós y camareros que acababan el turno después de haberse portado bien por la noche. Esa mezcla fue clave», añade Cruz.

"Cuando fundamos en 2010 Elrow teníamos claro que uno de los objetivos era llegar a Ibiza y triunfar. Se dice rápido, pero es muy complicado"

Las fiestas de Elrow generan expectación. Diseñadas para capturar el espíritu de su tiempo -«intentamos darle a la gente lo que todavía no sabe que quiere»-, construyen un ecosistema donde todo baila. Habrá acróbatas balanceándose sobre la pista. Una lluvia de confeti. Barra libre de disfraces para el público. O actrices disfrazadas de gnomos. Y la obra de Dan Popper, el escultor sudafricano, pone el tema. Lo han llamado Bhutarah. Una gata con 12 ubres guarda el escenario al lado de la cara femenina coronada de raíces. Las paredes parecen hablar. «En este proyecto he tomado mi propia obra, que conecta con la naturaleza, pero también he tratado de trabajar con el aura. Así que el resultado es algo divertido. No es demasiado serio, pero también tiene un significado profundo», añade Popper antes de entrar.

"Me parece impresionante"

Desde el escenario, Juan Arnau y el artista dan la bienvenida a los elegidos. Decenas de invitados han bajado a través del Dome hasta la pista, que al filo de las 12 es un bulevar vacío. Están a punto de entrar miles de personas. La entrada antes de la 1 cuesta 85 euros. 95 euros vale el ticket normal. Y la experiencia VIP, a bordo de los palcos que bordean la explanada principal, 400. Allí se puede acceder con una pulsera gris lunar. Los gorilas comprueban con liternas el grado de segregación alcanzado y franquean el paso en función de los colores. Blanca, una abogada de Bilbao que no quiere decir su edad, tiene, además, una pulsera amarilla. «Con esta pulsera puedo acceder a otro lugar más secreto. Ahí no se puede llevar el móvil. Es mi primera vez en Elrow. Me parece impresionante. No me lo esperaba tan guay», describe.

Por las escaleras empieza a deslizarse la gente. El dj catalán Bastian Bux pone el «chunta-chunta» (Escohotado) y la oscuridad activa los fluorescentes repartidos por todo el espacio. Elrow ha convertido [UNVRS] en una pista de despegue. «La verdad: estar aquí es como ser Alicia en el país de las maravillas. Hay un montón de sitios donde te puedes perder», dice Blanca.

Un hueco abierto en la escalera del VIP da acceso al Búnker. El tráfico de fiesteros es intenso, la gente está tranquila, algunos llevan gafas de sol. Es la 1. Felipe, que tiene 39 años, trabaja desde hace un tiempo en Ibiza. «Esta es la mejor fiesta del mundo y el mejor club. Es imposible perdérselo. No salgo mucho, pero para una ocasión merece la pena». El Búnker es otra sala dentro de la gran sala. La pulsera gris permite alcanzar este estrato y la música suena menos hardcore, un poco más fluida, el dj allí está más a mano. La posibilidad de difuminarse ahí dentro hace muy atractivo este cajón del interior del edificio. Se cumple la paradoja sobre la intimidad del anonimato por la cercanía a un puñado de desconocidos. Como Hellen, que lidera a un grupo de amigas llegadas desde los Países Bajos. Ya está sudando. «Estamos aquí celebrando que acabamos de cumplir los 40», trata de hacer llegar sus palabras a través de la música. Sus amigas la toman del brazo. «Let's go». Al otro lado, Gabriel dice tener 19 aunque aparenta quince años más. Es electricista. «Es la primera vez que vengo después de llevar un año trabajando aquí. Ibiza es mucho mejor que Brasil. Por supuesto. La fiesta es diferente. Puedes ir a diferentes ambientes», considera.

Conforme avanza la sesión, Elrow superpone previas. Para que se entienda: siempre está a punto de pasar algo nuevo. Es la mejor manera de que nunca acabe por consumarse la noche. Lo avisa Juan Suárez, el periodista cultural más conocido de Ibiza. Habla a una distancia prudencial de la selva donde todo el mundo va barajado. «En Ibiza tienes todo lo que quieras, pero esta fiesta es diferente. Pasa de todo. A partir de las 3 ya verás».

Y no son las 3, pero un poco antes de las 3, los acróbatas bajan del techo. A la pista caen todo tipo de disfraces, complementos y accesorios veraniegos. Todo sube al mismo ritmo, acoplados los altavoces al viaje de cada uno. Simón, un francés, trata de convertir en un souvenir el flotador con forma de donut. Entre la algarabía, flotando sobre los papelillos lanzados por los cañones, hace esfuerzos por desinflarlo. «Me lo quiero llevar a la playa», avisa. Ninguno de sus amigos está interesado en contar la experiencia. A partir de ahí el opening ya tiene velocidad de crucero y las caras se guiñan en los semáforos de los baños, hay cedas al paso instalados por los pasillos y por las escaleras interiores, que llevan al pasillo de los espejos, aparecen Cameron y su amiga Shasha. Tienen 20 y 26 años respectivamente. «Esta discoteca resume el free spirit de Ibiza. Hay arte. Y mucho trabajo detrás. Dan algo más. Todo es buenísimo. A mí me apetece ver arte, a los artistas, a todo esto funcionar. No he bebido nada de alcohol. No bebo», se lanza Cameron entusiasmada.

Disfraces, confeti y muñecos hinchables en la pista

Disfraces, confeti y muñecos hinchables en la pista

Subraya su outfit. Es una combinación colegial con liguero sobre un fondo al estilo manga. Más o menos. «¿En qué otro sitio me habrían dejado entrar así?». Aunque a simple vista parece que la etiqueta no existe, deben cumplirse algunas normas. [UNVRS] avisa por si acaso: «No se permite el acceso con chanclas, camisetas de tirantes ni ropa de baño. Los hombres deberán llevar pantalón largo. No se permite el acceso con pantalones cortos o bermudas». La única uniformización es la ausencia de uniformización. En esas, una treintañera inglesa le dice a su amiga: «There are two things I won't do. Anal and washing dishes [Hay dos cosas que no quiero hacer. Sexo anal y lavar platos]».

De repente aparece una terraza. Dos españoles vestidos con camisas hawaianas hablan de sus negocios. Buscan un cigarrillo dando tumbos por la cubierta de la sesión, un lugar empleado para tomar aire. La música no alcanza hasta ahí. El paisaje aparece punteado por el amarillo de las farolas. La otra noche resulta una pecera donde los mortales duermen, a una distancia de años de luz de quienes han podido alcanzar la gran madrugada. Otra vez abajo, en la terraza del reservado, Babi, la camarera de origen hindú, detiene a un cliente. Interrumpe el levantamiento de una botella de seis litros de vodka de la marca Belvedere. No está permitido el autoservicio. «Hay que controlar. No sabes si se le va a caer o no la botella. Mejor evitar cualquier problema», justifica la intervención.

Por la sarten de la pista saltan las palomitas sudorosas del público. Apenas se ve alcohol. La mayoría sujeta una botella de agua. Los relojes ya se han disuelto, todos bailan con el antebrazo, colocado a cualquiera de las alturas disponibles. Es complicado alcanzar, al menos, la mitad del rectángulo. Avanzar entre la gente requiere paciencia y a muchos, al rozarles, se les corta la mahonesa psicodélica. Alguien quiere dar un trago a una botella cerrada. La pregunta corta el rollo a Leire. Baila sola en algo parecido a un trance. Son las 4.43. «Hemos venido porque aquí el techno es más normal que en otras discotecas. A mi amiga no le gusta este tipo de música». La amiga sonríe por detrás.

Ahora mismo cada persona es una cabina. Interpreta de manera única el ritmo. Su huella de techno se acumulará sobre las toneladas ya depositadas en la isla. Cada uno, en la zona cero de Elrow, ha encontrado su reservado, el espacio donde nadie va a entrar, la reserva del colocón protegido. Rachel y su marido, una pareja británica, no esperaban encontrarse con un periodista. «Qué sorpresa», dice ella. Tiene 51 años. Vuela sin motor, planea sobre al ambiente, sus brazos sudan como los de un ciclista. «Aquí se está muy tranquilo. Se puede bailar. Para nosotros es la mejor fiesta», coincide con el resto.

La cofradía de la noche recibe las últimas instrucciones. Una voz femenina sale de los altavoces: No phone, no fears, just rythm. Los clientes dejaron de grabar hace un siglo y medio. Giusseppe, un tipo de Palermo con el pelo del motociclista Simoncelli, encuentra un ojo de buey de lucidez. ¿Por qué estáis aquí?«¿Por qué no?».