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�Un d�a de estos acabaremos como el rosario de la aurora, a tortas, en batalla campal�. Esta reflexi�n, compartida por un miembro de la Mesa del Congreso, el �rgano rector de la vida de la C�mara, da cuenta del ambiente crispado, del enfrentamiento sin cuartel, que late entre los representantes elegidos por los ciudadanos para ejercer el poder legislativo y poner voz a la soberan�a nacional que reside en el pueblo.
Hoy por hoy, y de seguir por este camino, ni los diputados podr�n reivindicarse como eco de los espa�oles ni tampoco como dignos ejercientes del segundo poder del Estado, o sea, el que aprueba las leyes en nombre de la voluntad popular y el que controla y pone l�mites al poder del Ejecutivo.
El espect�culo de una de sus se�or�as, en este caso miembro del grupo Vox, Jos� Mar�a S�nchez, encar�ndose con una letrada de la C�mara y, despu�s, con el vicepresidente que, el martes por la tarde, ejerc�a como m�xima autoridad del Congreso, el socialista Alfonso Rodr�guez G�mez de Celis, en la tribuna de la Presidencia y mientras el pleno discurr�a, no tiene precedentes. Se trata de un incidente ins�lito, vergonzoso, que pone en solfa la propia dignidad del Congreso y que podr�a suponerle a su protagonista una sanci�n agravada de hasta un mes de suspensi�n de sus derechos como diputado, incluida la retirada del sueldo. La Mesa tendr� que decidir.
Lo que no prosper� fue la intenci�n del PSOE de aprobar una declaraci�n institucional de condena. Para hacerlo debe contarse con el apoyo de todos los grupos y ni Vox ni PP lo dieron. Los primeros, por razones obvias: Jos� Mar�a S�nchez es uno de los suyos; los segundos, porque trataron de introducir tres enmiendas al texto propuesto y los socialistas no quisieron ni hablar de las mismas: una de ellas intentaba poner en evidencia el abuso que hace el Gobierno de su mayor�a en la Mesa de la C�mara para imponer sus deseos cortocircuitando todo lo que no le conviene. As�, el juego de intereses se cuela en el suceso para calentar m�s una olla que, desde hace tiempo, hierve.
En todo caso, conviene conocer, al menos sucintamente, lo acontecido. Y no, no se trata de equidistancia ni reparto salom�nico de culpas, se trata de calibrar el pa�o para evitar que en el Parlamento acabemos, en palabras de una diputada, �como en un sal�n del Oeste�.
Primer punto. El diputado de Vox, Jos� Mar�a S�nchez, no rehuye la provocaci�n. Ya tiene en su haber alguna que otra enganchada: por ejemplo, llam� �brujas� a unas diputadas del PSOE y se empe�a en rechazar el femenino cuando se dirige a la presidenta del Congreso. Su forma de protestar el martes, enzarz�ndose como un gallo de pelea con el vicepresidente, por los improperios -�asesino� y �criminal�- que asegura le dedic� un diputado de ERC, no tiene disculpa.
Segundo punto. El diputado de ERC, Jordi Salvador, suele ser discreto aunque a veces le pierde el gesto. Hace a�os protagoniz� un choque agrio con el entonces ministro de Exteriores Josep Borrell. Este le acus� de haberle escupido al pasar por delante de su esca�o. Los socialistas entonces crucificaron al republicano aunque el salivazo, en realidad, no se produjo. En esta ocasi�n, y en contra de lo que algunos afirman, Salvador, que es un tipo honesto, confiesa que s� replic� a los comentarios de S�nchez, mientras un representante de Esquerra hablaba en la tribuna: �Yo tambi�n respond� de forma incorrecta, no deber�a (...) y asumo que fue un error�.
Tercer punto. El vicepresidente G�mez de Celis, se precia de un rigor en la gesti�n del Pleno que, a menudo, practica m�s con los de enfrente que con los propios. Un poco de cintura para que los rifirrafes en los esca�os no pasen de ah�, ser�a de agradecer. Ayer, explicaba en los pasillos que lleg� a temer que le cayera �un sopapo�. Esperemos que nadie llegue a tanto, pero algunos hacen oposiciones.
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