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El Mundo
Pablo Scarpellini · 2026-06-03 · via Premium

Para Jeffrey Epstein era su "número uno", el mote macabro que le puso el pederasta después de abusar sexualmente de ella. Ghislaine Maxwell, pieza esencial de la trama, la reclutó en la mansión de Donald Trump en Florida, Mar-a-Lago, cuando solo tenía 16 años. Ya para entonces sabía lo que era una violación. Su padre empezó a meterse en su cama con solo 6 años y poco después se la entregó a un amigo de la familia para que siguiera aprovechándose de ella.

Después llegaron los años de explotación sexual sistemática a manos de Epstein, los jets privados, la retahíla de gente poderosa entrando y saliendo de su vida, hasta una veintena de hombres, y el día en que la obligaron a acostarse con el príncipe Andrés de Inglaterra. Está todo en sus memorias, La chica de nadie (Planeta), que hoy se publican en España.

El suyo es el recuento de un trauma perpetuado en el tiempo, la dolorosa historia de Virginia Roberts Giuffre, una de las primeras mujeres en denunciar la operación de Epstein y su poderosa red de prostitución de menores. Años pasó recopilando su versión de los hechos hasta que no pudo soportar más la carga emocional. En abril de 2025 se quitó la vida, dejando atrás tres hijos en su Australia natal y un marido que abusó físicamente de ella durante años. Tenía 41 años.

Amy Wallace, la periodista y editora que se ha encargado de darle forma a sus memorias, cree que Giuffre "estaba cansada de los recuerdos que tenía en la cabeza", los cuales describe en el libro con detalles explícitos: "hombres que se cernían sobre ella y, simplemente, la devastación de sentirse inútil". Pero está convencida de que no ha sido un esfuerzo en vano, que el libro ayudará a muchas víctimas de abuso sexual. "He recibido llamadas de hombres y mujeres de todo el mundo", dice en una conversación con EL MUNDO. "La prioridad para Virginia era ayudar a la epidemia de supervivientes que hay ahí fuera".

Wallace admite que no ha sido un camino fácil, que presionaron a Giuffre para que no contara su historia, que hay políticos tanto demócratas como republicanos implicados en el escándalo y que la clave es seguir la pista del dinero para completar las piezas que faltan en este escabroso y polémico rompecabezas que tanto ha tratado de enterrar Trump, el hombre que llegó a ser el mejor amigo de Epstein durante casi una década.

Del republicano hay varias menciones en el libro. El primer contacto lo sitúa en verano de 2000. El padre de Virginia trabajaba en mantenimiento en Mar-a-Lago. A los pocos días de empezar a trabajar ella también, su padre la llevó al despacho de Trump para presentársela. "Esta es mi hija", le dijo con una voz que transmitía orgullo. "Trump no pudo ser más amable conmigo, me dijo que era fantástico que estuviera allí", recuerda Giuffre.

Wallace es mucho más contundente con el republicano. "Es una vergüenza, tanto su reacción personal como la de su Departamento de Justicia", apunta en torno al manejo del caso, que hace unas semanas le costó la cabeza a la fiscal general encargada de manejar la desclasificación de los papeles, Pam Bondi. "Han publicado la mitad de los archivos de Epstein y con eso están diciendo que han terminado. Por lo tanto, la forma en que publicaron dichos archivos, tachando a un gran número de posibles perpetradores, tanto hombres como mujeres, es ilegal. Esos nombres no debían haber sido tachados".

Trump prometió durante su campaña publicar los archivos de Epstein. En cuanto ganó las elecciones, cambió de posición y comenzó a tachar todo el asunto de fabricación. "Solo puedo especular, pero la única explicación lógica es que donantes que aparecen en esos archivos le llamaron para pedirle que no lo hiciera. No creo que sea una teoría conspiratoria muy descabellada."

Wallace admite que la parte más dura no fue relatar los abusos de Epstein y Maxwell, la mujer que se encargaba de alimentar la red de jóvenes para el financiero y que está cumpliendo una condena de 20 años por sus delitos. Fue reconstruir la vida de Giuffre antes de que ellos aparecieran. "Era importante para Virginia que los abusos de su padre estuvieran en el libro, porque nunca lo había contado", explica Wallace.

Giuffre había reconocido públicamente haber sido abusada por un amigo de la familia, pero nunca había revelado que su padre fue el primero. Quería dejar claro que las víctimas de abuso sexual no nacen, se hacen. "Lo contó con una valentía enorme y a un coste emocional muy alto para ella misma", explica la ex periodista del Los Angeles Times.

La de Giuffre fue una infancia complicada desde el principio, criada en un pueblo de Florida, Loxahatchee, parte de una familia marcada por la violencia doméstica y el alcoholismo. "De noche, en la oscuridad, yo me mantenía en guardia", recuerda sobre aquellos años de abuso. "Mi padre no entraba siempre en mi habitación, pero cada noche temía que lo hiciera. La puerta crujía al abrirse, dibujando una franja de luz procedente del pasillo, y las bisagras chirriaban un poco: siempre recordaré ese leve chirrido".

El único recuerdo agradable de aquella época era su yegua, Alice. "Busqué ayuda en Alice. Intentaba aferrarme a la sensación de que era parte de mi familia, de que tenía algún vínculo, si no ya con mis padres, o conmigo incluso, al menos con mi caballo, con nuestros bosques de pinos, con la islita en medio de nuestro estanque. Pero esa sensación de vínculo se desdibujaba un poco más cada día".

Con los años, la niña aterrorizada se convirtió en adolescente rebelde y descontrolada. "Siempre que podía, iba con chicos mayores, bebía y salía de fiesta, y prácticamente no quedaba ninguna droga que no hubiera tomado", rememora. Su madre, Lynn, la obligó a entrar a un reformatorio en Florida del que poco después se escapó. En su huida, se dejó recoger en la carretera por un obrero de la construcción que la violó a punta de pistola. "Me violó primero por delante y luego por detrás", relata con crudeza. "La única lubricación fue la saliva que se escupió en la mano. Imaginé que iba a morir, que me tiraría en alguna cuneta". Pero logró escapar.

La víctima de la red de Epstein no quiso publicar los nombres de todos sus agresores: "Algunos la amenazaron"E.M

Poco entonces apareció Maxwell. Se la topó a la entrada del club Mar-a-Lago. En cuanto la vio le ofreció un trabajo de masajista para un hombre rico, socio del club y un genio con un don para hacer dinero, en sus propias palabras. "Le encanta ayudar a la gente", le dijo. Le dio la dirección, el 358 de El Brillo Way en Palm Beach, y unas horas más tarde estaba en casa del pederasta, pese a que no había dado un masaje en su vida.

Giuffre recuerda las fotografías de mujeres desnudas mientras subía las escaleras hacia el segundo piso, la cama de matrimonio gigante y la camilla verde turquesa en la que estaba tumbado Epstein, boca abajo y completamente desnudo. "Tenía 47 años, el triple que yo", apunta Guiffre.

Con una mezcla de astucia y malicia, Maxwell le fue explicando cada paso a la joven, cada vez más nerviosa e insegura. Le pidió que acariciara a Epstein, que le pasara la mano por el trasero y que actuara con naturalidad cuando el financiero de pelo canoso se dio la vuelta y lució su erección sin pudor. "Yo había visto las partes de hombres antes, por supuesto, pero no me esperaba aquello", escribió Giuffre. Pidió que aquello parase, pero Maxwell ni se inmutó. Minutos después, la propia madame se empezó a quitar la ropa mientras desvestía a la joven, en una escena grotesca de prostitución de menores disfrazada de presunto erotismo.

Antes de pedirle una felación y que se subiera encima de él para penetrarla, Epstein le preguntó si estaba tomando anticonceptivos y cómo y cuando había perdido la virginidad. Tras terminar con su rutina, incluyendo la ducha posterior, el pederasta dictó sentencia: "Es buena, nos la quedamos", le dijo a Maxwell.

Virginia, en el primer curso de primaria.

Virginia, en el primer curso de primaria.

Wallace describe al pedófilo como "una persona de inteligencia extraordinaria y de una capacidad de manipulación que es difícil de exagerar"

Y así pasaron dos años. "Desde el principio, me manipularon para participar en conductas que me consumieron, erosionando mi capacidad para entender la realidad e impidiendo que me defendiera", escribe. "Aquí no había barrotes en las ventanas ni cerraduras en las puertas. Pero yo era una prisionera atrapada en una jaula invisible".

Wallace describe al pedófilo como "una persona de inteligencia extraordinaria y de una capacidad de manipulación que es difícil de exagerar". Epstein tenía la habilidad de mirar a cualquier persona a los ojos —el consejero delegado de una empresa, el rector de Harvard o una niña de 14 años— e identificar exactamente cuál era su punto vulnerable. "Luego insinuaba que podía ayudarte con eso. Atraía a gente de todas las edades, de todas las clases, de todos los géneros". A través de los ojos de Giuffre, el libro muestra por primera vez por qué las chicas se quedaban atrapadas en esa red. "No estaban encadenadas, pero la mezcla de manipulación, de hacerlas sentir valiosas un día y abusadas al siguiente, creaba un caldo de cultivo tóxico del que era muy difícil salir."

En el aire, la pregunta de si Trump y el resto de la red de élite de Epstein llegarán a ser imputados por la trama. "Cualquier crimen de abuso sexual es difícil de procesar judicialmente", admite Wallace. Pero la información está ahí. Giuffre nombró a más de veinte hombres ante el FBI en dos ocasiones distintas. Esos nombres están en los archivos. Están en deposiciones bajo juramento que se han hecho públicas. "Si alguien quiere buscarlos, están ahí."