Musk se nos presenta como un cruzado a favor de la libertad de expresión y en contra de la censura. Pero es exactamente al revés

El dueño de Twitter y Space X, Elon Musk.AFP
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Elon Musk está obsesionado con el Reino Unido, donde dice que la «guerra civil es inminente». En el último mes ha empleado intensamente su red social, X, para alentar los disturbios anti-inmigración en Belfast y Southampton. En sus más de 100 posts en una semana ha amplificado los mensajes más incendiarios de los líderes y activistas de la extrema derecha británica, Rupert Lowe y Tommy Robinson, describiendo a los inmigrantes como asesinos a los que hay que deportar por millones. No es la primera vez, ya que también lo hizo con los disturbios de Southport de 2024.
Musk se nos presenta como un cruzado a favor de la libertad de expresión y en contra de la censura. Pero es exactamente al revés. Imaginen que una sola persona fabricara el único televisor disponible en el mercado, fuera dueño del único canal que se pudiera ver al encender ese aparato y usara ambos para intervenir activamente en la política de un país. Eso es lo que Musk ha construido con X: un medio de comunicación de masas con 586 millones de usuarios mensuales, 240 millones de seguidores en su propia cuenta, una amplificación algorítmica sin precedentes de narrativas de odio y un silenciamiento y hostigamiento sistemático de voces discrepantes. Se trata de una integración vertical entre infraestructura, distribución y agenda que no tiene equivalente en la historia de los medios. Puro dopaje.
Ante un monopolio hay dos opciones. Uno, abrir el mercado a otros competidores. La interoperabilidad facilitaría la migración de los usuarios a otras redes sin, como pasa en la actualidad, perder sus seguidores, lo que los desincentiva (¿recuerdan la portabilidad de números de teléfono?). Eurosky, por ejemplo, ofrece una identidad digital única que permite conectarse con cualquier plataforma construida sobre el mismo protocolo abierto. Dos, fomentar la competencia dentro de la plataforma, permitiendo a otros actores ofrecer a los usuarios motores de recomendación alternativos que primen otros contenidos. Dos normas europeas -las leyes de mercados y servicios digitales- pueden acabar con el monopolio que representa X, no con censura, sino abriéndolo a la competencia y devolviendo a los usuarios el control sobre lo que ven cuando encienden el televisor.

























