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El Mundo
Ricardo F. Colmenero · 2026-04-17 · via Premium

Puede que usted se haya levantado esta mañana pensando que sigue viviendo en España. Es un error bastante común. La radio suena en castellano, o en alguna lengua autonómica; el vecino ha saludado con un «¿qué pasa, figura?»; y los compañeros de trabajo hablan de la eliminación del Madrid. Abajo, en la cafetería, hay pincho de tortilla, ensaladilla o churros. Y el periódico dice que otro diputado, o concejal, se lo ha llevado crudo. Detallitos con los que seguimos alimentando una ficción porque, aunque no se lo crea, usted vive en la República Popular de China.

Da igual que usted no tenga en la mesita de noche un Huawei o un Xiaomi, porque esta mañana se ha despertado con un móvil ensamblado en Zhengzhou. Ha ido al baño, y se ha lavado los dientes con un cepillo de Yangzhou, que luego ha dejado en un bote extraído de una cadena industrial de Shenzhen, como la báscula digital, el espejo con luz LED y el dispensador de jabón. Nada de eso tiene identidad nacional. Pero casi todo remite a cadenas de producción concentradas en el delta del río Perla, entre Hong Kong, Macao y nueve ciudades de Guangdong. Objetos baratos, repetibles, intercambiables y diseñados, precisamente, para no ser vistos.

China se ha integrado en nuestra rutina pieza a pieza. No ha habido invasión, ni misiles, ni banderas, ni cielos en llamas, ni ciudades paralizadas. «Es el mercado, amigos», que diría el ex ministro Rodrigo Rato. Una carabela llegando de un nuevo mundo con tomate, patata y cacao, pero a lo bestia. Acumulación y asimilación. El gran engaño es creer que son solo cosas, y no la dictadura de un sistema global que está estructurando tu vida cotidiana sin que lo notes.

«La gente no se plantea qué hay detrás de lo que hacemos en nuestra vida cotidiana», apunta Mario Esteban, catedrático del Centro de Estudios de Asia Oriental de la Universidad Autónoma de Madrid e Investigador Principal del Real Instituto Elcano. «Tomamos decisiones como consumidores, vemos el coste-beneficio y no vamos mucho más allá. Lo significativo es que consumimos a través de China, no cosas chinas, sino diseños o elementos que están adaptados al gusto occidental».

No hace falta que el presidente Pedro Sánchez se pegue un viaje para estrechar lazos con China. Basta con que usted abra su armario, porque su camiseta básica salió de fábricas textiles de Nantong. Sus zapatillas, por mucho que tengan un diseño occidental, fueron producidas a miles de kilómetros. Porque en marcas europeas como Inditex, la cadena de suministro global depende de manufactura asiática. La ropa ya no es origen. Es flujo. Como contextualiza el escritor británico Martin Jacques, «el poder de China no está en lo que vende, sino en cómo está reconfigurando el sistema que lo hace posible». Lo explica también el sociólogo y ex ministro Manuel Castells: «El poder ya no reside en las instituciones, las organizaciones o los símbolos de control; se encuentra en las redes que estructuran la sociedad».

Llega la hora de desayunar y la cafetera tiene piezas facturadas en Guangdong. La tostadora fue ensamblada en Suzhou. Y los utensilios de la cocina provienen de Yiwu, la ciudad de los objetos domésticos. Nada es llamativo. Todo es funcional. Por eso nos gusta. Lo mismo si nos ponemos a abrir cajones de la nevera y el congelador: tofu, pasta de curry, algas, fideos de arroz, bubble tea embotellado, té verde, mochis helados, salsa de soja, salsa hoisin, aceite de sésamo, gyozas, dumplings, ramen. Y eso que mucho de eso lo tuneamos en Europa para adaptarlo a nuestro gusto: menos picante, más dulce, otra textura o un cambio de ingredientes por normativa de Bruselas.

Trabajadores de la fábrica de vehículos de reparto autónomos Neolix en Yancheng.

Trabajadores de la fábrica de vehículos de reparto autónomos Neolix en Yancheng.JADE GAOAFP

Salimos a la calle y los tejados se han llenado de paneles solares. Una industria en la que China concentra más del 70% de la producción mundial. Y no solo las placas. Domina la cadena completa de refinado de silicio, ensamblaje y exportación. La gente se mueve en patinetes, bicicletas y coches eléctricos. Y tras ellos hay baterías de BYD o CATL que dependen de minerales invisibles, de litio, de cobalto, de tierras raras. Que si, que fueron extraídos de minas de Chile y de la República Democrática del Congo, pero su refinado y transformación industrial se concentra en China. Incluso los coches europeos dependen de sensores, chips y sistemas electrónicos producidos en el gigante asiático. De hecho, ahora piensan construir las baterías en España con dos proyectos para este mismo año: la gigafactoría de CATL en Figueruelas (Zaragoza) y la de Hithium en Navarra. La cuota de mercado del coche chino ha pasado de un tímido 1,4% en 2022 al 10% a finales del año pasado.

Llega a la oficina y ahí sigue en China, con el ordenador, la pantalla, el teclado, los cables, el router con conexión Huawei. Aunque la marca sea estadounidense o europea, la fabricación física de muchos componentes ha pasado por China o por sus cadenas industriales. La infraestructura digital es invisible y constante.

Abre el móvil y TikTok no le pregunta qué quiere ver. Lo decide por usted en tiempo real, con un algoritmo afinado en ecosistemas de ingeniería de datos desarrollado en China. De Temu y Shein le llega a casa un adorno para huevos, un dispensador de hilo dental, una descascaradora de cacahuetes, un espejo con consejos estéticos, un simple cable, un objeto que parece sin importancia, pero que esconde una transformación silenciosa.

El chino de la esquina ha desaparecido porque ahora está en su mano. Cuenta Jiajun Yin, un influencer chino residente en España, en el pódcast de TikTok Un chino y medio: «Los chinos son rápidos en ese sentido. Si algo no funciona, lo cierran y empiezan otra cosa. No buscan cómo mejorar el negocio, pasan a lo siguiente».

Y lo siguiente están siendo tiendas de moda, salones de uñas, academias para aprender chino, agencias de viajes especializadas en China, asesorías legales y consultorías para negociar con China, supermercados con productos asiáticos, tiendas de suvenires. El restaurante de comida asiática sigue ahí pero, en el de al lado, un ciudadano chino ha empezado a hacer paella valenciana, pulpo a la gallega, cochinillo segoviano y marmitako. La comunidad que en España a principios de siglo apenas superaba los 25.000, hoy roza los 250.000, y subiendo.

No están, como el Partido Comunista Chino, especialmente interesados en política, que deben observar como un pasatiempo occidental. Dicho más suavemente por Gladys Nieto, profesora de Antropología de China en la Universidad Autónoma de Madrid e investigadora del Centro de Estudios de Asia Oriental (UAM), su participación en instituciones políticas, sindicatos o asociaciones cívicas es limitada tanto por sus prioridades económicas, como por proceder de modelos culturales distintos de relación con el Estado. «El proyecto migratorio de muchas familias chinas es ganar y ahorrar dinero para arreglar la casa familiar, ayudar a sus parientes y enviar lo necesario a las personas dependientes que siguen en el pueblo natal», subraya la docente.

«El Partido Comunista Chino es muy pragmático. La batalla ideológica no la van a dar porque no la van a ganar, la va a dar en el ámbito económico», apunta Mario Esteban. «Además, el presidente Xi Jinping ha hecho una apuesta muy clara por el desarrollo tecnológico. Quieren convertirse en un socio económico imprescindible. No se trata de construcciones ideológicas o geopolíticas. Simplemente se trata de desarrollar tecnologías más avanzadas y más baratas que otros países».

Las importaciones españolas procedentes de China alcanzaron los 50.250 millones de euros en 2025. Su puerta de entrada es el mar. Un viaje que dura entre 25 y 40 días para llegar a Valencia, Barcelona, Algeciras y Bilbao con contenedores repletos de electrónica, textiles, juguetes, componentes industriales, maquinaria, piezas de automoción, precursores farmacéuticos. Todo es barato y masivo.

No sabe por qué pero, en su salón, ha metido una lámpara LED de la Luna, un humidificador con 13 aceites esenciales y una planta de bambú de la suerte. Y en la habitación de su hija tres Labubus, un peluche feo, con lo imperfecto como identidad de la cultura Z, adictivo porque no sabe cuál le va a tocar, y muy tiktokero. Y en la consola ahora se juega al Genshin Impact y al Star Rail: arquitectura china, mitología asiática y filosofía basada en la armonía, el orden y el destino.

"La batalla ideológica no la van a dar porque no la van a ganar, la va a dar en el ámbito económico"

Mario Esteban, catedrático del Centro de Estudios de Asia Oriental de la UAM e Investigador del Instituto Elcano

Pero todo esto no es nada con lo que nos espera en el futuro. Que no es que seremos más chinos, sino que seremos como queramos siempre que se lo compremos a ellos. Un reciente artículo publicado en la revista estadounidense Wired sentenciaba: «China es la explosión de la robótica, la revolución energética, la transformación cultural. Es todo lo que deseabas para Estados Unidos, pero mejor».

Hace poco sorprendieron al mundo con las nuevas habilidades de sus robots. Más de 200 empresas chinas están construyendo humanoides que ya nos llevan en sillas de ruedas por los aeropuertos, nos traen comida y reponen estanterías en los almacenes. Y que no tardarán en convertirse en barrenderos, guardas de seguridad, celadores y empleados de hogar. Y quién sabe qué nos vendrá tras la liberación de He Jiankui, el científico chino que reveló haber creado los primeros bebés modificados genéticamente del mundo. Y que el gobierno chino encarceló durante tres años pero que ahora, en libertad y gracias a donaciones privadas, sigue experimentando en un pequeño laboratorio independiente en Pekín. Y qué hará el país con el Banco Nacional de Genes de Shenzhen China, donde almacena más de 10 millones de muestras biológicas, incluyendo ADN humano, plantas y microorganismos. Un Arca de Noé para la investigación biológica y la biodiversidad.

Pero también han puesto en marcha planes para solucionar cómo daremos de comer a 10.000 millones de habitantes en 2050. Por ahí andan con sus vacas clonadas y modificadas genéticamente para producir el doble de leche. ¿La construcción? Quizá deje de ser un problema en España con las 28 horas y 45 minutos que tarda la empresa china Broad Group en levantar un edificio de diez plantas.

La pirotecnia está en peligro porque los fuegos artificiales serán espectáculos nocturnos de drones. Y aunque ya sabíamos que la IA había empezado a ocupar espacios emocionales y no solo prácticos, las relaciones virtuales de pareja han dado el doble salto mortal en China, porque las mujeres de la Generación Z se han enamorado tanto de las relaciones digitales que sus personajes ahora se materializan con experiencias híbridas, en las que alguien interpreta al personaje.

Que a lo mejor no es que vivamos en China, ni nos hayamos convertido en otra de sus marcas blancas globales, sino que estamos en el proceso de entender que la soberanía ya no se mide en banderas y parlamentos, sino en cadenas logísticas, software, energía, datos y objetos que cruzan el planeta sin pedir permiso. Lo espectacular de China es su invisibilidad. Que casi todo lo que usamos, consumimos y deseamos esté mediado por un engranaje diseñado a miles de quilómetros, y lo sintamos como producto de nuestra libertad.