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En guerra contra la Ilustraci�n
Arturo Pérez · 2026-04-19 · via Premium

Hay una guerra que no ocupa titulares de prensa: el mundo actual est� en guerra contra la Ilustraci�n y buena parte de lo que ella hizo posible. Porque hubo un tiempo en que Europa, con sus matanzas, sus hipocres�as, sus impulsos depredadores y su talento para predicar virtud mientras limpiaba la sangre de la espada en el mantel del banquete, quiso tambi�n comprender el mundo. Busc� poner orden en el caos, sustituir el dogma por la duda, el privilegio por la ley, la obediencia ciega por el imperio de la raz�n. Casi tres mil a�os invirti� en esa idea y no siempre lo hizo con nobleza: a menudo la traicion� y otras la prostituy�; pero durante alg�n tiempo reconoci� la existencia de un ideal superior a la tribu, el altar y el cadalso. Ese ideal fue la Ilustraci�n y lo que �sta, a partir del siglo XVIII, hizo posible. Una Ilustraci�n que Europa, su heredera, deja hoy morir con la misma estolidez satisfecha de quien vende la biblioteca del abuelo para irse una semana de vacaciones a Bali o al Caribe.

La Ilustraci�n no fue una tertulia de pedantes que pretendieran cambiar el mundo mediante la filosof�a. Fue una batalla sangrienta contra la oscuridad organizada, el poder absoluto, la superstici�n. Una revuelta de la inteligencia contra Dios y sus representantes que en la tierra susurraban al o�do de dictadores y monarcas. Una guerra dur�sima frente a la vieja idea de que el mundo deb�a someterse a una autoridad incuestionable: un rey, un sacerdote, un caudillo, una raza elegida, una naci�n ofendida o una masa vociferante. La Ilustraci�n fue el momento en que el ser humano, tras siglos arrodillado, tuvo la insolencia de erguirse. De proclamarse valiente, culto y libre.

Conviene recordar el precio que se pag� por ello, porque la estupidez se nutre de ignorancia y mala memoria. Las libertades no cayeron del cielo. Hubo que arrancarlas a quienes exig�an s�bditos obedientes, almas tuteladas y preguntas castigadas. Antes de que Europa aprendiera a tolerar discrepancias, la verdad se decretaba, el conocimiento llegaba filtrado bajo atenta supervisi�n, la disidencia se pagaba con fuego, c�rcel o exilio. Europa quem� a gente por pensar, humill� a cient�ficos por decir lo que ve�an, persigui� libros como si fueran epidemias. Y eso no ocurri� en arrebatos crueles, sino durante siglos de respetable normalidad.

Poco a poco, apoy�ndose unos en otros desde la antig�edad cl�sica, se hicieron o�r los que dudaban, los que escrib�an, los que pensaban: quienes se atrev�an a decir que un rey no era de origen divino, que una religi�n pod�a ser nefasta, que la ley descartaba el privilegio, que la raz�n era herramienta necesaria. Y con audacia admirable agrietaron el edificio de la sumisi�n y la injusticia. Inglaterra pas� por guerras civiles y ejecuciones regias; Francia, por su gloriosa y monstruosa Revoluci�n; Europa entera vivi� el fascinante siglo XIX entre sacudidas, restauraciones, levantamientos, represiones, triunfos y fracasos. El siguiente siglo demostrar�a -dos guerras mundiales, fascismos, nazismos, comunismos, gulags y campos de exterminio- que la libertad, la cultura, el progreso, no son metas finales sino trincheras que exigen vigilia permanente. El proyecto ilustrado no aboli� la bestialidad ni la vileza que, junto a virtudes nobles, alberga el coraz�n humano; pero dispuso herramientas para mantenerlas a raya.

El error de la Ilustraci�n fue creer que los hombres llegar�an de forma irreversible a la libertad. Que el acceso al conocimiento, la educaci�n, la lectura y el debate p�blico engendrar�a ciudadanos impermeables al dogma, invulnerables al fanatismo, dif�ciles de enga�ar por embaucadores con uniforme, sotana o sonrisa televisiva. Y con altibajos, esa idea pareci� asentarse. Durante trescientos a�os los libros fueron palanca ilustrada, ascensor moral, intelectual y social. No para todos, no sin enormes zonas de exclusi�n e hipocres�a, pero s� para muchos. Leer era salir de la mazmorra. Pensar era desconfiar del amo, del sacerdote, del ilustrado mismo. Leer, razonar, era una rebeli�n civilizada. Una promesa de dignidad.

Durante mucho tiempo Europa fue envidiada por eso. Hasta sus enemigos aprend�an de ella. La Ilustraci�n cambi� la historia del mundo. Entonces, el ciudadano europeo hizo lo que mejor hace el ser humano cuando se le ofrece una oportunidad: buscar otra m�s f�cil. La televisi�n fue el primer ensayo de regresi�n c�moda. Pod�a ense�ar, divulgar, abrir ventanas; pero tambi�n introdujo una tendencia t�xica: el reemplazo del esfuerzo por la recepci�n pasiva. Ya no era imprescindible leer una p�gina, subrayar, imaginar la escena o la idea. Bastaba con sentarse y mirar. La televisi�n se llen� de espect�culo, sentimentalismo f�cil, informaci�n troceada y publicidad encubierta para espectadores perezosos o apresurados. Dejamos de aprender el mundo y empezamos a consumirlo.

Aquella televisi�n, al menos, ten�a horarios. Hab�a un momento en que se apagaba. Pero llegaron las redes sociales y el tel�fono m�vil, y ah� se estableci� el mecanismo perfecto. No porque la tecnolog�a sea perversa, sino porque puso en manos de una especie intelectualmente indisciplinada la herramienta para su propia regresi�n, e incluso destrucci�n. Nunca hubo tanto acceso al conocimiento ilustrado, ni tan poca voluntad de usarlo. Llevamos en el bolsillo tres mil a�os de pensamiento, arte, ciencia, filosof�a, historia, literatura, jurisprudencia, m�sica y memoria: y sin embargo lo empleamos para insultar a desconocidos, compartir mentiras, manifestar nuestra frivolidad y recibir descargas de placer instant�neo mientras el cerebro se acostumbra a no sostener una idea m�s de ocho segundos seguidos.

El tel�fono m�vil se ha convertido en s�mbolo de nuestra contradicci�n, por el contraste obsceno entre sus posibilidades y el uso que le damos: biblioteca universal convertida en sonajero, memoria impresionante de una civilizaci�n reducida a m�quina de dopamina. Es la prueba de que el problema no era la falta de medios, sino de ganas. El m�vil no es causa de la estupidez; s�lo desvela hasta qu� punto la preferimos cuando viene c�moda y socialmente digerible. Aqu� es donde apunta la amarga verdad, porque el peor enemigo actual de la Ilustraci�n no es s�lo el fan�tico religioso, ni el dictador, ni el populista, ni el comisario pol�tico; es el ciudadano que presume de saberlo todo mientras engulle propaganda adecuada a sus prejuicios; el que vocea indignado mientras acepta que lo sodomicen -metaf�ricamente o no- con la mansedumbre de un cerdo en el matadero. El que se queja de los pol�ticos, los medios, el sistema, la manipulaci�n y la decadencia cultural mientras dedica su tiempo y su voto a premiar exactamente todo eso. Ah� est� la podredumbre principal: no en los tiranos que hacen su trabajo de tiranos, ni en los fan�ticos que hacen su trabajo de fan�ticos, ni en los charlatanes que jam�s fingieron ser otra cosa. El problema est� en la mansedumbre voluntaria, analfabeta, del hombre corriente.

Y claro que hay manipulaci�n; siempre la hubo: en los p�lpitos, en las canciller�as, en los peri�dicos, en los manuales escolares, en las guerras, en la publicidad, en la liturgia patri�tica o antipatri�tica. El problema no es �se, sino la demanda masiva de manipulaci�n consumible. Abrazamos la mentira cuando viene bien empaquetada, coincide con lo que cre�amos antes y nos ahorra el trabajo de pensar. El ciudadano no es v�ctima inocente, sino consumidor voraz de relatos narc�ticos: prefiere los que le anestesian la duda. Por eso engordan los enemigos de la raz�n; no porque sean inteligentes, sino porque han descubierto que la complejidad aburre y la consigna alivia, que sumarse a una tribu proporciona consuelo y gratificaci�n inmediata. Basta con aprender el catecismo, repetir f�rmulas, se�alar al enemigo com�n y disfrutar la c�lida sensaci�n de pertenencia.

Todo eso ocurre cuando m�s necesarias son la raz�n y la cultura. Cuando m�s de medio mundo est� en guerra abierta contra la Ilustraci�n europea y lo que �sta hizo posible. Como lo est� el Islam radical, una de las formas m�s execrables de atentado contra la raz�n, incompatible con la libertad de conciencia, la separaci�n entre dogma y ley p�blica, el derecho a dudar, a blasfemar, a disentir y a no vivir sometido a imanes y sacerdotes. El islamismo ortodoxo s�lo tolera creyentes disciplinados, mujeres sumisas, sociedad obediente a Dios. Y en vez de imponerse frente a tama�o disparate, la Europa anta�o ilustrada lo envuelve todo en algodones burocr�ticos, cual si mirar hacia otro lado desactivara la mala fe de quienes la odian o desprecian -incluso viviendo en ella- justo porque todav�a es un espacio de libertad.

Pero la cobard�a europea frente al Islam no nace solo del miedo. Viene tambi�n de la ignorancia, de la idiotez mim�tica y de esa enfermedad tan occidental que confunde lucidez con autoflagelaci�n. La Europa ilustrada cometi� cr�menes innumerables: coloniz�, saque�, esclaviz�, humill� y mat� sin complejos, obvio es admitirlo. Lo suicida es convertir esa memoria en impotencia moral que impide defender logros e ideas que, precisamente, surgieron del coraje para examinarse a s� mismos. Una capacidad cr�tica, la europea, de la que carecen otras civilizaciones y culturas.

En esa guerra contra la Ilustraci�n juega un destacado papel el populismo. El infame Donald Trump, por mirar hacia ese lado, es uno de los s�ntomas m�s repugnantes de la enfermedad: criatura-caricatura perfecta de un ambiente donde la autoridad ya no se gana por conocimiento o sentido de Estado, sino por visibilidad, agresividad y oportunismo. Ese siniestro individuo triunfa porque convierte la complejidad en melodrama binario y porque millones de personas anhelan versiones del mundo aptas para el consumo emocional. El presidente de Estados Unidos simplifica, exagera, miente, gesticula y amenaza con la naturalidad de un charlat�n profesional; y su multitud lo adora porque cuando la mentira halaga complejos, carencias y resentimiento, resulta m�s confortable que el raciocinio y la responsabilidad.

Pero no debemos mirar a Trump como una anomal�a sin parentesco europeo. Europa -y Espa�a, naturalmente- est� llena de variantes locales a derecha e izquierda, algunas refinadas y otras m�s burdas: l�deres que convierten cada problema en una guerra identitaria, cada matiz en traici�n y cada discrepancia en prueba de enemistad; pol�ticos que alimentan la fatiga o el miedo del votante y luego se ofrecen como soluci�n. Gentuza cuya habilidad consiste en rebajar el idioma, el debate y las ideas hasta un punto en que cualquiera pueda sentirse representado sin necesidad de elevarse un cent�metro. Y as�, la democracia que necesita ciudadanos capaces de razonar acaba produciendo ciudadanos que s�lo saben reaccionar.

Por no salir de la geograf�a general de la infamia, Vladimir Putin representa una tentaci�n m�s antigua y quiz� m�s europea: la fascinaci�n por el orden desp�tico, la pasi�n secreta del cobarde por el hombre fuerte, la naci�n endurecida, la prensa amordazada, el opositor silenciado y la verdad filtrada desde arriba. Putin -que aprendi� las lecciones pr�cticas del nazismo, el fascismo y el comunismo- brinda virilidad pol�tica y militar a gente harta, resentida o humillada. Ofrece la ilusi�n de que la historia puede resolverse a golpe de disciplina, polic�a y represi�n de quien no marque el paso, y suscita aplausos incluso entre quienes viven protegidos por libertades que desprecian. Porque la libertad fatiga mucho. Obliga a pensar, a aceptar que el otro existe y quiz� no piense como t�. El autoritarismo, en cambio, tiene una voz seductora para las almas cansadas: �No te calientes la cabeza, yo decidir� por ti�. Y millones responden encantados: �Gracias, eso era exactamente lo que deseaba, aunque no atrev�a a decirlo�.

No ser�a honrado detenernos ah�, porque la demolici�n contempor�nea no s�lo la protagonizan aut�cratas, radicales religiosos o populistas, sino tambi�n esas formas supuestamente progresistas de fanatismo blando que colonizan universidades, medios, burocracias culturales y conversaciones p�blicas. Lo que solemos llamar wokismo empez� se�alando problemas e injusticias reales. El problema es que toda causa contiene el peligro de una inquisici�n, y entonces ya no importan los hechos, sino la ortodoxia; no cuenta lo dicho, sino quien lo dice; no interesa escuchar, sino etiquetar a los interlocutores. La discrepancia deja de ser est�mulo intelectual para tornarse delito, y este mecanismo tiene una eficacia devastadora, porque el miedo a la exclusi�n es uno de los resortes poderosos del animal humano. As� que la cancelaci�n mediante redes sociales perfecciona viejas cobard�as con herramientas digitales: no hay que quemar libros si se puede intimidar a quienes los escriben; no hay que encarcelar a pensadores si basta con arruinar su reputaci�n; no hay que prohibir una obra si se hace tan peligroso defenderla que nadie se atreva a hacerlo.

De ese modo, mientras la cultura se vuelve cada vez m�s chata, m�s soluble, m�s descafeinada, la Europa que alumbr� a genios capaces de sacudir generaciones enteras se limita hoy a parir mercanc�a sentimental, opiniones que no irriten y productos culturales que no dejen cicatriz. Todo es accesible, r�pido, compatible con una atenci�n fugaz. La figura del influencer es emblema de esta humillaci�n cultural; no porque todos sean analfabetos funcionales -aunque algunos cultiven tal condici�n como marca registrada-, sino porque muestra el cambio de jerarqu�as: la ignorancia deja de ser un defecto para convertirse en alarde y modelo de negocio. Y lo grave no es que existan estos personajes, sino que millones de imb�ciles los tomen como referencia. La civilizaci�n que levant� universidades, academias, bibliotecas y observatorios se entrega ahora a criaturas cuya principal virtud es dominar el �ngulo de c�mara y la explotaci�n de su propia inanidad.

No faltar� quien objete que todo esto suena elitista. Naturalmente que lo es, y a mucha honra. Hoy cualquier defensa del rigor y la raz�n suena elitista, del mismo modo que pedirle a alguien que mastique con la boca cerrada parecer� agresi�n clasista si se empe�an lo suficiente. Pero aqu� conviene ser claro: toda civilizaci�n necesita jerarqu�as de competencia; no de cuna o de fortuna, sino de saber, de m�rito, de trabajo intelectual. Una sociedad que deja de distinguir entre quien sabe y quien improvisa, entre quien dedic� a�os a estudiar algo y quien simplemente opina de todo, merece ser gobernada por charlatanes y aplaudida por idiotas.

Por eso la comparaci�n con la ca�da de Roma no es coqueter�a ret�rica. Los imperios no s�lo colapsan por asalto externo; se vac�an desde dentro, se ablandan, se corrompen. Los ciudadanos dejan de creer que defenderlos merezca sacrificio: unos por oportunismo, otros por agotamiento, otros por indiferencia. Los b�rbaros s�lo empujan una puerta entreabierta desde dentro.

Desde luego, la Ilustraci�n no fue perfecta. Ni resolvi� todas las injusticias ni estuvo libre de contradicciones, cegueras ni monstruosidades. Solo un imb�cil la presentar�a como un para�so de pureza. Pero eso no contradice lo esencial: su pasado cultural, su extraordinaria memoria intelectual, es la mejor defensa jam�s inventada contra la barbarie. Renunciar a ella sin tener algo mejor no es progreso; es regresi�n disfrazada de novedad. Y lo m�s incre�ble es que quienes hoy desprecian o destruyen ese legado lo hacen desde el confort que ese legado les proporcion�: sus derechos, su bienestar, su posibilidad de disentir, de viajar, de estudiar, de blasfemar, de votar, de organizarse, de criticar a sus compatriotas sin acabar en una zanja, de amar sin pedir permiso a un obispo o a un im�n, de denunciar a un gobierno sin o�r de madrugada golpes en la puerta... Todo eso no cay� del cielo. Y que ahora venga una colecci�n de papanatas, de cretinos y de analfabetos a escupir en la escalera por la que todos subieron, es una de las estampas m�s repugnantes de nuestro tiempo.

No habr� momento solemne en que alguien anuncie la derrota y muerte de la Ilustraci�n. Agoniza como desaparecen las facultades de un anciano: poco a poco, mediante peque�as renuncias sucesivas. Un d�a se impondr� por ley que ciertos temas no deban discutirse, que el diccionario sea proscrito, que las sensibilidades se blinden frente a toda cr�tica, que la universidad proteja m�s que eduque, que la prensa emocione en vez de informar, que la pol�tica se reserve a ignorantes, corruptos y canallas, que la lectura sea una excentricidad rid�cula, que pensar y opinar sobre lo que se piensa sea cosa de arrogantes si no coinciden con la mayor�a... Se acabar� haciendo norma de la intolerancia hacia la raz�n misma y la realidad se volver� delictiva cuando no encaje en el deseo general. Nadie aceptar� que una causa justa pueda errar en sus medios, que una v�ctima pueda mentir, que un adversario pueda tener raz�n y que uno mismo pueda estar equivocado.

Es posible que exagere, aunque temo que no demasiado. Aun as�, que el panorama sea oscuro no exime de la obligaci�n de pelear. Defender hoy la Ilustraci�n no significa recitar a Voltaire entre dos copas ni adoptar poses de carca ofendido por la vulgaridad del tiempo nuevo. Es, aun sabiendo que la derrota resulta inevitable, practicar una forma de resistencia �ntima y p�blica a la vez, leer con criterio, estudiar antes de opinar, dudar de la propia tribu. Tambi�n aplaudir el rigor, desconfiar de las certezas sociales y recordar que la verdad no siempre consuela ni es simp�tica. Entender que el peligro de no pensar es que te acaben pensando otros.

La pregunta ya no es qu� fue la Ilustraci�n, sino si somos capaces de merecerla y defenderla en tantos frentes donde es atacada. La respuesta no invita al optimismo: vemos una Europa convertida en parque tem�tico de su ilustre pasado, cada d�a m�s fr�gil e incapaz de soportar un debate intelectual. Un continente que conf�a su car�cter a la hipocres�a moral, su presente a los mediocres paniaguados de Bruselas y el futuro a los turistas que nos dan de comer. Un Viejo Mundo, en fin, decidido a suicidarse no con adem�n tr�gico sino con una mueca de estupidez, vulgaridad, aburrimiento y desd�n. Lo malo no es que la barbarie amenace, porque desde Troya hasta hoy la barbarie amenaz� siempre. Lo peor es la falta de grandeza en esta agon�a. Ni siquiera caemos abatidos con el estruendo de la armadura de H�ctor: s�lo nos dejamos ir, desliz�ndonos hacia la idiotez colectiva con wifi, caf� ecol�gico y una inalterable opini�n sobre lo que ignoramos. Aplaudiendo a bufones y sanguijuelas mientras despreciamos a quienes todav�a intentan hacernos razonar. Nada m�s triste que una civilizaci�n que, despu�s de llevar al extremo el dif�cil arte de pensar, decidi� dejar de hacerlo. Y que sonr�e imb�cilmente satisfecha mientras se desploma.

Arturo P�rez-Reverte es novelista y miembro de la Real Academia Espa�ola