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El Mundo
Pablo Pardo · 2026-06-21 · via Premium

Andy tiene una confesión que hacer: los somalíes de su ciudad natal, Birmingham, le dan miedo. "Cuando vas por la calle, ves que andan siempre en grupos y te miran de una manera violenta. Están preparados para la violencia", declara. Y remacha: "Creo que en este país somos muy dóciles. Demasiado dóciles".

Son las dos de la tarde y Andy está con dos amigos en una calle del barrio de Poolstock, una zona de ingresos bajos en Wigan, ciudad de unos 100.000 habitantes a 25 kilómetros al oeste de Manchester, en dirección a Liverpool. Wigan pertenece a la circunscripción de Makerfield, que el jueves, mientras Andy conversaba con EL MUNDO, celebraba elecciones anticipadas para un escaño del Parlamento del Reino Unido.

Los comicios se habían convocado para que ganara el alcalde del Gran Manchester, el laborista Andy Burnham, y este pudiera desbancar a su correligionario Keir Starmer del cargo de primer ministro. Burnham ganó. Y ahora los días de Starmer como jefe del Gobierno parecen contados.

Para los medios y la clase política británicos, los comicios giraban en torno a la sucesión en Downing Street. Pero no era ese el caso para muchos votantes de Makerfield. "Estas elecciones han sido sobre inmigración, igual que todas las elecciones en el Reino Unido", declaraba el jueves por la noche Richard tras votar por el Partido Conservador en el colegio electoral de la iglesia de St. John, en Ashton-in-Makerfield.

Cuando se cumplen 10 años del Brexit, el 57% de los británicos cree que la salida de la UE fue un error, frente a solo el 30% que la respalda, según un estudio de la plataforma de datos Statista. Pero eso, en último término, les importa relativamente poco. Un sondeo de Ipsos revela que el 22% de los ciudadanos considera la inmigración el mayor problema del país. Solo el 1% sitúa ahí el Brexit. Un estudio de YouGov, otra empresa del sector, muestra que el 53% de británicos quiere, lisa y llanamente, prohibir la llegada de extranjeros.

Un país 'lleno'

La próxima semana será un festival de análisis, encuentros y cenas sofisticadas en Londres sobre el Reino Unido y su papel en Europa. Pero el resto del país apenas se enterará. Esa diferencia de perspectiva es la mejor muestra de que el divorcio entre las élites culturales y la población que causó el Brexit hace diez años goza de una salud excelente. El presente del Reino Unido son las palabras de Andy y Richard, no las que pronuncie mañana en el think tank londinense Chatham House el ex comisario europeo Michel Barnier, que negoció con el Reino Unido el acuerdo final de salida. Si Nerón tocaba la lira mientras Roma ardía, la élite británica medita sobre el Brexit mientras la inmigración incendia el país.

Los populistas que impulsaron la salida de la UE han sido mucho más hábiles que esa élite intelectual y se han reconvertido en promotores de la expulsión de inmigrantes. Nigel Farage, el ideólogo del Brexit más duro, lidera las encuestas nacionales con su partido Reform UK, que apenas tiene cinco años de existencia. En Makerfield irrumpió una derecha aún más antiinmigración: Restore Britain, del ex número dos de Farage, Rupert Lowe.

La preocupación por la inmigración une así a Richard, un ex directivo jubilado de 68 años impecablemente vestido, y a Andy, de 29, que sobrevive "haciendo chapuzas aquí y allá", según explica con una sonrisa enmarcada por su perilla y coronada por un corte de pelo mohawk que, sumados a su camiseta blanca de tirantes, le situarían en la izquierda más alternativa. De hecho, si Richard ha votado siempre tory, Andy fue primero laborista: hace 10 años, cuando votó por primera vez, lo hizo a favor de la permanencia en la Unión Europea.

Sin embargo, en las generales de 2024 y en las municipales de mayo pasado apoyó a Reform. El jueves no pudo votar porque su domicilio queda justo fuera de Makerfield. "Pero, de no haber sido así, lo habría hecho por Restore", dice, en referencia a Restore Britain. Aunque sigue pensando que salir de la UE fue un error, la inmigración es lo primero.

Nada refleja mejor esas prioridades que la irrupción de Restore. El partido no tiene ni cien días de existencia. Su candidata en Makerfield, Rebecca Shepherd, no respondió a ninguna pregunta de los medios durante toda la campaña. Aun así, obtuvo el 3,5% del voto, una cifra notable para una formación cuyo programa se centra en la expulsión masiva de inmigrantes indocumentados al estilo de Trump en EEUU, en lograr que el Reino Unido tenga un saldo migratorio negativo —que salga más gente de la que entra— y en defender "la cultura británica".

Richard, el tory, también votó en contra del Brexit, que considera, como hombre de empresa, "una catástrofe que deberá ser anulada en algún momento". Pero mantiene su lealtad a los conservadores, que siguen oponiéndose al regreso a Bruselas. Burnham y Starmer también votaron en 2016 a favor de seguir en la UE. Pero ahora ninguno de los dos quiere volver.

Desinformación: los bulos sobre criminalidad alimentan el miedo al extranjero

El desplome del interés por la UE es lógico. Las noticias sobre Bruselas tienen el mismo atractivo que las instrucciones de una lavadora: áridas, aburridas, abstractas. Por el contrario, no pasa una semana sin un bombazo informativo sobre inmigración. La semana pasada fueron los ataques a inmigrantes en Belfast, después de que el refugiado sudanés Hadi Alodid apuñalara al ciudadano británico Stephen Ogilvy. La anterior, la indiferencia policial, grabada en vídeo, ante el asesinato a puñaladas de Henry Nowak a manos de Vickrum Singh. Ambos eran británicos. Pero Singh era sij y, por tanto, de piel oscura. Esta semana, Restore publicó, apenas 48 horas antes de las elecciones de Makerfield, el Informe sobre las Bandas de Violadores, que asegura que 250.000 chicas "en su mayoría blancas" han sido violadas en el Reino Unido por bandas de inmigrantes, especialmente pakistaníes.

El informe es explosivo, brutal e inverificable, y su credibilidad ha sido rechazada por las autoridades y el Gobierno. Que se publicara en vísperas de los comicios en los que Restore se estrenaba en la política nacional resulta, cuando menos, llamativo. Pero su impacto entre los votantes ha sido real, en buena medida gracias a la viralidad que le dieron en redes sociales Elon Musk y otros destacados líderes ultras.

La desinformación genera así un miedo real. Mike, mecánico de 37 años que votó por Restore en Poolstock, lo justificaba sin matices: "Tengo una hija de 18 años y no quiero que la violen". Después se deshacía en una retahíla de tópicos sin fundamento: "Ya tenemos tribunales de sharia y, si te pillan bebiendo cerca de una mezquita, te dan una paliza y no pasa nada". Su madre, de 70 años, nacida en Sudáfrica y residente en el Reino Unido desde los 53, no se atreve a ir al centro de Wigan. "Lo encuentra demasiado diverso", explica su hijo. Mike y su madre son, técnicamente, inmigrantes. Pero, igual que otro sudafricano famoso, Elon Musk —inmigrante en EEUU y con nacionalidad canadiense—, no se consideran a sí mismos nacidos en el extranjero.

Paradoja: los impulsores del Brexit denuncian una inmigración que contribuyeron a acelerar

Es una situación irónica. Y también trágica. A la puerta del colegio católico de St. Jude, a pocos cientos de metros de donde Mike conversó con EL MUNDO, una mujer india de mediana edad que prefirió no dar su nombre, y que acababa de votar en el colegio electoral instalado en el propio centro, explicaba en voz baja que "vinimos aquí hace unos años, pero vamos a volver a Londres porque allí hay más personas de India, como nosotros". La mujer tuvo que ir acompañada de su hija adolescente porque apenas habla inglés. Su caso refleja la situación: costumbres distintas, color de piel distinto, cultura distinta, idioma distinto. Posiblemente no era más extranjera que Mike. Pero a ella se le notaba.

La mujer no quiso decir por quién había votado, aunque dio a entender que por Burnham. El primer ministro en potencia es un buen ejemplo de cómo todos los partidos se están adaptando a la nueva situación. Ha abrazado retóricamente la causa de la izquierda más pura, pero se ha cuidado de seguir la retórica del llamado "laborismo metropolitano" tecnocrático y multicultural que representa Starmer.

Burnham admite que hay demasiados inmigrantes, critica a Londres por la gestión de los indocumentados y defiende su integración cultural, una cuestión que hasta ahora apenas había preocupado al Reino Unido, a diferencia de países como Francia y sus eternas disputas sobre la vestimenta de las mujeres musulmanas.

Pero esas filigranas retóricas podrían no bastar. Paradójicamente, los líderes de Reform y Restore son en parte responsables de la llegada de inmigrantes no blancos, ya que el Brexit que promovieron forzó la salida de extranjeros blancos y su reemplazo por oleadas de personas de África y Asia. Es la llamada "ola de Boris", en referencia al primer ministro que ejecutó la salida de la UE, el conservador Boris Johnson, que tuvo que abrir las fronteras a esa inmigración por la sencilla razón de que no había suficientes británicos para cubrir los puestos de trabajo.

Esa es la gran paradoja: los británicos, como el resto de los occidentales, no se reproducen lo suficiente y necesitan a los extranjeros para hacer lo que ellos no quieren o no pueden hacer. El Estado gasta cada año 6.000 millones de euros en mantener al 10% de la población en edad de trabajar de Inglaterra y Gales que está oficialmente incapacitada para el empleo. Con estos condicionantes, resulta difícil saber cómo podrá evitarse la diversidad que tanto asusta a Andy y a la madre de Mike.